Hub y los espacios alternativos

por Fausto Lipomedes  -  20 Octubre 2010, 23:42  -  #La crisis

Octubre2010 3529A veces te sientes fuera de lugar. Mi chica me dice que tengo una ligera vena de derechas. Lo pienso. No lo creo, no lo se. No creo que el mundo se divida, como antaño y en lo referente a ideas políticas, entre la derecha o la izquierda. Creo que sólo queda la derecha, que ha aprovechado la desaparición de la  izquierda, y lo que ha hecho es inundarnos de aparatos digitales, individualizarnos haciéndonos creer que estamos todos en red. Sinceramente, creo que el mundo se divide ahora en otras categorías. Me inclino más por dividirlo entre los gilipollas y los que no lo son. Aún así, no se en qué bando me encuentro. 

Hoy voy a Hub Madrid. Está de moda. Un espacio alternativo, un punto de encuentro para el intercambio de ideas, para el intercambio de la creatividad y la experimentación, un espacio de integración socio-cultural multidisciplinar y multiracial, y montones de más palabras huecas. Tu pagas una cuota y puedes ir allí a trabajar, a pensar, a cotillear, a conocer gente, a pasar el rato. En realidad es como esos clubs selectos de antaño, con sus propias leyes y estrictos códigos. Antes no se permitía el paso a las mujeres, o había que llevar corbata y zapatos relucientes. Aquí, ahora, la norma es que el negocio, la idea, el embrión de actividad que llevas o buscas, sea sostenible. Preciosa palabra, jodida palabra, jodida moda. Bueno, el lugar es un viejo garaje de automóviles al que le han puesto un suelo de madera y que aun conserva las paredes tal como eran después de la guerra. Entro, hace frío y silencio, de pronto imagino lo que debe de ser el hogar de un parado a esa hora indefinida de la mañana. Cruje el suelo, huele a madera. Saludo a los organizadores del evento alternativo. Una cuarentona avanzada a la que sólo he visto sonreír, se está cambiando sus zapatos, y sustituye unos planos por unos tacones altos que elevan su culo respingón y dramático. La saludo, besitos con los labios al aire. La dejo. Miro el lugar, las mesas son cajas de madera y sobre ellas tableros. sillas, sillitas, taburetes, sillones, elementos desperdigados, tristes, descolocados, sacados de su origen y quietos en un final al que no encuentran sentido. Me dirijo a tomar un café. Le pido a un camarero alterativo, bello, solícito, vestido de negro, un cortado. Se mueve en el pequeño espacio del buffet como mi abuela en la cocina, torpemente. No se cuantos palillos toca para poner un cortado en un vaso reciclable. No es camarero, pero es bello. Manipula un café envasado en una pastilla de plástico en una máquina de esas caras, creo que Nexpresso. Tarda una hora. Las servilletas son también reciclables, aunque parecen de tela, negras. Alguien me dice, asombrado, que el catering lo ha traído (a este espacio alternativo), la hija de Vallejo Najera, de los más caros de Madrid. La derecha se nos ha colado en el sitio. Me voy a por un bollo, también reciclable, pues lo cagaré tarde o temprano y supongo que alguien reciclará también mis desechos. Llega más gente, alternativa. Ellas más bien gorditas, con faldas como de cartón de colores chillones, con medias de lana, zapatillitas planas, un jersey o rebeca como mal puesta, ellas y ellos con gafas de pasta. Ellos, de negro, casi todos con barba o con barba de tres días, despeinados, altaneros, como sin estar pendientes de si mismos.Ellos también gordos, papá y mamá les dan de desayunar, pero al margen deben de consumir Bollycaos.  Saludos, besos, sonrisas, voy y vengo. Me aburro. Salgo fuera. Llega más gente alternativa. Me pongo en un corro. Al lado mío veo a un tío joven, también gordo. Vaqueros negros, camiseta de manga corta negra con una barriga prominente, unos brazos como los muslos de Rubens. También con barba. Feo, sucio, gordo, gordo, con papada. Un pendiente en la oreja, un piercing en la ceja,  gafas negras, pero no de pasta, fashion, de esas grandes, es el director de marketing de Twenty, la red social, y tiene un problema, o tenía, ya que ahora los ha comprado Telefónica. El problema del tipo es que tiene no se cuantos millones de usuarios, pero no tienen ni puta idea de como sacarles dinero.  De momento sólo pagan espacio en discos duros para que los adolescentes se hagan sostenibles haciendo un click con el ratón en una página creada por uno de ellos para salvar a las ballenas. El gordo habla con descaro, casi a voces, se me antoja un pescadero de mercado, también podría ser fontanero, y parece presumir entre los otros alternativos, que el tiene un puesto directivo en este nuevo mundo virtual, aunque lo que genere sean sólo pérdidas. 

Me aburro, me piro, vuelvo dentro, decido ir a mear para reciclar. Los baños me recuerdan a los de la mili. Tras manipularme el sexo, me lavo las manos. Entre los dos lavabos veo un bote con rotuladores. Puedes escribir en las paredes lo que quieras. Son plastificadas. Que no se te escapen las ideas, la creatividad, ni en el cuarto de baño. Lo único que me viene a la cabeza es poner: ¡joder que mierda! No lo hago, no sirve para nada. Hay dos frases puestas: ¿Cómo estás? y escribe lo que quieras. Son el cebo, pero nadie ha picado.

Octubre2010 3532Me reincorporo a la sala. Ha llegado más gente. Más saludos. Estrechones de manos, más sonrisas, más besos. Descreimiento general en los comentarios optimistas y vitales. Vuelvo a irme fuera, hace frío. tengo la sensación de que allá fuera el mundo avanza, y de que cuando vuelvo dentro me meto en un bucle de tiempo muerto. Empieza el show. En el atril un alemán, un traje azul y unos zapatos de piel casi amarillos. Acaba de aterrizar, es joven. Empieza a hablar en inglés, sin darse cuenta de que estamos en España. Todos simulamos entenderlo, pero no hay dios que le entienda. Suelta su discurso que lleva almacenado en su cerebro. Lo suelta donde le digan, ajeno a auditorio, ajeno a si aburre, a si interesa o no, ajeno a si la gente abre la boca, cambia de postura o se rasca la entrepierna. Sigue, pone en ello sus mejores saberes. Habla y habla, y todos esperamos una inflexión que denote que va a acabar. Desconecto, me miro los zapatos, apoyo mis codos en las rodillas con las piernas abiertas, hago música dando golpecitos con los tacones en el suelo. Me levanto, vuelvo a por un café. El auditorio está inquieto, de pronto tengo frío. Me quiero ir. Nadie me mira, no recojo el café, agarro mi mochila, estratégicamente depositada en la salida y me voy. Hay sol, en la esquina hay una tasca, allí me meto y me tomo el cortado, servido rápido, en su tacita de porcelana, pisando servilletas en el suelo, y serrín y algunas colillas, y el camarero es feo. 

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