Protegido V

por Fausto Lipomedes  -  11 Junio 2013, 23:46  -  #Protegido

Mi querido abuelo, ya conoces la casa, es tan grande, tan excesivamente grande para mi solo. ¿Sabes? Tengo la sensación de que si salgo de una de las cuatro estancias que suelo habitar cuando estoy allí (cocina, cuarto de baño, dormitorio y salón), acabaré perdido en alguno de los múltiples espacios, lugares y recovecos que tiene y que llevo semanas sin visitar. A veces pienso que si eso ocurriera, acabaría desaparecido. La casa me escondería de aquellos que me fueran a buscar. Pero ¿quién me iría a buscar?, ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que alguien me echara de menos? Creo que el suficiente como para acabar extraviado de manera definitiva, igual que esos objetos que a veces necesitamos pero que no logramos recordar donde pusimos. Después de todo abuelo, ya sabes mi tendencia de buscar lugares apartados, de difícil y tortuoso acceso. Después de todo, sólo busco protección, he construido durante años una especie de hermetismo vital en torno a mí cuyos frutos estoy recogiendo ahora.

Lo más seguro es que algunas semanas después, alguien, que no acierto a saber quien sería, se acercaría a la casa para echar un vistazo rápido. Recorrería todas las habitaciones, bajaría y subiría escaleras, abriría y cerraría puertas, descendería al sótano, encendería luces, las apagaría, buscaría algún vestigio, pero no daría conmigo. Entonces concluiría que no estoy allí a pesar de que mi automóvil estuviera aparcado frente a la casa.

Abuelo, cuando estoy allí, agazapado bajo una manta en el sillón del salón o mientras me ducho en la planta alta, o mientras me hago una tortilla a la francesa en la cocina, pienso que puede que haya más gente habitando la casa en otras estancias, vidas paralelas que no soy capaz de percibir. No dejo que estos pensamientos tomen forma en mi cerebro, pues lo más seguro es que acabara aterrorizado con el menor ruido que no estuviera produciendo yo, al más leve crujido que oyera, muy comunes, por otra parte,  en este tipo de casas.

Por las noches, mientras leo en la cama, oigo andar sobre el tejado, y lo atribuyo a los nidos que los pájaros hacen bajo las tejas. Otras veces oigo chasquidos que me digo son de la madera seca. También se quejan las vigas, que suenan igual que el crujido de los huesos de los dedos al estirarlos. Estos últimos ruidos coinciden con los cambios de estación y los atribuyo a fatiga de la estructura por los cambios de temperatura. En esos momentos pienso que mi casa, que descansa sobre la ladera de un risco, va a desmoronarse pendiente abajo y calculo mis posibilidades de sobrevivir. También alejo esos pensamientos de mi cabeza hasta que se produce el siguiente crujido. Algunas otras veces he oído ese ruido apagado, lejano, que produce un objeto pesado al golpear una pared, el canto de una mesa, el respaldo de un sillón. Se trata de un sonido muy común en los pisos. El sonido llega apagado, casi un eco sordo que hace imposible determinar si proviene de arriba, de abajo o de la pared izquierda o derecha. No se trata de un ruido alarmante, y no me alarmo hasta que no razono que mi casa es una vivienda aislada. En esos momentos me quedo paralizado e imagino que hay gente rondando mi casa y agudizo mi oído para oír los pasos o los intentos para entrar dentro de ella. Entonces, desde la cama miro el ventanal de la pared frente a mí y que da a una terraza que recorre todo el frontal del piso alto sobre la ladera del risco. Siempre espero ver a alguien asomándose bajo la persiana que tengo casi bajada. Pero no oigo ni veo nada abuelo. Incluso miro con el rabillo del ojo, que es cómo mejor se perciben los movimientos, para detectar moscas o algún grillo que se cuela en el verano en la casa, pero nada. Sigo solo.

 

 

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