Compartir el intervalo

por Fausto Lipomedes  -  4 Noviembre 2009, 21:49  -  #Cosas de todos los días

Este es mi artículo 175. Parece mentira. No he hecho el ejercicio de re leer nada de lo escrito. Supongo que habrá muchas tonterías y contradicciones. Tampoco trato de mantener una línea. Esto de escribir es así como un viaje largo. Tu no paras de hacer siempre lo mismo: conducir, pero a tu alrededor cambia todo. Nunca se de lo que voy a escribir tampoco, aunque me da la sensación de que siempre es de lo mismo. Llevo dos días volviendo de noche a casa. He vuelto cansado, he vuelto con los ojos enrojecidos después de un día mirando a la pantalla del ordenador. Cuando vuelves con todo negro a tu alrededor se elimina esa posibilidad de mirar y observar, y tiendes a concentrarte en ti mismo. Suelen ser vueltas cargadas de pesadumbre, cargadas con esa dedicación a los problemas o los aspectos negativos de tu vida. La sensación es similar a lo que ocurre cuando viajas en metro. Por eso me encantan las vueltas al atardecer. 
Son vueltas más naturales, básicamente porque retornas con esa sensación melancólica del día que acaba. Esa sensación de mezcla entre los colores dorados que provoca el Sol ya bajo y las primeras luces eléctricas. El día, como tu, también se cansa y sientes que formas parte de un ciclo natural de nacimiento, desarrollo y lenta muerte. 
Es un rato de reflexión, es un rato de contemplación, es un rato casi de no pensar, sino más bien de transformar en un sentimiento un problema, una ilusión, una felicidad o también las infelicidades. Son momentos silenciosos en los que casi llegas a entender todo lo que pasa a tu alrededor, y simplemente te mimetizas en el momento, ese momento de declive del esplendor. Puedes elegir entre morir o refugiarte en el amparo de la noche próxima. 
Lo que más ansías es llegar a casa. Añoras tu hogar, una especie de refugio de la vida, tan llena de amenazas, tan llena de espacios diáfanos en los que tu te encuentras en medio, a merced del viento, del calor o el frío, de la lluvia o de las altas temperaturas. El día, lo ocurrido en él se antoja gastado, a veces hasta absurdo y otras irreal. 
Al. final se perfilan las paredes de tu castillo levantadas frente al mundo del que huyes, e imaginas el silencio dentro de él, e imaginas que ella, que tu esperas. Una sonrisa de bienvenida, un abrazo, un beso, ¿que mejor reconciliación con el sentido común? ¿qué mejor recompensa? Morir con el día, o descansar y esconderte de él durante la noche sólo depende de eso, de poder compartir el intervalo entre uno y otro. 
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