Violentos

por Fausto Lipomedes  -  5 Junio 2012, 15:40  -  #Las razones del diablo

No sé desde cuando soy consciente del maltrato de género. Las noticias sobre la violencia de género se cuelan en nuestra rutina junto a la de los muertos en accidentes de tráfico o la de los inmigrantes ahogados al intentar llegar a nuestras costas. Forman parte de nuestra realidad y no somos capaces de emitir sino un suspiro interior, una especie de quejido sordo como si todos estos acontecimientos fueran imposibles de evitar, imposibles de resolver. Sin embargo, y en el caso de la violencia de género, no puedo evitar asombrarme al mismo tiempo que interesarme profundamente. Más allá del hecho vergonzoso y vil de acabar con la vida de otra persona, mucho más aberrante si esa persona es tu pareja, no puedo evitar buscar rápidamente la edad de ella y de él, su barrio, su ciudad, su condición social, su forma de vida, sus ocupaciones. Es cómo una especie de búsqueda desesperada de las razones que llevan a un hombre y en escasas ocasiones a una mujer, a matar a su pareja. 

Hoy me entero de un nuevo caso de violencia de género.  Un hombre mayor, creo que de más de sesenta años, ha matado a su pareja, una mujer rumana de veintiocho. Y en mi cabeza me empiezo a preguntar que hace una chica rumana de 28 años con un hombre de más de sesenta.  Puedo imaginar las razones de él, y quizás pueda entender las razones de ella, pero no deja de chocarme la combinación, la extraña relación o el insondable lazo que les unía a ambos. Puedo intuir el deseo incontenible de ese hombre hacia un cuerpo joven de una mujer rumana, normalmente esbeltos y fibrados. Y también puedo suponer la necesidad de sobrevivir de la mujer rumana, seguramente inmigrada y quien sabe si sin papeles. Puedo intuir la diferencia de edad, las ganas de una mujer joven de vivir y las menores de un hombre mayor. Puedo intuir los celos de él y las miradas de ella, puedo intuirlo todo, pero lo que no puedo razonar es el momento en que él decide acabar con la vida de ella. No creo que haya posibilidad alguna de desenredar los circuitos, los chispazos dentro de su cerebro que le llevan a convencerse de que la única solución a la situación es la muerte de su pareja, y sin embargo, ha de haber una secuencia lógica que lo explique. 

Ignoro porque me llaman tanto la atención este tipo de casos. Creo que todos nosotros, a pesar del barniz de urbanidad y capacidad de convivencia que nos cubre, llevamos intrínsecos una serie de sentimientos primarios que mantenemos ocultos y que hemos aprendido a domesticar o a mantener calmados. No creo que haya personas sin celos, sin rabia, sin odio, sin capacidad de violencia en un momento determinado de la vida. Quizás todo sea cuestión del entorno, de los hechos o las situaciones que rodean a un ser humano en un momento determinado, y cuando se conjugan ciertos factores ese barniz salta en pedazos emergiendo conductas primarias de defensa o de ataque. Después de todo, amar es tambien el más irracional y reflejo de los actos, capaz de vendarnos los ojos ante hechos que en otras circunstacias nos podrían parecer censurables, ya que el deseo es completamente irracional. A lo mejor una forma de acabar con esto es indagar en esas circunstancias desencadenantes o potencialmente desencadenantes de conductas de este tipo. 

Creo que todos hemos vivido conductas violentas. me cuesta creer que haya alguien que no haya experimentado un desprecio, un chillido o una humillación. Recuerdo unas Navidades en casa. Yo era pequeño, y ya no recuerdo las causas, pero mis padres estaban enfrentados. Mis padres estuvieron a punto de separarse cuando en España lo del divorcio aun ni existía. Años más tarde descubrí la razón: mi madre era inaguantable y, no se si de forma consciente o no, practicaba la violencia psicológica con mi padre. En todo caso, y volviendo a aquellas Navidades, la mesa de Nochebuena estaba preparada y todo estaba listo para celebrar la noche. Mi padre, sin mediar palabra, se levantó de la mesa y simplemente dijo que se iba a la cama. Y así lo hizo. Se fue al cuarto, cerró la puerta y allí nos dejó, con la mesa puesta, y nunca mejor dicho. A mí, que debía de tener 14 ó 15 años, aquel acto me pareció de una violencia extrema, aunque años después, como decía, también me pareció una respuesta a la violencia que sistemáticamente ejercía mi madre sobre él.  

