Protegido VII

por Fausto Lipomedes  -  18 Junio 2013, 23:38  -  #Protegido

Ante mí aparece un hombre en su séptima década, la vida es tan corta. Es un hombre completamente anónimo, prácticamente sin ningún rasgo al cual agarrar un recuerdo.  Me sonríe y veo a un buen hombre, amarillento, su pelo, su tez, sus ojos tras aquellos vidrios. Pantalón marrón usado, muy subido, agarrados a su cintura por un cinturón estrecho, atrapando también una camisa, también amarillenta. Me presento y le explico el error del cartero. Mira el sobre. “Ah sí, debe de ser del hospital”, dice cansado. Yo le sigo observando y el sigue hablando, casi sintiéndose obligado a ello. “Mi mujer está enferma”, dice. ¡Vaya!, digo yo con esa entonación de fatalidad. ¿Algo grave?, le pregunto. Él hace un gesto que define un proceso irreversible. Estoico me dice que sí, que no tiene cura, que sólo le queda morir cuando la naturaleza ordene. Extraña y absurda sabiduría aquella que es capaz de predecir la muerte. No sé qué contestar, y de nuevo sólo acierto a decir otro ¡vaya!, esta vez aún con un mayor desconsuelo.  En esos momentos sólo pienso en regar mis plantas al atardecer, en el refugio de ese acto íntimo entre ellas y yo, en observarlas cómo han crecido imperceptiblemente, todo vida, tan lejos del dolor y del sufrimiento. Le deseo que todo vaya bien. Él vuelve a sonreír lleno de agradecimiento, le doy un ligero toque en el hombro y aprieto ligeramente los dedos cuando siento sus huesos. Me encamino hacia casa y oigo el portón verde cerrarse tras de mí, e imagino al hombre entrando en su casa yendo hasta la estancia en la que descansa su mujer y mirarla y romperse su corazón de tristeza viendo y observando su fin y también el de él mismo sin comprender, sin encontrar la razón de aquella conclusión sin solución posible. 

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