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por Fausto Lipomedes  -  28 Diciembre 2014, 14:02

El hombre solo, se recrea en su soledad. Va continuamente pensando que está solo, que va solo. Piensa en los demás como en los habitantes de un país lejano del que se marchó hace tiempo. Piensa en ese país, repleto de fértiles praderas donde crecen cereales dorados en torno a agrupaciones de casas. Oye niños correteando y jugando entre ellas, hombres que salen de sus cabañas subiéndose los tirantes de sus petos de trabajo sobre sus hombros, mujeres despeinadas de tez rubicunda asomando, apoyadas contra el marco de la puerta del hogar, observando marchar a su macho. Los niños ven a los machos, corren hacia ellos. El hombre feliz, hace poco un animal sobre su hembra, ahora es tierno y levanta a los niños, los zarandea, ríe con ellos. Cuando se cansa les manda alejarse. Se junta en la vereda que sale del pueblo con otros hombres que también han ajustado sus tirantes. Se palmean las espaldas, eructan y cantan. Se insultan y todos se dirigen al campo, felices, sintiéndose bastiones de la comunidad, garantía de la continuidad de la especie, en orden con dios, con el buen hacer. Al atardecer vuelven con sus mangas recogidas sobre sus fuertes bíceps, hablan, aunque se comen palabras o las deforman. Se ríen, no paran de reírse. Entran de nuevo en la población por la misma vereda por la que se alejaron, ven luces tibias en sus hogares, imaginan a sus hembras amamantando y lamiendo a las crías. Van a la taberna, beben, se desafían, hacen chistes sobre sus mujeres, cuentan historias increíbles de sus remotos pasados, aunque algunos apenas tienen historia, hablan de reojo de otras hembras mientras se tocan la entrepierna. Medio borrachos vuelven a sus hogares. la hembra les espera, siempre sonriendo, engordando día tras día, la comida está lista. De pie observa como come su macho. Le escucha tragar, devorar, limpiarse la boca con el torso de la mano, partir el pan a cachos. Pide vino, solícita ella lo sirve. Acaba, arrastra la silla hacia atrás. Sus piernas abiertas, se rasca los cojones, eructa, escruta sus dientes con la lengua, mira a la hembra mientras ella friega los utensilios de la cena, desea su culo, ella lo sabe, espera la embestida, siente el aliento de su macho en la nuca mientras la fuerte mano de uñas negras se introduce entre sus cachas y rapta entre sus muslos hasta su coño palpitante. El macho la eleva, ella grita con suspiros agudos y ahogados, la lleva al lecho, la desnuda igual que despellejaría a un conejo e introduce su miembro con fuerza en ella, una y otra vez, con fuerza, hasta que se corre y babea sobre el rostro azorado de ella. El macho gira sobre sí mismo, se tumba en la cama, está ya roncando, ella se queda allí, mirando su crucifijo desde abajo, suspira. Hace frío por las noches. Sin molestarle su sueño se levanta y recoge la ropa que él arrancó de su cuerpo. Va al cuarto de baño, mea y lava su cara, se mira al espejo, otea su casa, verifica que los niños duermen y se dirige al cuarto de los ronquidos, se mete en la cama, se acurruca al lado de su macho, que aún tiene la polla húmeda, se impregna de él los muslos, se duerme. El macho despierta y empieza otro día.
El hombre solitario no soporta esa felicidad, se cansa y se aburre a la cuarta repetición. El hombre solitario cree que la vida es diversa y que está repleta de novedades y de sensaciones, también nuevas. El hombre solitario es un egoísta que no quiere a nadie dependiendo de él porque desestabiliza la balanza de su libertad. El hombre solo viaja solo, a caballo, en coche, andando, vuela, corre. El hombre solitario mira al horizonte y siempre se pregunta que habrá más allá de la curvatura de la Tierra, o tras las elevadas montañas. El hombre solitario hace largos viajes, y así siempre vuelve cansado y derrotado, pero no por ello se arrepiente o se aviene a dar por concluidas sus aventuras. El hombre solitarios se perfila en los horizontes por la noche. Se asoma a las aldeas y comprueba que el mundo como debe de ser sigue igual, estable. Y observa a la comunidad cuando nadie puede observarle a él, y siente cierta añoranza, y envidia, y siempre acaba preguntándose sobre qué le pasa a él que es incapaz de aceptar y formar parte de aquello.
El hombre sólo se marcha dando la espalda a la aldea y piensa en las sensaciones que, a veces, quisiera conocer. Pero no tiene vínculos, ni siquiera una historia compartida, así que enseguida se olvida y vuelve a mirar el horizonte preguntándose que habrá más allá de su curvatura o al otro lado de esas altas montañas.
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