Colono 7

por Fausto Lipomedes  -  23 Agosto 2013, 00:09  -  #Colono

106-0614_IMG.JPGHa pasado una semana y las cosas van tomando forma. S. ha estado de vacaciones en casa de sus padres en la costa. En un principio habíamos acordado en que iría yo también a pasar un fin de semana, pero con todo lo que tengo encima, ni pensarlo. Me quedé solo y un día entre semana fui allí, a la casa, en realidad a no hacer nada, si por nada interpretamos recostarse tranquilamente en una tumbona y fumar y ver pasar las nubes y oír el viento. El perro de siempre está aullando, no hay nadie alrededor. Creo que esto ocurría un martes. Recorro la casa. No se que hacer.  Subo y bajo las escaleras y no arranco con ninguna tarea. Estoy preocupado con el jardín.  Han empezado a crecer malas hierbas, amarillas, por todas partes y no se cómo arrancarlas o no me decido a ello. El cerezo está cargado de hojas, me imagino que habría que podarlo, a ver si lo hago un día de estos. Tengo que averiguar lo de quemar el rastrojo y ver que se hace después con los restos, ¿se esparcirán por el suelo?, ¿será una especie de abono? Me vuelvo a Madrid al anochecer, el camino de vuelta es gozoso. Paro a tomar un café en la carretera, me siento libre, me gusta ese viajecito, esa especie de escapada y de vuelta. 

 

EL sábado vuelvo a escaparme allí. Me llevo la bicicleta, el televisor y tres bolsones de ropa, todos los vaqueros y toda al ropa más informal que tengo. Las zapatillas de deportes, perchas, aspirinas, por si me duele la cabeza, alargadoras de luz y distintos cachivaches. He limpiado el armario y he guardado toda la ropa, luego me he armado de valor y he comenzado a pintar mi tercera habitación. Uf, estaba jodida, toda desconchada de humedad. Me estaba volviendo mico, así que he decidido parar y bajar al jardín. Habían dado el agua de riego y menudo galimatías. Me he hundido en el barro, he cambiado mangueras y he regado el guindo y el llorón. 

 

Ha llegado S., nos hemos ido al pueblo a ver si cenábamos algo, pero en esa población no hay lugar alguno. Sin embargo, a cambio he descubierto que tenemos una magnífica piscina. Al final hemos bajado a cenar a la gasolinera, frente a ella hay un club llamado Lambi y a sus espaldas un restaurante-bar, de esos de carretera. Hemos cenado muy bien. Nos hemos subido a eso de las doce y media, un frío de narices, hemos estado viendo las estrellas y a la cama.  Mi primera noche allí. Menudo aire, se cerraban puertas y golpeaban contraventanas.  S. estaba un poco inquieta. 

 

Por la mañana hemos desayunado café, (me llevé una cafetera y café), y unas rosquillas que compré en la gasolinera. Hemos pasado el día mirándonos y observando a nuestro alrededor. Por la tarde hemos vuelto a Madrid. 

 

En realidad, creo que quiero estar allí solo. Trato de tirar de S., despertar dentro de ella las mismas sensaciones que yo tengo, pero creo que no soy capaz. Yo simplemente siento el deseo de encerrarme y de separarme de todo allí y ella no la tiene. Vuelvo el miércoles. Huele a pintura y oigo otra vez las cigarras. Acabo de montar los muebles de la habitación de mi hijo. No sé con qué seguir. He recibido varias llamadas del trabajo, hablo con los clientes con mis vaqueros llenos de pintura, mi camiseta también manchada y sentado en las escaleras, mirando por la ventana por la que se cuela el guindo. Decido comenzar a pintar la habitación que me queda.  Tengo la música puesta. Empiezo a pintar con el alargador y voy a una velocidad endiablada, tanto que decido acabar esa habitación esa misma tarde.  Tengo momentos de agotamiento. Bajo a la cocina, tomo un trozo de rosquilla, un trago de agua y a seguir.  De vez en cuando me separo de la pared y miro la obra.  A propósito, me he traído mi arce, lo he puesto en el alféizar externo de la ventana del cuarto de baño de arriba. He acabado la habitación, me fumo un cigarrillo en la terraza superior. Ni una nube, media luna, creo que creciente. A las diez y cuarto me voy. Paro a tomar un café en la gasolinera del kilómetro ciento veinte. No volveré a parar más, son desagradables y odian su trabajo. A las once y media, doce menos cuarto llego a Madrid. Que viajecito más majo. Me duermo tan bien, me duelen las piernas y sobre todo los pies. 