A mi me han acusado de ser violento y maltratar. Y cuando me lo han dicho ha sido tanta mi sorpresa que he hecho una reflexión sobre mi conducta, sobre los acontecimientos que te llevan en cierto momento a abandonar la carretera. Lo cierto es que hay un vacío, un momento inexplicable en el que abandonas la senda y sales del camino adentrándote en una zona desconocida o sólo pocas veces visitada. 

Estuve viviendo con una mujer con la que nunca tuve que estar viviendo. Era completamente distinta a mi y teníamos dos formas de ser muy diferentes. Quizás esa diferencia y su físico eran lo que me atraía de ella. Lo que de mi le atraía nunca lo supe y tampoco ahora tengo ganas de indagar en ello. Yo sabía que lo nuestro tendría fecha de caducidad y, efectivamente, se fue apagando poco a poco. Y lo que me asombraba es que yo me daba cuenta de ello y ella parecía ser indiferente al hecho. Había causas suficientes para afrontar el tema y hablar sobre el debilitamiento de nuestra relación, pero ella prefería convivir en una especie de ignorancia, tanto de mi, como de la situación. 

De vez en cuando salía con sus amigas, hecho que me parecía de lo más normal del mundo. Pero aquel de vez en cuando se empezo a transformar en una rutina semanal, creo recordar que los jueves, y de allí pasamos a un par de veces o quizás tres en semana. La vuelta a casa era a altas horas de la madrugada. Mi compañera volvía bastante cargada de alcohol y de porros y caía desmayada en la cama mientras yo esperaba impaciente a que me contara o simplemente me acariciara. Nuestras relaciones sexuales se vieron absolutamente mermadas, por no decir desaparecidas, pensaba que ya había perdido interés por mí o simplemente que nuestro sexo le pudiera parecer rutinario y falto de originalidad por el paso del tiempo,  y como quiera que tenía treinta años, no asumí que estuviera pasando por una etapa de apatía sexual, sino más bien que sus apetitios carnales quedaban satisfechos fuera de nuestra relación. 

Creedme que asumir que vuestra pareja tiene un amante es un trago que te cuesta digerir. Te lo planteas innumerables veces y además nunca estás seguro de ello, por lo que tu autoestima se ve seriamente dañada y decenas de demonio comienzan a pincharte el cerebro y a repetirte al oído lo mierda que eres. 

En varias ocasiones, durante el desayuno antes de ir a trabajar o alguna tarde sentados en el sillón viendo cualquier tontería en la tele, intenté sacar el tema de nuestra relación, creo yo que dandole oportunidad a ella de comentar su situación y, por ende, la nuestra. Sin embargo, guiada ignoro porque qué convencimiento, ella eludía el tema. A cambio se ponía sus pantalones negros y se iba de casa. 

Pasaron los días y yo estaba desesperado. Una mañana ella se duchaba y a su teléfono móvil llego un mensaje. La noche anterior había salido, y me extrañó que tan temprano, alguien enviara un mensaje a su teléfono. Sí. No pude aguantar la tentación y efectivamente mi capa de barniz estalló y miré aquel mensaje. Procedía de un hombre, cuyo nombre no viene al caso, digamos que X, y en él expresaba lo feliz que había sido la noche anterior y lo fácil que sería que estuvieran juntos. Recuerdo ese momento y a pesar de mi convencimiento sobre que existía otra persona, certificarlo fue cómo descubrirlo de nuevo. Un escalofrío me recorrío de arriba a abajo y también una gran tristeza. Ella salío de la ducha y no dije nada.

Dos o tres días después yo me iba a una casa que tenía en el campo a pasar el fin de semana y le pregunté si quería venirse, pues solía acompañarme, aunque los últimos fines de semana que estuvo allí conmigo, básicamente se dedicaba a dormir. Su respuesta fue que no y en vez de quedarme callado, sin mirarla le pregunté: Oye, ¿Quién es X? Pareció no sorprenderse, meditó unos segundos y su respuesta (que después he oído más veces) fue: ah, no es nadie, es sólo una tontería. 

