Protegido VI

por Fausto Lipomedes  -  18 Junio 2013, 00:08  -  #Protegido

Las estaciones del año pasan una detrás de otra. Es un consuelo en estos tiempos de caos y de desórdenes ver cómo se van sucediendo conservando sin alteración los mismos síntomas en cada metamorfosis, sin el menor atisbo de fisura en el orden que rige cada sucesión.  Sabias estaciones, usadas como metáfora para todo lo que ocurre sobre la Tierra: el nacimiento y desarrollo,  la madurez, la etapa del envejecimiento y por fin la muerte, tan temida, tan odiada otras veces, tan ansiada en nuestros momentos de desesperación, el gran enigma, la nueva estación que no sabemos cómo es. Somos incapaces de vivir sin ciclos. Por ello,  somos incapaces de ser felices sin el miedo a estar seguros de que en algún momento dejaremos de serlo. Sólo los niños, con su tremenda ingenuidad y los animales, por su irracionalidad, son capaces de vivir en una felicidad continua, permanente y regular. 

Una vez que nos convertimos en adultos, aprendemos los ciclos, al igual que los aprendieron nuestros más remotos antepasados y sobre los que basaron el orden que rige el mundo, adquirimos conciencia de nuestro fin, y consecuentemente de todas las cosas que vivimos y viven a nuestro alrededor. 

Mi casa está apartada aunque pertenece a una comunidad, pero mis únicos vecinos son mis vecinos que habitan a mi izquierda. Y son ellos los únicos porque son los únicos a los que veo con cierta regularidad. Nos separa un trozo de ladera inclinada llena de pedruscos y en la que nacen árboles raquíticos, hierbajos  y arbustos endurecidos por el viento. Son mayores, son un matrimonio con muchos años y desde mi casa a veces los veo, encorvados y lentos, silenciosos. Parecen cuidar el uno del otro, deduzco que los une el simple hecho de haber vivido prácticamente todos sus ciclos juntos.   

Un día encontré en mi buzón una carta dirigida a mi vecino. Ocurrió después de estar viviendo aquí durante años. Sentí cierta vergüenza, pues en todo ese tiempo jamás me había presentado ante ellos, pero me acerqué hasta el portón de su casa y apreté el timbre. Una cerámica pegada al lado de él rezaba “Cuidado con el perro”. Sabía que allí no había ningún perro, supuse que lo había habido y traté de adivinar su nombre o cómo lo llamarían mis vecinos. Imaginé el amor que sentirían por él y el dolor que sentirían cuando muriera, también pensé que aquella cerámica había sobrevivido al propio animal por la cual había sido adquirida, y también que aquella cerámica era la antecesora de las chapas que ahora ponen en las viviendas anunciando video vigilancia y alarmas. Antes la seguridad la proporcionaban seres vivos, ahora tecnología, cámaras y comunicaciones, pobres perros, y ninguno ha protestado. Oigo la puerta de la casa de mi vecino y sus pasos acercándose hasta el portón. Un mecanismo tosco hace vibrar el metal con varias capas de pintura verde y un crujido lastimero acompaña a su apertura.  

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