 

El fin de semana me fui con el crio. Llegamos el viernes por la tarde y S. se sumó el sábado por la tarde. El crío estaba excitado por usar a “Agria”, así se llama la mula-tractor que tenemos en el garaje. Así que ni corto ni perezoso la arrancamos, todo por sentido común, ya que como el habitual, el manual era auténticamente ininteligible. Estuvimos arando, aramos el sábado y volvimos a arar el domingo. El crío me acompañaba constantemente mientras yo trataba de hacer surcos con la máquina y quitábamos malas hierbas. También me decidí y quemamos rastrojos, todo ello de manera intuitiva. El chaval está excitado, sube y baja, ya se ha adueñado de su cuarto, ha esparcido sus juguetes y comienza a construir sus espacios y sus mundos. 

 

No atiendo a nadie, en cuanto puedo me fugo. He comenzado la decoración de la casa, y creo que va a quedar francamente bien. También he logrado sintonizar la TV, más o menos se ve bien. Así que todo está en marcha. Esta mañana he ido a por tacos para colgar mi cabecera de cama, una especia de librería alargada con cuatro estantes horizontales que pesa más que un quintal. Los he encontrado en un “comercio”, como lo llaman aquí, y en el que además de tacos he comprado leche, zumo de naranja, café y una botella de vodka. Luego he vuelto, he colgado la estantería y posteriormente me he ido a la piscina. He estado nadando “solo” durante treinta minutos. Después he estado leyendo un rato y he bajado al restaurante de carretera a comer. El local estaba lleno de gente de viaje de vacaciones que habían parado a comer el típico bocata con la Coca, vestidos con sus ropajes de verano de colores, todos ellos pálidos, disfrazados. La carretera está pintoresca en las fechas señaladas de los grandes movimientos vacacionales, hay como una especia de alegría, de carnaval.  

 

Se está bien en esta casa. Se está tranquilo, y me da la sensación que la casa agradece eso de ser habitada. Poco a poco todo va ocupando su lugar y se va imponiendo la lógica de la rutina. Nunca he sentido miedo, tampoco ha surgido ningún misterio dentro de ella, ni ningún hecho insólito, salvo portazos producidos por las ráfagas de aire. Estoy deseando que llueva, pero no tiene pinta, sobre todo para saber como se está aquí dentro bajo la lluvia, y saber que sonidos produce. He comprado muebles de jardín, de esos de teca. Una mesa enorme, un par de sillas de hierro y teca, una tumbona preciosa y cómoda y un sillón de tres plazas. Me los trajo también Román, los instalé ayer, y ya disfruté de las estrellas desde la tumbona. Lo cierto es que disfruté menos que otras veces, puesto que no había nadie con quien disfrutar de ellas, no con quien hacer comentarios a cerca de posibles avistamientos de OVNI y cosas de esas. Hacía frío y tuve que echarme por encima el jersey. S. está en la costa, en uno de esos macroconciertos de dos o tres días con un amigo común que me consta la tiraría los tejos encantado. La verdad, no sé qué hace S. conmigo, ignoro las razones que la llevan a querer estarlo. Creo que soy un mero capricho. No sé si estoy enamorado de ella, pero siento ciertos celillos imaginándola riendo con ese amigo en común. Dejo de pensar en ello. 

 

 

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