ProtegidoX

por Fausto Lipomedes  -  16 Julio 2013, 22:00  -  #Protegido

Ha pasado una semana y estoy cortando la hierba en la terraza más baja de mi parcela escalonada. Son aproximadamente cien metros cuadrados de campo vallado en el que he planeado plantar alguna vez algo, pero nunca encuentro el tiempo, las ganas o la mujer con ganas suficientes como para afrontar esa empresa. Aún así no pierdo la esperanza, y trato de mantener el terreno lo más limpio posible.

En el terreno hay amontonada paja que corté el verano pasado. Ya se ha apelmazado y su volumen ha ido menguando.  Estoy sudando y me limito a hundir el azadón en la tierra dura. De pronto oigo el llanto de un niño, me alarmó. Suelto el azadón y oigo con atención. El llanto proviene de uno de los montones de paja. Me acerco y veo que en uno de los laterales alguien ha hecho un agujero. Allí dentro hay una gatera.  Tres gatitos con apenas días andan titubeante en aquella cueva improvisada y placentera. Les trato de atraer pero se muestran desconfiados. Quizás sea el primer ser vivo que observan en su vida. Los gatitos parecen sollozar y pienso que la madre debe de estar cerca observando la escena.  Decido no molestar más. De pronto siento que hay alguien en casa y una especie de felicidad me invade.

Sigo con mis tareas en el terreno y por el rabillo del ojo veo la mancha negra de un gato o gata saltar ágilmente dentro de la gatera.  Me acerco sigilosamente y me asomo. Veo los ojos amarillos intensos, los mismos de aquel gato o gata que acompañaba a mi vecino y entiendo lo que me estaba queriendo decir. Los ojos me miran desafiantes desde la oscuridad de la cueva. Me observa  y no sé si me agradece el improvisado hogar, o bien me advierte que ni siquiera me acerque a sus crías. 

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