Descolgado

por Fausto Lipomedes  -  6 Abril 2011, 18:50  -  #Nueva etapa

IMG00272-20110321-2029Mi trabajo me llevó anoche al Santiago Bernabéu.  No tengo nada contra el fútbol, no sabría que opinar sobre él, ni tampoco sé nada sobre fútbol, carezco de conocimientos y de sensibilidad para analizar este deporte. Lo cierto es que había un ambiente eufórico y agresivo fuera del estadio. Supongo que el fútbol es un buen sucedáneo de las guerras, y a falta de ellas, puede sustituirse el ardor guerrero y el estar dispuesto a dar la vida por una bandera del club. El evento acabó allá sobre las once con triunfo de la afición local, borrachera de satisfacción, que dura poco porque enseguida viene el siguiente reto. Yo también iba algo mareado. Te tratan bien en esto del fútbol. Dos copas de vino, una coca light, jamón serrano, empanada casera, croquetas y pastelitos de postre. Busco un taxi con una vieja amiga. De mi edad, un tanto desgastada, la mujer madura que sigue vistiendo como treintañera. Tiene cuerpo para ello, se mata a hacer deporte, a jugar a paddle. Tiene una carcasa que, cómo persona,  la sitúa en una tangente opuesta a mi, pero hay algo que nos une cada vez que nos vemos. Es cómo si nos pasáramos mensajes cifrados y en clave, escuetos, casi definiciones, en medio de temas intranscendentes , y con el objetivo de mantenernos al día el uno sobre el otro, pero cómo sin querer evidenciarlo. Me entero de que su madre se ha caído, que ha estado dos meses hospitalizada, que ha adelgazado y que se la va a llevar a la playa esta Semana Santa para tratar de recuperarla, pero también de que no ha vuelto a saber nada del jugador de paddle argentino con el que tuvo un romance, y que al final se descubrió que estaba casado, con una mujer en aquel país, quien llegó a llamar a mi amiga para contarle la verdad sobre su marido. La pregunto sobre nuevos amores, responde cero, "da tanta pereza", la entiendo bien. Seguimos caminando en busca del taxi en medio de hinchas excitados y con camisetas de sus ídolos. También me entero de que ha heredado unas cuantas miles de acciones de Telefónica, tras una disputa con su madrastra.  Y de rebote de que una amiga común se ha divorciado. Me quedo sorprendido. Hice acuerdos de tipo comercial con esa pareja. Me parecieron dos fenicios unidos, precisamente, por el amor a la acumulación del dinero. Él trató de jugármela y en una conversación telefónica le dije que lo que me proponía era simplemente aprovecharse del concepto de la amistad. Cuando me oí no me creía a mi mismo diciendo aquello, pero su propuesta era rastrera y daba vergüenza ajena. Hombre bajito, de cara pálida, voz moderada y buenos modales, con gafas sin montura de cristalinos cristales y ojos pequeños, claros, fijos y muertos como los de un tiburón. Resumí que se trataba de un hijo de puta. Era vecino profesional mío y cuando nos cruzábamos éramos cordiales, como si aquella conversación telefónica nunca hubiera existido. Yo me sentía incómodo, pero me imponía ser tan cínico como él. Y hablo en pasado porque tuvo que cerrar el negocio, y sin alegrarme si dije para mí: te lo mereces cabrón. Y esta noche me entero que hace dos años que ha dejado a su mujer, y me choca, porque ella es igual a él. Y que el motivo es que "tiene que encontrarse a sí mismo". Mi amiga me dice que cree que el tío es homosexual. Pues mira, ahora que lo dices yo también lo he pensado alguna vez, le digo, y es verdad que el tío tiene algo extraño e indefinible, simplemente es de esas personas que te resulta imposible imaginarlas follando. Bueno, sea como sea, dejo también mis sospechas, ya sabes, difama que algo queda. Soy así, un impresentable, lo sé. Naturaleza humana.

 

IMG00273-20110321-2031Dejo a mi amiga en la esquina de su calle y sigo con el taxi hasta Gran Vía. La noche es primaveral, y a pesar de ser martes hay montones de gentes en la calle pronosticando lo que serán las noches de verano en el centro de la ciudad. Descubro en mi móvil acceso a la fatídica herramienta de comunicación. Te veo conectada, te envío un mensaje, no contestas, te entiendo, lo siento, voy cansado, algo aturdido y tengo calor. Espero diez minutos, te desconectas, me siento solo y con la necesidad de pertenecer a algo, de sentirme acogido. Son ya las doce, y de nuevo me viene a la cabeza tomarme un café descafeinado antes de subir a casa. De nuevo vuelvo al local cerca de casa. Esta casi vacío, son las doce o las doce y cuarto. Al igual que en mi anterior visita hay dos tipos en la esquina de la barra, y esta vez no están allí colgados por la camarera, pues hoy sirve un tipo calvo, grande, cabeza afeitada pero grandes patillas. No se cómo lo hace. Está solícito. Le pregunto si puedo tomar aún café, dice que sí, lo pido. Muy amable me lo pone, y hasta me añade al platillo una madalena en miniatura. Saco mis gafas y mientras bebo el café me pongo a hojear una revista que hay allí de la National Geographic.  Los dos tipos van a pagar. El camarero les dice que si se toman la última, los invita, deben de llevar allí toda la noche. Empiezan ha hablar de un licor que se llama absenta, noventa grados. Uno de ellos dijo que una vez se lo recomendó una americana, lo tomó, fue a mear y "volví volando". Me hace gracia, me río, me integran en la conversación. Con el café te vas a tomar un chupito. No gracias, voy ya cargadito. Insisten. Tengo ganas de sentirme parte de algo. Lo tomo. Aquello me revienta, acaba con mi escaso juicio. Me despido abrazos. Apenas llego a casa, apenas acierto a apretar el llamador del ascensor,  apenas a mantenerme de píe en la ducha, apenas a meterme en la cama donde muerto caigo.  

Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase: