Originales

por Fausto Lipomedes  -  12 Noviembre 2009, 11:06  -  #Cosas de todos los días

Son las fachadas de las casas que dan al Puerto de Vigo. Casas que miran al Atlántico. Casas duras pues. Casas que tantas cosas han visto. Casas cansadas de ver irse y de ver llegar. Casas recias que esconden olor a salitre, olor a marinero y a hembra perfumada. Casas infalibles y las mismas que observaron buques de vapor de altas chimeneas. Casas cerradas a cal y canto, quizás asustadas por la inmensidad del océano. Casas cautas que protegen a sus moradores de las locuras que excitan las cabezas pensando en el más allá, que en Vigo está cerca, sólo hay que cruzar el horizonte azulado, otros días blanquecino, otros días brumoso, otro día imperceptible, pero siempre el horizonte húmedo o también etéreo, la línea final de agua y aire, de cielo y mar, de frío, de humedad, de misterio. El horizonte es una mujer.  Casas de paños azules húmedos, impregnados de olor a mar, de olor a carbón, a gasoil. Casas de personas que se miran extrañadas entre sí, de hombres y mujeres separados por la distancia y por el tiempo, a veces separados para siempre. En el frontal, de la casa más clara, en el ventanal con cortinas blancas, ahora cerrado a cal y canto, vivía Conchita Valcarcel. Todo el mundo en Vigo conoce su historia. Su hombre era capitán de un barco mercante. Le espera desde días antes sentada frente a ese ventanal, en una silla, toda ella engalanada, al lado de una mesita con un delicado florero de una única flor. Mira el horizonte, intuye la estela de humo del carguero. Aparece. sabe que es el buque de su hombre. Sigue sin pestañear las maniobras de atraque, ve bajar a los marineros. Su hombre siempre el último. Le extraña, le echa de menos, tiene en su interior ese vacío de los días sin él, ese temor que da lo que él ha vivido tan lejos, y ella no. Le ve bajar por la pasarela, da ese brinco brioso y ve su rostro mirar hacia el ventanal, cruza rapido hacia su hogar donde ella le espera. Ella se siente feliz, sabe que sigue siendo suyo. En el sexto viaje el ritual se repite. bajan los marineros. ve a su hombre, como siempre el último. Esta vez va abatido, desciende con desgana por la pasarela. No brinca al saltar a tierra, su cabeza permanece gacha, arrastra sus pies al andar, se detiene y enciende un cigarrillo. Conchita siente un vuelco de frío en su pecho, ni siquiera lo reflexiona, se levanta de su silla, se asoma al balcón. El continua sin levantar la vista. Conchita se tira por el ventanal y muere a los pies de su marido, dicen que sonriendo, dicen que recordando su anterior vuelta, dicen que feliz. Él volvio a macharse y jamás pisó de nuevo tierra, al menos en el puerto de Vigo. 
 Casas del puerto de Vigo, que hoy dan a la calle de Alcalá, que observan bajo el cielo Atlántico el atasco de las nueve. Hoy buscan gente original, hoy buscan gente marcada por las marcas, hoy buscan jóvenes efebos, jóvenes preciosos, deseos vacíos, deseos del deseo. 
Ha llegado la Navidad a Madrid. Todavía está apagada, pero ya cuelga sobre nuestras cabezas. Un año más. Toda una generación que dejará de creer en los Reyes Magos, toda una nueva que descubrirá su magia, y la vida sigue, desplazándonos, siempre desplazándonos.  

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