¿Timo?

por Fausto Lipomedes  -  6 Abril 2012, 17:41  -  #Cosas de todos los días


Tarde por Madrid, 4 de marzo de 2012 039Vengo de dejar el coche en el parking. No hay quien aparque en el centro de la ciudad. He quedado a comer y me esperan. Voy bien de hora. Salgo del aparcamiento y cruzo la calle rumbo a otra que me lleva en línea recta hacia el restaurante. Cuando la enfilo, en el cruce, alguien que pasa a mis espaldas me da una pequeña palmada en el hombro y me dice ¡hasta luego!

Giro la cabeza esperando ver a alguien conocido pero no excesivamente. Se trata de un saludo de los que no exigen pararse, una especie de lenguaje de cortesía que no precisa nada más. Pero a quién veo sí se ha parado. Es un hombre cercano a los sesenta años, enjuto, de barba poblada con algunos pelos blancos. Pálido, de nariz grande, vista seca. Viste unos vaqueros y un chaquetón militar verde, por cuyo cuello escapa una camisa azul. La ropa no está limpia, más bien muy cuidada. Su rostro parece ligeramente enrojecido por las inclemencias del tiempo. Diríase que es un hombre que está en el proceso de perder su prestancia, a medio camino entre lo digno y lo indigno.

--Perdona, te has debido de equivocar--, le digo. Pero él responde completamente seguro que no, que no se ha confundido. Y sigue hablando al mismo tiempo que se acerca a mí. Sí hombre, dice el hombre, soy Carlos y añade un apellido que ya no recuerdo, tú compraste un coche, dice algo de Valladolid, hace ya años, lo llevabas al taller mecánico, yo te atendía. Sigue hablando y dando datos que en mi mente resultan inconexos, pero que pueden cuadrar. Su cara me es desconocida, pero tampoco descartaría en ella el recuerdo de alguna relación con él. Lo que no me cuadra es que él se acuerde tan precisamente de mí y yo no. Continúa hablando. Me cuenta que le han despedido. Me cuenta que alguien más, de quien me da el nombre y sobre el que asiento cuando me pregunta si me acuerdo de él, que también ha sido despedido. Me doy cuenta que ya le he aceptado, que ya no puedo negar conocerle, que ya estoy dentro de su historia y por vergüenza, ya no puedo dar marcha atrás. Pero de esto último me doy cuenta un día después. Continúa hablando, y me dice que lo echaron de la noche a la mañana. Pongo cara de lamentar su despido y asiento, le comento lo mal que está todo, lo difícil que está conseguir trabajo, que el país se va a la mierda irremediablemente, y comentamos los dos que ha ocurrido de la noche a la mañana, de un día para otro. Mientras hablo con él sigo haciendo memoria y empiezo a sentir pánico de que me haga alguna pregunta que no sepa responder ya que quedaría en evidencia que sigo sin recordarle a pesar de fingir que sí. Me dice a continuación que va a Toledo que tiene allí a su hija Susana, que está internada en el centro de parapléjicos de esta ciudad. Vaya, lo lamento, le digo. Sí, es la única que se salvó en el accidente. ¿Accidente? , le pregunto. Sí, claro, perdí a mi mujer y a mi otra hija mayor. ¡Hostias!, pienso, que fuerte. Le digo que no era consciente de esa tragedia  y le pregunto qué cuando había ocurrido , olvidándome ya de mis dudas sobre mi relación con ese hombre y centrándome en el drama. Hace ya cuatro años. ¿No te acuerdas de ese camionero rumano que iba bebido y drogado que se llevo por delante a un guardia civil?  Algo me suena, digo yo. Pues a continuación se saltó la mediana y se empotro contra nuestro coche. Falleció mi padre, mi mujer y mi hija mayor, sólo nos salvamos Susana y yo, me dice. ¡Joder!, que fuerte, no tenía ni idea, lo lamento muchísimo, y le acerco mi mano a su antebrazo, que aprieto en señal de solidaridad. De pronto, siento que ese hombre lleva el mundo sobre sus hombros, su despido, la pérdida de su familia y una hija sin sensibilidad de cintura para abajo, pero que quiere seguir estudiando.  ¡Ánimo!, le digo, hay que seguir.  Sí, sí, me dice resignado. Siento verdadera lástima por ese ser humano. Bueno, que te están esperando me dice, pues yo le había contado previamente que había quedado para comer. Sí, le digo con ganas de alejarme de él, pero no he de negar que con ganas también de poder consolarle. Nos despedimos, nos damos la espalda, y en ese preciso momento me vuelve a llamar. ¿Te puedo pedir un favor? Me pregunta, claro, le respondo. No, no, me dice casi echando a llorar, al mismo tiempo que da unos pasos hacia atrás. Dime insisto. En ese momento saca su mano del bolsillo de su vaquero y me enseña unas monedas que sumadas no hacen un euro. Sólo tengo esto, me dice. Sin pensármelo meto la mano en mi bolsillo y encuentro dos euros, maldiciendo no llevar más. Se las alargo, casi sintiendo vergüenza. Lo siento, le digo, no tengo más suelto. Cuando se las doy pienso que si hubiera encontrado en mi bolsillo un billete de 20 euros se lo hubiera entregado. El hombre parece agradecido y vuelve a levantarme la mano en señal de saludo. Nos despedimos, y mientras avanzo al restaurante no deja de darme vueltas su historia y sigo pensando en el lazo que nos unió en el pasado, y sigo haciendo esfuerzos por visualizar nuestra relación pasada. No lo consigo. Llevo un día pensando en ello y sigo sin dar con él, y ahora pienso si era todo una farsa, si era sólo un timo, tan bien interpretado. No lo sé aún. 

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