Volver a la buhardilla

por Fausto Lipomedes  -  4 Noviembre 2014, 00:34  -  #Cosas de todos los días

2014-0990.jpgMe dicen que vuelva a la buhardilla. Es lejano todo aquello, pero quizás sea mejor que vuelva allí y me deje de tanto pesimismo y frustración. Está bien, inicio el camino hacia ella, pero me tomaré las licencias de hacer lo que me venga en gana en lo que se refiere a temas como el tiempo que me lleve llegar  o dejarla temporalmente para darme una vuelta por la vida actual. 

Tal es el caso de hoy, que he quedado a comer con un viejo conocido y con el que he estado más tiempo del que preveía, tanto que han acabado multándome y he tenido que pagar para anular la multa. 

Mi viejo amigo me dice que el es muy raro, y después de veinte años le afirmo: sí, a medida que se te va conociendo se va dando uno cuenta de lo raro que eres. Me sonríe. Mi amigo parece feliz. Verás, no es que tenga ciclos -me dice-, lo que pasa que soy inquieto, me gusta lo que hago y me embalo, eso me lleva a un subidón, yo mismo me empujo a mi mismo y cuando estoy arriba -sigue diciendo-, me pregunto que para qué tanto. Mi amigo es mayor, ignoro su edad, pero es mayor, quizás sobrepase los sesenta y dos, pero en un oficio como el nuestro, significa cuarenta años muy vividos y más pendientes de los demás y de lo que ocurre a tu alrededor que de ti mismo, lo cual, desgasta mucho físicamente, pero deja unos ojos listos y una alegría y vitalidad inigualables.  Mi amigo, tiene cáncer, o lo ha tenido. Va a revisiones anuales, pero no sabe si vivirá en 2016, Irá a la próxima en enero de 2015, y en esa visita le preguntara al médico: A ver, por lo que ves, ¿vivo todo este año? si la respuesta es afirmativa, tiene un año de tranquilidad. 

Mi amigo está planificando como disfrutar de los últimos años de su vida, y se pregunta sobre el concepto disfrutar. Trabaja mucho, pero además me dice que tiene problemas para desarrollar el término con su pareja. Me dice que para él disfrutar es viajar, pero que a su mujer no le gustan los aviones y odia viajar. Tenéis un problema de desarrollo de planes -le digo-. Asiente. Pero luego está el trabajo. Mi amigo, como yo, como todos los que nos dedicamos a esto, vivimos al día. Ha echado cuentas y sí, puede irse dos años y vaguear y viajar, pero habría de volver después de esos dos años y teme que cuando lo haga ya no quede nada. Es otro de los problemas de nuestra profesión, los logros son efímeros, la memoria es escasa y sólo viven del recuerdo o de la fama, los caraduras y sinvergüenzas, pero estos son comunes en todos los oficios. 

Mi amigo, como yo, tiene un problema de delfines, es decir, de sucesores. Trabaja con un equipo de personas, yo conozco bien a una de ellas, de la que mejor habla, lo cual me reafirma en mis elecciones. A lo que iba, no se trata solo de trabajar -me dice-, se trata del alma. Quien le sonríe soy yo ahora. Sí, te entiendo -le digo-, se trata de que alguien sea capaz de prolongar el espíritu, alguien que te observe, que decida que puedes ser su modelo, que te copie, te escuche, tome nota de como actúas y, adecuándolo a su forma de ser, decida mantener tu actitud en el entorno profesional. Sí -me apunta mi amigo-, tengo un chico y le podría mandar a los viajes, pero no se trata de que se entere de lo que le digan o no, se trata de que tengo dudas de que sepa representarme a mí y a lo que represento delante de terceros. Sí -le respondo-saber cuando decir qué, cuando no decir nada, cuando aprovechar momentos, detectar la oportunidad de hablar, escuchar, darse cuenta de quien tiene enfrente,que quiere ese alguien y qué espera, meter todo eso en el túrmix de la cabeza y hacer, ser. 

Mi amigo tiene una nieta con la que juega. Dice que la ve poco, supongo que todos los abuelos dicen lo mismo.  Me describe los esfuerzos que tiene que hacer para conseguir interactuar con ella, se tumba en el suelo, la sube a los columpios, me dice que le agota llevarla al Retiro, tiene dos años y medio, y claro, como los cachorrillos, ven una mariposa y se van detrás de ella, aunque revolotee al borde de un precipicio. 

Mi amigo y yo podríamos seguir hablando de todo esto, la típica conversación de pre jubilados, pero el oficio nos lleva a hablar de planes, cómo si tuviéramos treinta años y aun pensáramos que tenemos toda la vida adulta por delante. Es lo bueno de esta profesión, lo he comentado antes, el sentirse joven y con capacidad para poner en marcha cualquier proyecto. Le cuento los míos, me escucha atento. Levanto su interés, sus ganas, me da consejos, los escucho, se insinúa que igual podríamos colaborar juntos, me alegra oírlo. 

Miro el reloj, casi las cinco, llevamos casi tres horas. Me ha animado. Nos levantamos de la mesa y salimos al húmedo mediodía. El coge un taxi, le abro la puerta y nos emplazamos a vernos pronto de nuevo. Allí estamos, como dos hombres mayores por fuera, con el corazón hirviendo por dentro, es un privilegio. 

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