Y aparece el niño

por Fausto Lipomedes  -  24 Octubre 2014, 19:46  -  #Colono

Estamos en un final de octubre atípico. Hace más frío dentro que fuera de las casas. Esta mañana en el desayuno  ha dicho una frase que me ha hecho reflexionar. La dijo después de que yo le dijera que me parecía triste. Y se lo he dicho porque su rostro era distinto al de todos los días,. Estaba apagado, y sus ojos carecían de ese nerviosismo tan caracterísitico, tan mates, tan quietos. 

La frase ha sido: Estroy triste porque es viernes y no produce en mí ninguna alegría. Realmente me ha parecido demoledor. Y con la frase y su visualización he andado de un lado para otro todo el día, y hoy ha sido un día de mucho movimiento, pero en ningún lugar de los que he estado , esa frase y su visualzación, se han quedado. Ambos han ido pegados a mi como en la suela de las zapatillas se pega una gota de miel del suelo de la cocina,  intentando inmovilizarte en cada paso. Una manchita negra  tan insignificante que tardas en tomar la determinación de restregarla con una balleta húmeda, e incluso a veces, ni siquiera lo haces, y esperas a que de tantas cosas pisar, aquel efecto de ventosa, tan molesto, acabe por desaparecer.  

Es viernes, y aquí ando, solo, con la sensación de querer estar con quien no estoy o de estar donde no debo de estar, incapaz de de cambiar ese o esos hechos, anclado a esa manchita en mi suela. 

Pero esto era sólo un prólogo. 

Llego anocheciendo y, siempre que me invade la melancolía, también siempre solo, rondando por las calles que suben hasta mi casa, aparece un niño. Un niño de unos diez años, bajito y con una enorme cabeza, o una cabeza desproporcionadamente grande con respecto a su cuerpo. Un niño que camina y ronda por las aceras, observador, un niño de cara redonda blanca con dos grandes ojos negros también redondos y con dos manchas negras inexpresivas dentro de ellos. Un niño que me transmite una honda melancolía, un niño que no sonríe y que me mira desde que un día le saludé con la mano por pura empatia o por puro afecto desde el automóvil. Un niño que me observa, de izquierda a derecha o viceversa según la trayectoría de mi coche, tan fijamente, con tanto anclaje y magnetismo, que a veces no puedo aguantarle su mirada. No descifro que quiere decirme con ella,  aunque trato de averiguarlo. No sé de dónde sale, dónde vive ni quienes son sus padres.  

No acierto a calificar si es un niño triste, pero es tan tranquilo, tan pausado en los escasos movimientos que he podido observar en él, porque casi siempre está quieto cuando aparece, que no sé si es un niño sin niñez. Sea quien sea, venga de dónde venga, siempre aparece cuando siento melancolía y a veces pienso que para robármela y que lo hace a través de su fija mirada. 

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