Protegido II

por Fausto Lipomedes  -  22 Mayo 2013, 23:42  -  #Protegido

De mi abuelo se han dicho muchas cosas, estoy seguro de ello, pero yo jamás he escuchado ninguna. Ese es el gran defecto de mi familia: no hablar. Es como un mundo de secretos inconfesables o quizás pura rutina vacía de cualquier tipo de hecho relevante. O a lo mejor sea todo lo contrario y tenga o tengamos la sabiduría de no convertir en relevante lo que no lo es, y no disfracemos de maravilloso lo penoso.

De mi abuelo hoy me han dicho que lo invoco, y me fió de quien así me ha dicho. Y he pensado y contestado que ojalá atendiera a mis invocaciones, y aunque etéreo, que le invitaría a entrar hasta la cocina. De mi abuelo sé que montó en globo siendo muy joven con cierto rey, que gastó una fortuna dando la vuelta al mundo con una hermana, en aviones plateados a hélice, que usaba taxis cuando apenas había coches, y no puedo imaginar a mi abuelo así, pues yo le recuerdo ya maduro y después viejo. Pero sí había en su prestancia ese silencio de quien ha visto algunas cosas. Le recuerdo hablando con personas, sujetando siempre mi mano y otras medio escondiéndome de su interlocutor suavemente. Yo conocía sus códigos y cuando esto último ocurría, ya sabía que su interlocutor no disfrutaba de todas sus simpatías.

De mi abuelo, sus cigarros, sus dedos largos de uñas cuidadas y su nariz aguileña, pero creo que eso ya lo he dicho. De mi abuelo una frase siendo yo pequeño y contando mis pesetas: si buscas dinero, olvídate del dinero. Aún aplico su máxima y la aplico a todo, así que esperó encontrarte, pero sin olvidarte. De mi abuelo mi primer reloj (marca TIMEX) y su explicación sobre el tiempo.

Abuelo, ¿Cuánto dura una hora? Y su sonrisa al responder, y su respuesta: depende hijo de lo que te ocurra dentro de ella. Hay horas que duran mucho y otras que parecen extremadamente cortas, no te fíes mucho de ese reloj, pero déjame que te cuente como funciona...El reloj de mi abuelo me dio la capacidad de poder predecir ciertos hechos, de adelantarme a ellos. Lo miraba por las noches, sus manillas encendidas, su tic-tac, y aprendí que también la noche tiene tiempo.

De mi abuelo sus trámites administrativos, sus bancos, sus pisadas, el olor a churros y tostadas, nuestros viajes en Metro. De mi abuelo me fiaba, sabía que no me iba a pasar nada. Nuestros paseos por los andenes de la Estación de Atocha y sus leves apretones de mi mano, siempre dentro de la suya, para indicarme la tristeza de una despedida o la alegría de una bienvenida. Dejar el bullicio de los vagones de viajeros y avanzar por el anden hasta la solitaria locomotora, las bielas, los conductos del vapor, las ruedas de acero, los raíles, las zapatas de los frenos. De mi abuelo los paseos por El Prado, las líneas de fuga, la perspectiva, la escuela italiana, Goya, Las Meninas. ¿Cómo no voy a invocar a mi abuelo?

Mi abuelo era misterio, un continuo nuevo capítulo de un libro apasionante que parecía eterno. Echo tanto en falta el misterio, y cuando lo encuentro, ha sido tan fugaz. Tan pocos momentos de asirte la mano, tantas ansias de sentirte comprendido, querido y amado, protegido. En definitiva, ser importante para otro ser humano.

Hoy volvía a casa. La calle llena de colores, la tibieza de los primeros dias de primavera ha traído a hombres y mujeres jóvenes, guapos, cuidados, atractivos. Gente en movimiento, gente vital, bulliciosa, ostentosa, gente de boca abierta, llamativa, observadores de quienes les observa, juegos matemáticos de probabilidades, apuestas, el casino de la vida. He echado de mis mis treinta y tantos, y también mis cuarenta. Pero ya es tarde, he subido a casa, con mis ropas aún oscuras y de nuevo, he invocado a mi abuelo.

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