Protegido III

por Fausto Lipomedes  -  29 Mayo 2013, 17:12  -  #Protegido

De mi abuelo también recuerdo que me llamaba Joe. Ignoro la razón o ya no me acuerdo. Quizás se debiera a las pelis que nos veíamos los sábados por la tarde, casi todas del oeste americano,  porque eran las que daban por uno de los dos canales que había en la televisión por aquel entonces. Indios, vaqueros, fuertes, el quinto de caballería, pistoleros, shérifs, bandidos, diligencias, más indios, secuaces, jinetes, Winchesters, rifles, revólveres Colt, sogas, manadas, caballos, estampidas, caravanas, colonos, pioneros, atracadores, Billy el Niño, exploradores y rastreadores, jueces, horcas, cárceles, linchamientos, corrales, graneros, ranchos, lazos, alforjas, pepitas de oro, cobardes, valientes...buenos y malos. Sí, quizás fuera un mundo de buenos y malos, o quizás los buenos éramos más numerosos y más ignorantes y, consecuentemente, a lo mejor más felices al no saber lo malos que eran los malos.

Era un mundo de blanco o negro, sin grises, y los heroes no tenían dilemas ni problemas psicológicos que les hicieran plantearse su origen y su misión.  Mi abuelo era blanco, como la leche. O así lo recuerdo yo como el niño que entonces era, pero me cuesta pensar en él con un mal pensamiento.  Mi abuelo se sentaba en el sillón, sus zapatillas de estar en casa de cuadros escoceses grises, grandes píes, su albornoz también gris, y también de cuadros, estos más grandes. Yo en la alfombra, agarrándome, a veces enroscándome con mis brazos a su pierna izquierda huesuda. El me explicaba y a veces me pronosticaba hechos. Yo me quedaba asombrado de sus capacidades adivinatorias.  Yo le miraba, siempre desde abjo, y me tranquilizaba su sabiduría, sobre todo cuando decía: "no te preocupes, ya verás como ganan los buenos", y con ese consuelo lograba serenarme durante los trances más opacos por los que atravesaban los protagonistas a lo largo de la película.

De mi abuelo también recuerdo esa capacidad que tenía de traer algo en sus bolsillos cada vez que llegaba de la calle. Daba igual lo que fuera, era mágico y ahora entrañable aquella capacidad de acrodarse incondicionalmente de mí. Un caramelo, un cow boy de plástico pequeñito, un llavero, un canica, a veces chapas, un pequeño cuaderno, un lapicero, una goma de borrar, un sacapuntas, un cromo..daba igual. Recuerdo siempre aquel momento de sentime el primero o lo primero cuando entraba en casa, sin hacer caso a nadie más que allí estuviera. Yo era su objetivo y debía de disfrutar viendo mi cara y yo recuerdo su sonrisa en la suya, tan sincera, tan llena de amor, de satisfacción. 

De mi abuelo recuerdo y aún siento su amor incondicional, ese amor redical, instintivo sin asomo de brechas ni fisuras, y le echo ahora tanto de menos.



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