Otro año

por Fausto Lipomedes  -  1 Enero 2011, 22:19  -  #La mesa

Panorama 2Son numerosas las Nocheviejas que recuerdo templadas. Son numerosas las Nocheviejas que recuerdo mirando el horizonte unas horas antes de las doce. La templanza del ambiente, la tranquilidad que parece reinar sobre la tierra. Es como si todo el mundo hiciera balance bajo las luces tintineantes. Apenas hay ruidos, escasos coches que se mueven de un lugar a otro.

 

IMAG0016A modo de recordatorio, yo ceno con mi hijo y tu sola, lejos. Me toca hacer cena. La hago sin voluntad, sin saber muy bien qué preparar. Lo único extraordinario es la carne que hemos comprado, el resto debe de estar todo en la nevera. Miento, también los consabidos langostinos, herencia cultural gastronómica de mi familia, los sempiternos langostinos asociados a la cena de Nochebuena.  Al final me decido por una ensalada de bonito del norte, tomate, aguacate y huevo duro, la carne ala plancha acompañada de verduras lentamente hechas en un Wok, acompañadas de arroz blanco, los langostinos y nada más. En consabido vino, mi hijo sidra y el gato un exquisito pate de trucha. A pesar de que los dueños de  "Benjamín" han dejado escrito que no le demos de comer, hemos considerado que podríamos hacer una excepción por eso de la noche tan señalada.

 

Hablo contigo antes de la cena. No voy a entrar en detalles sobre las sensaciones que tengo en la conversación. No porque no quiera, sino porque es algo que queda entre tu y yo. Algunos derrapajes pero conseguimos meternos de nuevo en la carretera.  De nuevo has de colgar. Llegan las uvas, las compré muy gordas y no nos caben en la boca. De golpe estamos en 2011. Nunca he sentido nada especial en estos cambios de año. No siento nada dentro de mí ni tengo ganas de divertirme. Odio pasarlo bien aquí y ahora, y sólo me quedan vagos recuerdos de, siendo adolescente, salir la Nochevieja, con ese ansía de pasarlo bien, de construir una noche perfecta, divertida e inolvidable.  Casi siempre acababa mareado, con sensación de ropa sudada, oliendo a humo, con los ojos enrojecidos, y con el estómago revuelto al amanecer. Supongo que es lo que toca en cada momento, y yo tuve el mío. Mi hijo y yo nos deseamos un buen año, nos besamos, nos abrazamos y nos tomamos una copita de cava. Me mandas un mensaje, vienes el domingo.  No deseo nada más, un rato de tranquilidad. Acabo dormido en el sofá viendo a los típicos humoristas de los programas de fin de año, que malos, que zafios, siempre con chistes en torno a eufemismos del sexo.

 

El primero de año nos vamos a jugar un partidito de tenis. Es una sensación única sentirse despierto la mañana de año nuevo. Un poco de ejercicio y de vuelta a casa. Comemos, lectura al Sol, gato, pequeña siesta, un par de cafés y de noche ya, nuestra conversación, que se va enturbiando, se enturbia, se enturbia, caemos, caigo, caes en un pozo negro, ponzoñoso, un pozo lleno de animales extraños que nos muerden en la oscuridad, que alejamos a manotazos. Nuestra cimientos no sirven de nada en este pozo. Estamos manchados de barro, los rostros ocultos por el fango, que no sabemos cuál es su composición. Algún día deberé escribir sobre esto. Peligra tu viaje, propones abandonar, siento al decisión igual que si caminara a ciegas al filo de un mortal precipicio. Ignoro porque voy hasta él, ignoro porque no nos quedamos en la verde pradera, oyendo el mar a lejos, adivinándolo por el vapor de agua que asoma por el borde del acantilado. Me conecto, no estás, intuyo que tampoco estarás. Esperaré por si apareces. 

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