Recuerdos

por Fausto Lipomedes  -  25 Abril 2011, 17:21  -  #Días de soledad

Tendemos a magnificar los acontecimientos que hemos vivido de pequeños.  Los lugares en los que hemos vivido siendo críos se nos antojan mucho más pequeños de lo que los recordábamos si los volvemos a visitar, y todo por la estatura. También los hechos que nos acontecen en esos años los recordamos sujetos a la mente de esa edad que, inexorablemente es pródiga en fantasía, necesita enigmas y misterios y desea, irremediablemente, aventuras.

 

Leo en la terraza un buen libro.  Llevo planificando el momento desde antes de comer. Me asomo de vez en cuando por los ventanales y observo el día espectacular. Sacaré la silla de lona, prepararé un té verde y me perderé en la lectura.  La tarde es luminosa y al sol se puede decir que hace calor.  Todo está en calma y mi cerebro no para de visualizar lo que leo. Así pasa una hora larga durante la que cambio un par de veces de postura.  Suspiro y me dispongo a embargarme en el siguiente capítulo. Sin embargo,  hay algo extraño en el ambiente.  Los pájaros se han puesto nerviosos y parecen correr por el cielo emitiendo graznidos. El aire es más ligero y dentro de él flota el olor del ozono. La quietud del ambiente  se ve rota por ráfagas de aire que mecen con cierta violencia las copas de los árboles de hojitas recién estrenadas y el placer del calor en el cuerpo se rompe con agujas de frío que entraban por las bocas de mis pantalones.  Levantó la vista del libro y miro al horizonte y observo atónito una confabulación, una gigantesca conspiración negra que va  acorralando al azul claro bajo el cual yo estoy. Todo lo que puedo ver hasta el horizonte esta cubierto por un cielo gris oscuro pesado y denso.

 

Panorama 19El Sol sobre mí comienza a ser ocultado por las primeras avanzadillas de nubes. Son sólo retales blancos y muy gastados que anuncian el buen paño negro que avanza lento tras ellas.  Estoy solo en casa. Me gustaría poder compartir el magnífico espectáculo pero lo normal es que nadie me acompañe. Se me pasa por la cabeza llamar por teléfono a alguien, pero no se me ocurre nadie con el que tenga la suficiente intimidad para narrarle mis sensaciones. Estoy solo como lo está la tierra bajo la lengua negra que se extiende desde el horizonte. Miro mi libro, paso páginas y veo cuantas me faltan para acabar el capítulo que estoy leyendo. Son páginas densas, sin diálogos, por lo que la lectura de cada una de ellas me puede llevar unos minutos. Hago cálculos y creo poder acabarlo antes de que descargue la gran tormenta. Miro por última vez la mancha inmensa negra. Observo el horizonte y ya se distinguen las cortinas de agua cayendo persistentes sobre la tierra oscura. Me concentro en la lectura despreciando la tormenta. La imagino arriba, con sus ojos furiosos y muertos observándome y con ganas de castigar mi aparente indiferencia.

 

