Llegó, jodío y se marchó

por Fausto Lipomedes  -  22 Octubre 2009, 12:17  -  #Cosas de todos los días

Correosa ciudad que agrede, que trata de clavarte pinchos y barras roñosas que emponzoñen tu cuerpo y tu alma. Ciudad que aporta, en sí misma, un plus de inestabilidad, un plus de riesgo, un plus de nervios. Ciudad para agriar el carácter, para crisparlo. Ciudad que exige hacer juegos malabares para llegar a tiempo a los sitios. Ciudad que acumula retrasos a tu ser, que obliga a mirar el reloj en una media mucho más alta que en cualquiera otra población española. Dos días de lluvia y el caos. Ayer debía de estar a las 9.30 en el norte de la ciudad, preveía que si me lanzaba a la carretera a las ocho iba a verme empaquetado en uno de esos atascos que nunca sabes como el destino deshace. Así que decidí adelantarme, la única opción probable para asegurarme llegar a tiempo. Me puse el despertador a las seis, pero como se acuesta el organismo alerta, a las cinco menos cuarto mis ojos se abrieron de par en par y, aunque decidí volver a dormirme, fue imposible. Así que tomé la decisión de levantarme. De noche, en medio de nadie llegué al despacho, estuve trabajando dos horas y después en metro me desplacé a mi cita. Cogí el paraguas, pero no cayó ni una gota, las gotas comenzaron por la tarde, de vuelta a casa. Hoy me he dormido, volvía al trabajo con la mala conciencia del desorden, de la improvisación continua, de la imposibilidad de ser dueño, ni siquiera, de tus movimientos en tu entorno. La lluvia llegó, jodió y se marchó. 

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