Bueno, ya no recuerdo si aquello de "es sólo una tontería" me tranquilizó o no. En todo caso, puede que yo estuviera sacando las cosas de quicio y realmente aquello fuera sólo eso, una tontería. Pasó aquel fin de semana y por razones de trabajo me tuve que ir de viaje fuera de España. Volvía tres días después, un miércoles. La mujer que vivía conmigo iba los miércoles a unas clases de arte de las que salía a las diez de la noche. Sea como fuere, mi avión aterrizó a las nueve y ni corto ni perezoso cogi un taxi y fui a buscar a mi pareja a las clases. Pensaba darle un sorpresa, así que no la llamé, simplemente me aposté en una esquina desde la cual podía ver la salida de los alumnos. No, no es tan obvio como estáis pensando.  Efectivamente a las diez empezaron a salir personas de aquel local, pero mi pareja no salía. Pensando que igual se había enrollado un poco, decidí romper la sorpresa y llamar por teléfono. Contestó y sin asombro alguno me dijo que estaba dentro, que salía en unos minutos. Pasaron esos minutos y otros más. Vi salir al profesor, a quién yo conocía, y era obvio que, como el capitán del barco, era el último en abandonar la nave. las luces de la academía se habían apagado y aquel buen hombre giraba la llave de la puerta de entrada. Tan absurda era la situación que estuve a punto de dirigirme a él y decirle que no, que mi pareja estaba aún dentro, que no cerrara, pero me di cuenta de que ella no estaba allí. Me ardía la cabeza intentando explicara aquella conducta. Sonreía asombrado de la desfachatez de ella y volví a llamar por teléfono. Tranquilamente, incoherentemente, sin inmutarse, me dijo que no estaba allí, que estaba con X. Volví a sonreír intentando razonar porque no me lo había dicho antes, y le pedi por favor que dejara a X y que volviera a casa que creo que teníamos que hablar. 

Ahora mismo no recuerdo si volvió a casa inmediatamente o no. Creo recordar que no, y no es para dramatizar los hechos, sino que simplemente creo que tardó en volver. Tampoco recuerdo la conversación aquella noche pero obviamente los hechos estaban claros y era obvio que nuestra relación tenía que acabar. En otras palabras quería que cogiera sus cosas y se fuera de casa. 

A aquella conversación siguieron días de tristeza, días de convivencia aislada, días de solución final irremediable, una especie de agonía melancólica, esperar una muerte inevitable en calma y en silencio. A ella le costó irse, pero al final se fue y me quedé sumido en una profunda apatía y cansancio, por su pérdida y por toda aquella tensión que se había acumulado durante tanto tiempo.  

Pasaron los días y las semanas y por razones de trabajo nos seguíamos viendo. Se hizo el silencio entre ambos y jamás se decidió a explicarme las razones de todo aquello que había pasado.

Un día hubo una celebración. Había más personas. Supongo que era una especie de fiesta a la que ambos estábamos invitados. Perdonad mi memoría, pero sea cual fuere la razón mi ex pareja me insinuó si la podía llevar a casa. Accedí, viendo en ello una posibilidad de acostarme con ella, bien sea porque seguía deseándola, bien por el alcochol o bien por la idea de poseerla por última vez. bajando por las escaleras del parking se lo insinué a lo cuál se negó en rotundo. Mi reacción fue inesperada, brusca, violenta, un crisol de tormentas, un torbellino, rabía, impotencia, un cúmulo de todo ello que me llevó a agarrarla del cuello y empujarla contra la pared de aquella escalera de garaje. Quedó en eso y en momentos posteriores de desconcierto, de incredulidad ante el acto, de profunda impotencia, de profunda verguenza. La llevé a casa, la pedí perdón y a partir de entonces dejé que su recuerdo se diluyera, y no se si con razón o no, eché las culpas de mi reacción a ella, a todo aquello ocurrido durante tantos meses.

Cada vez que leo un nuevo caso de violencia doméstica vienen a mi cabeza estos hechos y no, nada justifica la violencia pero al rememorarlos me asombra lo violentos que somos unos con otros, con actos, con palabras, con gestos y conductas. Nos queremos y nos maltratamos, nos deseamos y nos humillamos, parece como si todo sentimiento tuviera su parte oscura. Somos imperfectos y viendo de lo que somos capaces, cuesta creerlo.   


 

 

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