El deber de estar

por Fausto Lipomedes  -  26 Diciembre 2010, 00:50  -  #Cosas de todos los días

IMAG0039Fuera hace un frío que pela. Son las 0.55 y no tengo sueño, o acaso tengo tanto que me regocijo en él, en sentirlo, en tratar de vencerlo, sabiendo que en cualquier momento puedo subir a la cama y burlarlo. El gato ha estado dormitando, ahora duerme, enroscado, sobre el sillón. Se despierta, me mira, comprueba que todo está en orden y sigue durmiendo, tranquilo, sin estar alerta, sabiendo que no hay amenazas y tampoco frío.  

Llegue a la comisaria solo. Un poli me mira desconfiado. No se porque causo desconfianza. Ignoro como soy o que aspecto tengo. Imagino que tengo muchos, y según quien me mire, me ve de una forma u otra. En realidad me siento como un perfume, que cambia de aroma dependiendo que quién lo lleve. Le enseño el papel que ha dejado la policia dentro de mi coche, lo lee, me vuelve a mirar, y me invita a entrar dentro. Huele a comisaria, a sudor, a violencia, a lejía y a viejo. Me da un papel y me dice que espere en la habitación del fondo. Un pasillo lleva a ella, veo gente dentro, sentada, esperando también, imagino que cuando entre, todos miraran mi aspecto y se preguntarán que cojones hace este tipo aquí, la tarde la Nochebuena. Me imagino a todos observándome e intentando aeriguar mi historia. Saludo, apenas me devuelven el saludo, y me siento sumiso en una silla de plástico. No hay nadie solo, todo el mundo está acompañado. Más tarde llegará, y solo, un chino, y después un hombre de color, y no digo de color por no decir negro. Es que no es negro, es como color crema, color chocolate con mucha leche. Me siento, pues, como un chino o cómo un hombre de color, los únicos solos en esa sala. Nadie sabe donde estoy, nadie me imagina allí, ni porque.

En estos sitios en los que no deberías estar y estás, es en los que meditas sobre tu condición, sobre tus andanzas, tus desventuras y tu infelicidad. Se trata de una tremenda perdida de tiempo, un espacio muerto en medio de otro más grande, un esfuerzo inútil, sin objetivo, un trámite que no sabes que significado tiene, pero no puedes irte y has de estar allí. Miro el suelo, veo mis zapatos, juego con ellos haciendo coincidir mi suela con las lineas de las baldosas. Escucho y no oigo nada, reina un silencio violento, solo suenan puertas huecas, con cerraduras que no funcionan bien, el picaporte de giro con ese peculiar chirrido metálico. Me han dicho que han detenido al tipo, espero que no tenga que verle, ni decidir sobre si pongo una denuncia o no, después de todo, creo que me he dejado el coche abierto. A parte de mi, del chino, del hombre de color, hay un trío de un hombre y dos mujeres, todos ellos mas allá de los sesenta y cinco, dos sudamericanas bajitas y culonas y una especie de familia conformada por dos mujeres, una mayor y otra joven, y tres hombres jóvenes, entre los veintitantos y la treintena. Ellos gritan, hablan de aviones y viajes, Argentina, Brasil. Los primeros viajes de los jóvenes cachorros, a voz en grito, yo he estado en Rio, y las tías no son guapas, tan culonas, ...vamos sí , van todas con sus tangas y eso...pero son así...culonas. Gritaba el más joven, excitado, dispuesto a que todo el mundo supiera sobre su viaje a Brasil. Le miro, enseguida me doy cuenta de que es homosexual. Deduzco que las mujeres son su madre y su hermana. Ambas observan, no dicen nada. Están en aquel ambiente decadente y violento, mirando por encima del hombro, cabreadas quizás por haberse dejado robar, cabreadas quizás por no creer que deben de estar allí donde nadie las trata con delicadeza, donde no son clientas, sino iguales entre gente con problemas. Ahora hablan ellas, ahora ellas con los chicos, y hablan de móviles, de ofertas, de duplicados de tarjetas. Me aburren. Viene un policía, me llama por mi nombre, me pregunta y he de contar mi problema en público. Me lleva a una sala más caliente que en la que estoy, recorro para ello toda la comisaria. Son todos jóvenes, en la veintena. Me imagino que el día de Nochebuena los veteranos están en casa, pienso que si hubiera que asaltar la comisaria ese sería el mejor día. Me siento frente a un niño vestido de azul y con una pistola en la cintura, abre la boca absorto mientras escribe en su ordenador, va lento, es torpe, pregunta todo. Una chica rubia también en la veintena, muy seria, se levanta, pasa frente a nuestra mesa. El policía, sin importarle mi presencia, mira el culo de su compañera con fiereza. Vuelve a abrir la boca cuando mira otra vez la pantalla.

Me pregunta, le respondo. Se equivoca muchas veces, repasa, lee con los labios, pequeños, pálidos y carnosos. Mira a su alrededor, repasa otra vez, saca un sobre con los objetos sustraídos de mi coche. Me los entrega. Me hace firmar la declaración, lo hago. Agarro mis cosas y salgo de allí, huyendo, sin saber que será del tipo que ha entrado en mi coche porque estaba abierto, preguntándome que culpa tengo realmente de que el tipo esté detenido, me siento como si le hubiera tendido una trampa. La calle está llena de luces, de comerciantes chinos que están cerrando sus locales, de gentes con prisas, llenos de bolsas, mayores y niños, matrimonios, parejas, novios, pitidos, policías con chalecos amarillos y un frío atroz que corta el rostro. Me voy a mi cena de Nochebuena, en mi coche en el que vuelvo a meter lo que tenía que haber sido sustraído 


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