Colono 41

por Fausto Lipomedes  -  1 Mayo 2014, 21:17  -  #Colono

el-jardin-de-las-delicias-detalle-bosco.jpgComo os decía había quedado con una mujer, con Julia, a 100 kilómetros de la ciudad en la que me encontraba. Julia era una mujer casada que conocí en una taberna llena de gente, de esas que guardan todo el tipismo clásico de principios de siglo. Nos dimos un encontronazo al recoger nuestros vinitos que servían en unos vasitos de cristal grueso. Nos reímos, nos pedimos disculpas y acabamos compartiendo tragos en un mostrador de madera barnizada al menos media docena de veces y aguantando los empujones del resto de clientes. Esta circunstancia permitió que nuestro cuerpos entrechocarán. Había venido a la ciudad con su marido, pero él estaba en el hotel y ella había aprovechado para ir de compras al centro. Su esposo le esperaba, no me acuerdo a qué hora, para ir a un teatro. Nos enrollamos hablando y creo que llegó tarde. Antes de irse nos intercambiamos los teléfonos y un semana después me mando un mensaje preguntándome cómo estaba. Empezamos a hablar de vez en cuando y Julia acabó diciéndome que quería acostarse conmigo para tener un hijo que no lograba concebir con su marido. ¡Que locura! Tenía que salir de la ciudad a las nueve para llegar al lugar de la cita a las diez o diez y media, esa era la hora fijada. 

Nunca llegué.  Empezó a llover con rabia, con tanta rabia que la idea de avanzar en medio de la oscuridad se me antojó una empresa inalcanzable. Decidí parar a mitad de camino, en una gran población, la última isla de luz y vida antes de afrontar la negra carretera hasta el final de mi destino. Hablé con Julia y le agrandé el problema. Problemas con el coche, grúa, desastre, casi un accidente. --Y todo por venir a conocerme a mí--, decía la pobrecita. 

--Bueno chica, no te preocupes, estas cosas pasan--, la consolaba yo. 

Me fui a cenar a una bocadillería del mismo pueblo en el que me encontraba. La lluvia había dejado una noche de verano fresca y ráfagas de aire estrellaban contra mi cara gotitas minúsculas y frías de  agua. Salí de la bocadillería y pensaba volver a casa, pero un local de copas con terraza me llamó la atención y decidí tomar algo antes de mi viaje de vuelta. 

No recuerdo que pedí, pero pedí algo, y me senté en la barra del local que pretendía emular a un garito de los trópicos. Y recuerdo esa noche porque fue la primera y única vez en mi vida que una mujer se ha acercado a mí. Pero no, no era una mujer explosiva, tampoco atractiva, ni siquiera una mujer fatal. Era una mujer rellenita, usemos el eufemismo, y debió de suponer que era el único tipo en aquel local tan colgado como ella. Supongo que me debería de haber excusado, haberla dado esquinazo o similar, pero no supe hacerlo, así que, resumiendo, me soltó todo su rollo sin que yo tuviera opción, tampoco tenía ganas, de contar nada del mío. Era una enfermera de Asturias, viuda, con un niño de cuatro años y forofa de la danza regional.  Se plantea dejar su trabajo en el hospital central como comadrona y vivir de la danza.  Puede hacerlo porque cobra la pensión de su marido que murió al descarrilar la máquina de tren que conducía. Pero no esta segura.  Ya le digo yo, lo peor de ser funcionario es que es una trampa, dejáis pasar muchas cosas por el temor a vivir del Estado toda la vida de una forma más o menos segura. Quedé con ella en ir a verla a su pueblo, baila allí con su grupo de danza que ya ha estado en Méjico, Croacia, Italia y toda España, montándose numeritos musicales en las Casas de Asturias y financiados por grandes empresas. El padre de esta chica es inspector de una de ellas y tiene buenos contactos, tantos como para lograr llevarse a Méjico a un grupo de treinta personas. Bueno la chica también está gorda porque ensanchó después del parto y porque está siguiendo un tratamiento que retiene los líquidos del cuerpo para eliminar una piedras del riñón.  Ya ha expulsado dos, meando, es como arenilla, pero le queda otra y se operará próximamente para ver si se la explotan con láser.  Aunque no saben porque se mueve mucho la jodida piedrecita y corre el peligro de que se meta en un conducto, no sé cual,  y se  le tapone todo. 

No recuerdo ahora como acabó aquello, y cuando digo como acabó, me refiero a como pude despegarme de aquella funcionaria de la sanidad. 

De vuelta a casa me fui ala cama con sensación de desconcierto y con la ansiedad de querer recuperar un poco el orden y calma. Me desperté a las doce de la mañana.  Bueno, me despertó el móvil, Julia supuse.  Me llamó diecinueve veces y no cogí el teléfono hasta la vigésima.  Preocupada por mi estado de salud.  Ya os lo he contado. Pues bien a las doce y media me puse a trabajar por mis cojones, tenía que arrancar. 

Y funcionó, estuve tres horitas concentrado en el trabajo fumando, jugando al profesional, oyendo música.  A las tres y cuarto decidí ir al cine para relajarme un poco y volver después para seguir trabajando.  Y así fue, pero el ruido de la puta feria popular llegó con el anochecer a través de la ventana de la buhardilla y me jodió. 

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