Tres días lloviendo, hoy sale el Sol

por Fausto Lipomedes  -  17 Marzo 2011, 11:14  -  #Nueva etapa

005Nada especial. Sigo adaptándome por etapas. De pronto recobro el pulso que tenía dormido de la gran ciudad, que básicamente no es otro que sentirte un insecto solitario en medio de una especie de hormiguero multidisciplinar lleno de otros insectos, y con los que de vez en cuando se te chocan las antenas. He conseguido poner la televisión en marcha. No es que la vea y no sepa vivir sin ella, pero sí la echaba de menos por la mañana, mientras me desperezo y vago por mi habitáculo con un café en la mano. Me gusta escuchar ese run run de fondo de noticias absurdas, formales y torpes con las que puedes afrontar las relaciones absurdas, formales y torpes del día. Ya me he enterado de cómo funciona eso de la TDT. He tenido que acoplar un cacharrito a la parte trasera del televisor y ya recibo esa maravilla de canales basura en casa. Por lo demás sigo sin muebles, pero ya he contactado con una mudanza para ver si podemos hacer el traslado el próximo viernes, Por fin podre estirarme en un sofá y tener la sensación de qué puedo no hacer nada, simplemente estar sentado.

Mi relato se rompe por tu llamada. Por fin he podido hablar contigo largo y tendido, por fin he podido sentirme reconfortado contigo e identificado con otro ser humano. Por fin le he podido contar a alguien que siento realmente de ciertas cosas, y exponer mis puntos de vista con cierta tranquilidad, sin miedo, sin recelos. Por fin tu voz saltarina, animada, de otro mundo, de un planeta tan distinto al que ahora habito. Y sí, claro que echo de menos el campo, y sí claro que me siento viejo aquí, desplazado, metido a presión en este nido, rodeado de gente joven que comienza o intenta comenzar una carrera profesional de corte liberal. Por fin he podido contar a alguien los problemas con mi hijo, y como empiezo a intuir la posible influencia de su madre en este comportamiento, y cómo no quiero afrontar este tema con ella, pues es imposible hacerlo. Y como ha tejido un muro alto e inexpugnable de acero, imposible de escalar, imposible de abrir brecha alguna en él. Y su afán de no perder a su hijo y de no dejarle afrontar esta miserable, grata, maravillosa y asquerosa vida. Es bonito pensar e ir descartando. Es un proceso que va depurando los adornos hasta buscar la esencia. Te siento lejana, y tan cercana a la vez. Tu, que me llevas siempre, yo que te recuerdo constantemente. Así están bien las cosas, dices. Así son las cosas pienso yo, y están en paz, están tranquilas, están cansadas a veces. Y recuerdas nuestro último encuentro en la casita en aquella placita. Y recuerdo a aquel hombre plácido, aquel hombre de qué decimos que la cabeza se le ha pasado de rosca. Y le recuerdo comiendo en la habitación contigua al comedor. Sentado con sus sempiternos vaqueros, su camisa a cuadros azules, su cara socarrona con su también sempiterna sonrisa, su botella de vino, su plato. Recuerdo como entraba el sol por la ventana con visillos, y como se quedó dormido en el mismo sillón dónde comió, y aquella siesta breve y silenciosa, y tu sonrisa al mirarme después de haberle observado a él.

006Esta mañana me he encontrado con mi vecino. Tarde o temprano habría de ocurrir. Me ha dicho su nombre, pero y lo he olvidado. Barba de tres días, alto, chepudo, de cuarenta y cinco o alguno más años. Tiene hijos, los oigo, intuyo también a su mujer. Chaqueta a cuadros moderna, usada, acomodada a su espalda cargada, con una pose de intelectual desencantado, agobiado por los males del mundo. Me he disculpado por no haberles saludado, y no se porqué. He recordado las películas americanas de mi infancia, con esos vecinos llamando a la casa del vecino y con una tarta en la mano, como señal de bienvenida. Lo siento, pero vengo sólo a dormir, le digo. Me sonríe, es cortes, todos somos corteses, todo está bien, todos nos respetamos, todos nos ayudamos, somos civilizados, demócratas, todos somos integradores, todos somos buenas personas. Anoche también bajo mi vecina de arriba, traía un contador de agua. Exactamente no se para qué. Me hizo firmar un papel para oponerme a un cambio en no se qué del agua. A mi me da igual. Bajita, cuarenta, gafas de pasta, ligeramente gordita. Entra en casa, cierro la puerta, no se si se siente inquieta, y si la degüello, y si la violo, la asfixio y luego escondo su cadáver en mi armario vacío. Aquella vecina que desapareció en la finca con un bolsa llena de contadores.

002Lleva tres días lloviendo, hoy sale el sol.

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