Sólo hay una realidad

por Fausto Lipomedes  -  29 Marzo 2011, 14:31  -  #Nueva etapa

Panorama 18Anoche quedo para tomar una cervecita con uno para los que escribo y al que tengo especial cariño. Este tipo de personas pertenecen a distintas tipologías, y en nuestro oficio, valoramos especialmente a los improvisadores. Esta persona pertenece a esta categoría.  Este grupo de gente tienen una capacidad de imaginación y de creatividad inigualables con los objetos y las realidades que tienen a su alrededor. Son incapaces de abstraer o de diseñar escenarios o mundos imaginarios, pero con cuatro datos y los objetos que conforman su entorno próximo, son capaces de jugar y hacer magia. Son personas que saben romper el hielo, convertir una situación comprometida en todo un show personal mediante una salida inesperada y cargada de humor. Se ganan al personal con el cariño, saben darte la palmada en la espalda, agarrarte un carrillo, tener el gesto cariñoso y entrañable que destroza cualquier barrera de cualquier ser humano.  Para ello necesitan memoria, almacenan datos sensibles, y si alguien está esperando un hijo, son capaces de preguntarles como va el embarazo dos meses después, o si te has recuperado de aquel esguince con el que te vio las Navidades pasadas. Suelen ser gente hiperactiva, de vida un tanto desordenada, incapaces de ahondar en su interior. Necesitan convertirse en centro de cualquier reunión, si no de manera explosiva, sí desde el punto de vista afectivo. En definitiva, es gente que necesitan ser querida para entenderse a sí mismas, y yo a este tipo, le tengo cariño, no sé si espontáneo o fruto de su manipulación. Sea cómo sea, el cariño y el afecto entre ambos existe.

 

Pero esta no es la historia. La historia es que al terminar la caña, que en mi caso fue vino, entré en un VIPS a comprar un libro. Con él bajo el brazo me encaminé hacia una esquina a parar un taxi, pero vi una boca de metro. De pronto me sentí un estudiante con presupuesto restringido, y ni corto ni perezoso me hundí en el subsuelo a las 23.30 con el libro  bajo mi mismo brazo. El recorrido fueron ocho estaciones, hasta Alonso Martínez, y aproveché los vagones semivacíos para sentarme a gusto, sin la incertidumbre de levantarme por si entraba alguna señora anciana o alguna embarazada. Me perdí durante el trayecto en las páginas del nuevo libro y mi mente (maravillosa mente), recuperó las sensaciones de mis años de estudiante, cuando cualquier lugar era bueno para hacer lo que te apetecía hacer, y en aquel momento, lo que me apetecía, después de un día hueco, era empaparme con las frases de un autor japonés.

 

Miraba de reojo los letreros de las estaciones, la siguiente era la mía: Alonso Martínez. Hice un cálculo mental, y decidí ir andando desde esa plaza hasta casa, total no serían más de quince minutos  y frente a la opción de hacer un transbordo para una parada más, me decidí por un paseo en una noche de pavimento mojado. Andaba por los pasillos de la estación, pasillos pequeños, llenos de ángulos rectos propios de las líneas antiguas de Madrid. Letrero verde, salida. Me encaminó. Otro letrero verde : salida a calle Génova, Salida Santa Engracia, Salida Museo Romántico. El puto Museo Romántico.  De pronto me viene a la cabeza la cantidad de veces que había visto ese letrero (salida museo romántico) cuando tenía 16 ó 17 años. Yo iba a dar clases de francés, al Liceo de ese país, y tomaba la salida a la calle Génova. Pero la salida en dirección opuesta era al Museo Romántico. De pronto viajé hasta aquella época y recordé aquellas clases, y lo que disfruté con ellas, pero sobre todo la incógnita que en mi cabeza suponía el hecho de la existencia de un Museo Romántico. Me imaginaba unas salas con pañuelos y sombrillas de encaje, guantes recogidos del suelo, anillos de pedida y tacitas de té. Vestidos vaporosos de principios del siglo pasado, niños ridículos en triciclos rudimentarios corriendo por el Retiro un domingo por la mañana, niños ahora muertos. No acertaba d discernir que cojones era un museo romántico.

 

Salgo, el pavimento sigue mojado. No hay nadie, un grupo de barrenderos/as vestidos de un fuerte amarillo. Me encamino a casa. A pesar de que por allí hay un Museo Romántico, no se dónde exactamente. Bajo por la plaza de Alonso Martínez hacia la calle Fernando VI. De pronto recuerdo que no tengo nada par desayunar mañana. Veo una tienda de estas que abren 24 Horas. Me desvía de mi camino, pero decido comprar unas galletas. Las pago y salgo. Me he desviado de mi ruta inicial, pero da igual, subiré hacia Fuencarral por la calle que mi necesidad de alimentación me ha puesto allí mismo. Miro el letrero en la esquina (calle San Mateo). Asciendo por ella entre sombras y brillos de paredes y suelos mojados. Apenas me cruzó con nadie, excepto un negro, alto, delgado, con barba marrón, tocado con una gorra de lana y bajo una especie de casaca parda larga. Sigo andando, y a mi izquierda aparece el Museo Romántico. Me paro, sonrío, cruzo la calle, lo observo, y descubro que el Museo reúne una muestra de las artes del Romanticismo español:  pintura, miniatura, mobiliario, artes decorativas, estampa, dibujo y fotografía.

 

Una gran satisfacción me invade, que estupidez, me siento feliz. Sigo andando. Un misterio resuelto más de 30 años después. Paro a tomar un descafeinado antes de subir a casa. Me quedan cuatro páginas para acabar el primer capítulo del pesado libro bajo mi mismo brazo. Allí lo leo, junto a dos calvos colgados que acaban el lunes hablando de coches y de impuestos y tratando de llamar la atención de la camarera con ojeras.  

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