La revelación de los sueños

por Fausto Lipomedes  -  24 Febrero 2011, 20:03  -  #Sueños

 

IMG00250-20110215-0944Los sueños son tan incongruentes y absurdos como estas tres pegatinas del taxi. Una del Real Madrid, otra del conejito de Palyboy y una tercera del Che Guevara.  Pero si lo pensáis las tres pegatinas pueden tener un sentido, a pesar de su disparidad. 

 

Esta noche estaba en la cama contigo, creo que en tu casa. Descansábamos tranquilamente, y por mis percepciones y mi estado de ánimo, creo que después de haber jugado al amor.

 

Suena la puerta de la que debe de ser tu casa. Tu maldices y te incorporas, después de dejas caer completamente entregada al hecho, es S. , a quien no esperabas.

 

Entra a la habitación y no se da cuenta de mi presencia, ni mira, pero después de dejar algo sobre una cómoda, se gira, y me ve. Me has hablado tan bien de él que me incorporo y le estrecho la mano. Él, educado, me la acepta y sale del cuarto.

 

Lo siguiente es una calma tensa, tu haciendo algo en una cocina, de espaldas a todo, yo por la casa buscando mi ropa, mi chaqueta está en un armario, no soy capaz de encontrarlo todo. S. guarda la calma. Soy para él como un invitado que quiere que se vaya, pero me trata con cortesía.

 

Hay una especie de armario en el salón. Ahora estáis los dos en la cocina, voy allí, y os pido permiso para abrir el armario porque allí dentro tengo mi chaqueta. Claro que sí. Ahora S. está en el salón, y también hay más gente, creo que una pareja. La mujer de esa pareja habla contigo en la cocina.

 

Al salón empieza a llegar agua, parece llegar por debajo de las paredes, primero es poca, después es un auténtico río. Ahora entra por la cristalera de la terraza. De pronto todo el salón es una gran lago de escasos centímetros de profundidad, sobre el agua sobresalen pegotes de barro limpio y rojo. No entiendo nada. El agua, el agua que siempre va conmigo.

 

Yo ya estoy vestido. Me acompañas, estamos en el coche. Es como si me acompañaras hasta la puerta, pero estamos en el coche. No sabemos qué decirnos. Nos tienta abrazarnos, pero tenemos miedo de que se vean nuestras siluetas entrelazadas a través del cristal posterior del vehículo, pues la casa es ahora de cristal y se ve desde ella el automóvil.

 

No se que sensación tengo, e ignoro también la tuya. No sé que pasará de ahora en adelante, y me debato entre una sensación de alivio y de miedo. Me despierto. 

 

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