Protegido IX

por Fausto Lipomedes  -  20 Junio 2013, 23:56  -  #Protegido

Es fin de semana, estoy solo como de costumbre y recorro la casa imaginando que voy a encontrar a alguien en alguna habitación. Llegó a la del extremo sur y sin darle la menor importancia miro por la ventana. Entre las plantas trepadoras de la valla de la casa de mis vecinos veo una mancha rosa, voy a por mis gafas y miro. Un bulto rosa se mueve despacio. Es la chepa de mi vecina- Torpemente avanza con pasos pequeños, pero aún está viva. Sonrío y siento alegría. Sólo puedo ver su espalda tremendamente encorvada. Parece ir vestida con una bata de color rosa pálido y parece estar revisando cosas que hay en su porche. Quizás esté mimando sus plantas, quizás se esté despidiendo de ellas. Supongo que igual que presentimos la primavera somos capaces de vislumbrar el final de nuestro tiempo y sentimos la necesidad de decir adiós.  Pienso inmediatamente en él, y en esa espera, y en su sufrimiento viendo como ella trata de no dar importancia a su situación y no hacer caso a la muerte. Le imagino cómo piensa que ese porche, dentro de poco estará solo, y que por más que mire no la encontrara en ningún rincón.  Siento lástima.

Al día siguiente mi vecino llama a mi puerta. Le acompaña un gato o gata negro como el betún y con unos ojos amarillos intensos que nunca cierra. Me mira descarado (el gato), mientras habla mi vecino que me saluda con una sonrisa. Lleva el mismo atuendo que hace meses y pienso en su austeridad y al mismo tiempo en su envidiable capacidad de sólo disponer de aquello que necesita y nada más. Me pregunta algo sobre una gata que ha parido. Es difícil entenderle, habla con vergüenza, casi sin querer que salgan las palabras de su boca. Habla arrastrando las sílabas, con un cierto deje del sur y realmente me cuesta entenderle. No sé de qué gata me habla. Hay un montón de gatos y gatas por la zona. Una de ellas, que luego me enteré de que es gato, viene por casa de vez en cuando, ha dormido conmigo y la he dado de comer a veces, pero no se refiere a ella.  Últimamente aparecía con otro gato negro más menudo y que también participó en ciertos cuencos de leche y algún que otro bocado. Pero hace tiempo que no sé nada de ellos dos.  Mi vecino me habla de otro gato o gata al que daba de comer su mujer, lo que provocó que el gato o gata se quedara a vivir con ellos. Que lio de gatos ¿no? En realidad no me enteré sobre lo que me preguntaba el viejo. Sé que iba de un gato o gata perdido o perdida y de gatitos nacidos, pero realmente no sabía qué decirle. El gato o la gata negro de ojos amarillos no paraba de mirarme fijamente mientras se enroscaba entre los pantalones marrones de mi vecino, y casi estoy seguro de que aquel animal me decía con la mirada “no le digas nada”.  Mi vecino vuelve a sonreír, no sé si consciente o no de que no ha sido capaz de hacerse entender. Me siento obligado a preguntarle por su mujer y dice no con su cabeza. Me vuelve a decir que no hay remedio y que no cabe esperar recuperación alguna. Siento como si ya lo tuviera asumido y vuelvo a pensar lo duro que debe de ser convivir con alguien a quien quieres y ser observador de su final. Me despido de él. El gato negro me mira por última vez y se marcha tras los pasos del viejo. Les veo alejarse y pienso en ella y en aquel animal y en su mirada desafiante.  

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