Protegido VIII

por Fausto Lipomedes  -  20 Junio 2013, 00:52  -  #Protegido

Mi vecino me hace pensar. Le imagino y no puedo dejar de pensar en el interior de esa casa. Así es la vida, una sucesión de exquisitos y maravillosos momentos que desencadenan dolor, simplemente porque tienen un final. Cuando los rememoramos, se nos antojan desgarradores pues nos parece imposible y lejano poder haber sido tan felices y ahora estar abocados a la desesperanza y al final.    

Sigo mi vida, pasan las semanas y los meses. Miro al horizonte, observo los cambios del color del cielo, una tarde percibo que los días, poco a poco, van alargándose. El anochecer cada vez es más rebelde y los tonos anaranjados, a veces enrojecidos, logran sostenerse en la lejanía, sobre los campos, conviviendo con las luces eléctricas bajo ellos.   

Poco a poco ha llegado la luz,  los días se prolongan y la naturaleza, con modestia y sin llamar la atención, resucita. De pronto pienso en mis vecinos. Me doy cuenta de que llevo meses sin saber nada de ellos. Soy consciente de que llevo meses sin haber percibido movimiento, sin oír el portón de la entrada, sin ver sus lentas figuras arqueadas vagar por el porche. Pienso que ella ha muerto. Allí no hay nadie. Ella murió y él desesperado no ha podido seguir viviendo en aquella casa llena de sus recuerdos. 

Sin duda eso es lo que ha ocurrido porque una tarde que vuelvo del trabajo veo el gran cartel pegado sobre el portón “Se Vende”. Él no ha soportado aquello. Aquel hombre pone en venta su vida y sus recuerdos. Le imagino cansado, agotado. Me le imagino perdido, acobardado, tratando de organizar los últimos años de su vida de la manera más digna posible, pero serán años extraños. Sufrirá hasta no encontrar sentido a ser viejo y haberse quedado solo. Querrá morir y luchará entre la ilógica pasión por la vida y las ganas de dejar de recordar y añorar. 

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