IMAG0002 (9)Leo, el viento arrecía. El calor de mi cuerpo ha desaparecido. La temperatura ha descendido de manera brusca y el aire ahora es frío, obligándome a enroscarme más para conservar mi tibieza. La luz blanca se ha tornado gris y cada vez parece apagarse más y más. No me atrevo a levantar la vista de la página del libro. Me da miedo mirar lo que aquella terrible criatura ciclópea ha sido capaz de gestar. Sin embargo, paro mi lectura, están ocurriendo demasiadas cosas a mi alrededor cómo para poder seguir concentrado en ella. Desenfoco la vista sobre las letras, volviéndose éstas borrosas y recuerdo la primera gran tormenta de mi memoria, y no sé cuanta verdad hay en ese recuerdo, y cuanto de imaginación rellenando sus vacíos. Y de aquella tormenta recuerdo su rapidez, e igual que ahora, como la luz desapareció bajo un pinar situado en una ladera que descendía suave hasta una playa. Vivíamos en una casa baja y grande en un claro de aquel pinar. Yo debía de tener siete u ocho años y recuerdo que jugaba mucho, o esa es la sensación que tengo ahora, y a mi padre le vía poco, como anticipo de lo poco que le vi a lo largo de su vida, e ignoro porque asocio lo del juego a no ver a mi padre. Desapareció la luz en aquel lugar, y también recuerdo el viento. Lo que no coincide con la tormenta qué ahora vivo es el olor del ozono. Los pinos, bajos robustos, enloquecen moviendo sus brazos como un ser poseído. Sueltan sus hojas que se clavan como agujas en mi cuerpo. Voces, carreras, todos dentro de la casa. Apenas nos da tiempo de cerrar las puertas y un ruido sordo golpea el tejado con furia intentando quebrarlo. Mi madre grita, no se si estaba mi padre, pero de él no recuerdo nada. Hay que cerrar también las contraventanas. El ruido sobre el tejado es ensordecedor. Gente, no se quiénes, van corriendo hacia las ventanas, carreras, más gritos, no me asusto, asisto a aquello no exento de miedo, pero sobre todo con expectación. Las gentes que hay en mi casa no logran cerrar las contraventanas antes de que decenas de golondrinas entren aterradas dentro de casa. Más gritos, manchas negras revoloteando, la luz del día ya no está. La casa cerrada a cal y canto, luz eléctrica, las golondrinas estrellándose contra los muebles, contra las lámparas del techo, emiten ruidos aterrorizadas, suenan sus alas de manera violenta cuando se estampan, más gritos, el ruido del techo que no cesa, alguien se ha metido debajo de una mesa. Mis ojos abiertos, al igual que mi boca, quieto, sin poder moverme, sin siquiera proteger mi cabeza de manera refleja con mi brazo, humedad, el suelo lleno de tierra y de plumas negras, el olor de aquellos animales húmedos, el olor del sudor de la gente que hay dentro de casa, todo condensado, el olor de la lluvia, y yo allí quieto, como un pasmarote en medio de aquella estancia.

 

IMAG0006 (6)Vuelvo a mi libro.  Ya sólo me queda página y media. Hace frío. Hago cálculos, me va a vencer la naturaleza. La tarde de primavera se ha convertido en una tarde de invierno. Primeras gotas, suenan amenazadoras sobre el papel de mi libro. Protejo la página, no quiero ceder, más gotas. Levanto la vista y veo la manta de agua, como una catarata, avanzar inexorable hacia mi.  Un viento violento me envuelve, suenan los árboles, recuerdo los pinos de mi primera tormenta, por doquier hojas arrancadas, ramitas nuevas vuelan amputadas y dan giros frenéticos sobre le suelo. Primer trueno, imponente, grave, definitivo, ha iluminado la tarde oscura, pienso en que cae sobre mi pecho, me fulmina. Más gotas, decenas, centenares, ahora son miles. Me ha vencido, recojo rápido, siento mi espalda fría y húmeda, corro adentro y una cortina de agua intenta entrar conmigo. El mismo sonido en el tejado, llenando de ecos la casa. Observo todo tras los cristales, encogido, sin poder decir nada, a merced de aquel fenómeno contra el que nada puedo hacer. Sólo me separa de la extinción mi tejado y las paredes y las imagino cediendo. La furia de aquel dios quiere acabar conmigo no se conforma con agua, ahora arroja granizo, el sonido aumenta, son miles de taladradoras intentando horadar mi refugio, suenas cristales, vigas, paredes, oigo los canalones tratando de tragar agua, a punto de atragantarse e imagino ser arrastrado por una riada ladera abajo hacia los olivos, donde me encontrarán ahogado e hinchado dentro de una crisálida de barro. Más truenos, más luces aterradoras que iluminan la temprana noche. La tarde se encoge, el horizonte también, el mundo es un tremendo agujero negro y yo estoy en el epicentro.  Siento frío y quiero esconderme pero no puedo moverme de aquel cristal, la destrucción me fascina y no puedo dejar de observar como caen pedazos de hielo del cielo intentando romper el suelo. 

 

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