Movimiento

por Fausto Lipomedes  -  14 Marzo 2011, 11:42  -  #Nueva etapa

IMAG0002¿Por qué soy tan necio con los sentimientos? ¿Por qué me dejan aturdido y no se cómo desenvolverme en ellos? Los siento como un miembro atrofiado incapaz de desarrollarse. Los siento raquíticos, nada elegantes, una especie de muñón emponzoñado sin capacidad para confiar. De pronto me viene a la cabeza alguien huraño, un prestamista de nariz ganchuda y dedos largos, de dientes amarillos, consumido por su propia avaricia y la envidia.  Quizás exagero, quizás es una hipérbole, quizás me castigo, quizás no me quiera, quizás me de igual la vida, y la vea transcurrir llena de deberes, de obligaciones, de sacrificios. Sólo tengo en mi cabeza imágenes sueltas, en silencio. Imagino sensaciones, imagino una vida plena pero no se de que está repleta. Mi vida es como un cálculo, un interminable cálculo de pesos, presiones, tensiones, vectores que van y vienen. Mi vida son decisiones, tanto tácticas como estratégicas, que no se qué  sentido tienen ni tampoco con qué objetivo. Mi vida son premoniciones más que hechos ciertos, temores, una especie de libertad vigilada, analizada, ponderada, sometida a un continuo análisis en una especie de espiral kafkiana y surrealista. Mi vida la vivo como si fuera a ser eterna, como si mi naturaleza perteneciera a la  mitología del vampirismo, un ser eterno que desprecia el tiempo y no es capaz de darle valor a los lazos que crea su transcurrir.  Egoísta, orgulloso, receloso, atento a cualquier insinuación, magnificando un comentario, sintiéndome herido y expulsado ante cualquier critica. Mi vida es sola, siempre sola, como en los sueños. Miro a los hombres y lamento no poder quererlos. Miro a mi alrededor y presumo su alegría, la felicidad que embarga sus vidas por encima de sus problemas y sus desdichas. Me tienta formar parte de ello, pero no se cómo hacerlo. Simplemente me limito a analizar lo peor de cada uno y me olvido de valorar sus noblezas, sus conductas y sus hechos desinteresados, la parte blanca de las almas. Simplemente no soy capaz de creer que existan. Siempre trato de buscar la parte oscura de cada acción, de cada hecho.  ¿Y por qué soy así? ¿Quién de esta manera me ha hecho? ¿Por qué así razono si soy incapaz de causar mal alguno? ¿Por qué si no hay objetivos y metas? ¿Por qué? si ni siquiera disfruto con la desdicha ajena.

 

IMAG0003Ayer  sábado me vine con el crio a Madrid. Me ayudó a traer las primeras cosas al nuevo piso. Me lié la manta a la cabeza, llené dos bolsas de viaje con ropa,  y ni cortos ni perezosos nos zambullimos en el centro.  Hacia años que no pisaba este piso. Me pareció más grande de lo que lo recordaba, quizás porque está vacío. No esperaba nada especial al entrar en él, y nada especial ha venido a mi cabeza cuando he estado dentro. Ha pasado tiempo, el suficiente para borrar cualquier recuerdo, sobre todo porque no guardo ninguno. 

 

Mi hijo juega con su maquinita sentado en una de la dos sillas que hay como mobiliario. Yo saco las cosas, las coloco en el armario, pensando que en estos casos, tal como colocas los primeros objetos, ahí quedan para siempre. Tengo la cabeza aturullada. Hay un olor asfixiante de uno de esos ambientadores eléctricos. Lo localizo, lo tiro a la basura. Abro el frigorífico, vacío excepto una solitaria manzana roja. Así son todos lo inicios.

 

IMAG0004Mi hijo se ha ido a las dos, y pensaba dejar pasar el la tarde del domingo tranquilamente, tumbado en el sofá, dormitando y mirando la tele o leyendo.  No esperaba mensajes tuyos. Te intuyo riendo , te intuyo relajada y animada, te intuyo con tus ojos tan abiertos, escuchando, riéndote a carcajadas con tu hermana. Y lejana. Estaba algo nervioso y ha ido tomando idea en mi cabeza agarrar el coche e irme a pasar mi primera noche en mi nueva casa.

 

IMAG0010Más maletas, unos platos, un juego de tenedores y cuchillo y para Madrid.  De pronto, en el coche, he sentido una gran tristeza. Sería la tarde gris, las gotas de lluvia, las notas de Lou Reed, el resplandor morado intenso del cielo, los farolillos rojos de los otros coches. Una sensación de desplazamiento y de nuevo solo, en silencio. 

 

Llego y doy vueltas para poder aparcar, a la tercera lo consigo.  Empieza a llover. Subo los bártulos y me voy a la búsqueda de un chino donde poder comprar leche, café, unas galletas y cuatro paridas más. Y aquí estoy, en la cama, el único ornamento de la casa, escribiendo, y con ganas de comenzar una nueva etapa. 

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