Protegido IV

por Fausto Lipomedes  -  9 Junio 2013, 22:52  -  #Protegido

Bajo a comprar bolsas de basura. Ya estamos a mediados de junio, y a pesar de que la primavera está siendo fresca, lluviosa y esta envuelta en  aire, hay un pequeño espacio de bienestar esta tarde. La calle está repleta de gente. Como siempre en mi barrio, son personas jóvenes, guapas. También hay inmigrantes tirando de niños, mendigos y desahuciados sociales. Compro mis bolsas, abuelo. Arriba, en casa, he dejado el ordenador abierto. He estado trabajando toda la tarde abuelo, con desgana. Me había quedado solo en el despacho, corrigiendo textos, y he decidido irme y seguir trabajando en casa. He cerrado las ventanas al irme. He puesto la alarma abuelo. He subido las calles hacia casa sintiendo mi cuerpo cansado. Tengo que hacer taichi abuelo, he de agilizar mi estructura. Llevo mi billete de tren para mañana.

Ya he comprado mis bolsas de basura. Son marca ACME, aromatizadas, de cierre automático, anti goteo. Que cosas hacen abuelo. ¿Te acuerdas del pescado de la abuela envuelto en periódicos? ¿Y qué me dices de los cucuruchos de almejas o de los cangrejos intentando salir de la olla cuando los cocía? A mi me daban pánico abuelo.

Llevo mi paquete de bolsas en la mano y me subo a casa, a seguir trabajando abuelo. Pero vivo en un barrio que describen como trending, te lo explico abuelo, quiere decir que concentra tendencias. Para mi son las tendencias hacia lo liviano. Abuelo, de pronto siento que no aprovecho ese flujo de ideas y tendencias que se supone circulan por el barrio. De pronto me supongo feliz, me supongo libre y que vivo donde vivo porque así lo he querido. Abuelo es la tarde de un pensador libre, de un teórico feliz por poder pensar, de un observador que disfruta observando y analizando. Abuelo, me voy callé abajo, doblo la esquina y encuentro un local donde parece haber gente animada, conversando. Abuelo, es gente que no debe de pensar tanto como yo sobre qué es la vida, sobre cual es su sentido. Entro, el camarero, que es gay abuelo, me mira. No sé el motivo. O bien le gustan los hombres maduros o bien se pregunta sobre qué hace un tipo como yo, hoy, en ese momento, solo, en ese local. 

Abuelo, el camarero me mira dos o tres veces más. Debe de tener unos treinta años, y te confirmo que son miradas de complicidad. Abuelo, soy heterosexual, aunque no pude remediar dejarme llevar por la curiosidad en una ocasión. Creo que fue decepcionante. Abuelo, yo creo que todos tenemos esa curiosidad, ahí, latente, no sé si me entiendes. Sí, veo tu magnífica sonrisa y tu tierna mirada aceptándome tal como soy. Abuelo, me atiende una camarera rumana con una camiseta negra, tetas pequeñas, cara redonda sin cuidar, cuerpo esbelto que sólo veo hasta su cintura, imposible ver sus piernas ni su culo. Me desvío abuelo, a ti estos temas no te interesan. Buenas tardes caballero, me dice. Mira que me molesta que me llamen caballero. Es una de las palabras más vacías de significado que conozco. Me irrita que me llamen caballero, no se sí se refieren a mi porte noble o a mi escaso pelo canoso. Pido un vino abuelo. La rumana abre una botella para mi. Sigue observándome el camarero, lo hace de reojo. Por fin sale el corcho. Me sirve el vino y añade una especie de pincho compuesto por un chorizo frito y un pimiento enano, empalados con un palillo a una rebanadita de pan. Abuelo, el vino está asqueroso. Entra en mi cuerpo, y mi organismo parece preguntarme sobre las razones que me llevan a machacarle con aquel tipo de alimentos. Abuelo. Ya he tomado el primer sorbo y saco mi teléfono. ¿Y ahora a quien llamo? ¿En qué invierto mi tiempo muerto como cliente de aquella barra? Abuelo, me he quedado sin amigos, abuelo. Ya sabes lo que pasa, están lejos o cansados. Por otra parte, es viernes por la tarde, y quizás debiera estar con una mujer, pero  mis relaciones con las mujeres son siempre problemáticas. Siempre estoy echando de menos, y mando un mensaje que no obtendrá respuesta hasta horas después. ¡Ey abuelo!, puedo mandar un mensaje de trabajo. He de advertir sobre cambios en ciertos temas para la semana que viene. Abuelo, apenas distingo ya sin gafas las cosas pequeñas, así que debo de parecer aún más viejo al teclear tan cerca de mi cara las letras de mi teléfono. Por fin un motivo para rellenar mi tiempo en aquel local. Enviado abuelo, el deber hecho. ¿Sabes? A veces pienso que lo único que hago medianamente bien es trabajar. Abuelo, ahora repasó, y se a quien debo llamar, a tu hija. Pero reconozco que me da tanta pereza. En cierto sentido me da vergüenza. Llevo una vida tan desordenada, tan poco sujeta a los cánones del orden. Abuelo, desde que te fuiste se acabó mi familia y sólo mantengo unos vínculos, tan finos como hilos quebradizos. Luego la llamaré, sé que he de hacerlo, y no te preocupes, que lo que he de hacer, siempre lo hago, me considero responsable, y tan irresponsable en otras cosas. Abuelo, habita en mi un reverso y un anverso, la luz y la oscuridad, supongo que como en todo el mundo ¿pero sabes?, en mi caso dejo emerger a la zona oscura casi hasta la superficie. ¿Es eso libertad abuelo? Acabo mi vino pensando en ti, en que ojalá estuvieras esperándome en casa y pudiéramos charlar un buen rato sobre nada. Te contaría mi último viaje a París, lo maravilloso que fue, lo bien que lo pasé sintiéndome un extranjero sin identidad alguna, sin vínculos con aquellas gentes. Abuelo, monté en bici por las calles parisinas, como un niño que se escapa de casa en su montura metálica. por fin alguien que sentía también lo mismo y estuvimos todo un día cambiando de monturas para recorrer la ciudad. 

Acabo mi vino, pago. No tengo nada que recoger, excepto mis bolsas de basura. Abuelo, me vuelvo a casa, dejo la calle. Sé qué no estarás, sólo mi ordenador aún abierto. Colgaré la ropa de la lavadora, lo hago dentro de casa. Trabajaré aún un rato más. Quizás me llegue algún Mail de trabajo abuelo, lo contestaré. Abuelo, me marcho. Ha sido tan placentero charlar contigo, aunque solo escuches y nada digas. Adiós abuelo, te echo de menos.  

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