Colono 40

por Fausto Lipomedes  -  21 Abril 2014, 23:45  -  #Colono

desorden.jpegMe llamo Pibody y éste era uno de mis días en aquellos días. Estaba yo hoy tan organizadito en mi buhardilla.  Me había pasado toda la mañana trabajando y lo cierto es que me había logrado concentrar y hacer que las tres o cuatro horas que he estado frente al ordenador me cundieran.  Por fin mi cerebro parecía engrasado. Volvía a ser el chico brillante y con un gran porvenir por delante.

Después del trabajo fui hasta la mini cocina de la buhardilla, de las que denominan francesas, y me preparé un té. Un momento de calma, me dije a mi mismo, antes de continuar. Imaginé la escena de una persona disfrutando del aroma de un buen té. Imaginé a esa persona vestida con ropajes livianos, vaporosos, sorbiendo un traguito de aquel té y disfrutando de su sabor. Imaginé a esa persona en un salón amplio, con grandes ventanales ocultos tras visillos blancos que mece la brisa que entra dentro de la estancia. Alfombras, muebles caros de madera buena, techos altos, algún candelabro. No sé porque imaginé todo eso. Mi té estaba excesivamente caliente, quemó mis labios y dejé la taza sobre la alformbra de mi abuela, que me acompaña a todas las casas que habito desde que falleció, hace ya muchos años. Aún la tengo. 

Lo que pretendía ser un momento de relax se acabó convirtiendo en impaciencia. Quería tomarme aquel té, pero estaba excesivamente caliente y no sabía qué hacer mientras se enfiraba a mis pies, sobre la alformbra de mi abuela, pues carezco de mesita frente al sillón. Me dijé a mi mismo que igual podía tirar el té por la pila y bajar a la calle a tomar uno, pero la perspectiva de vestirme, bajar las escaleras, enfrentarme a la luminosidad blanca del día, el calor, buscar el local, pedir el té y esperar en el taburete de la barra a que se enfriara también, me borró de la mente esa opción. Decididamente esperaría a que mi propio té se enfriará en la penumbra de mi buhardilla, y ¿qué mejor opción mientras esperaba que llamar a la línea de los contactos? Me convencí a mi mismo que esa llamada formaría parte del momento de relax. Minutos después de conectarme una tal Isabel me siguió el juego. Así que le di mi número de teléfono y diez minutos después estaba llamándome. Resulta que la tal Isabel era de Extremadura y tenía una niña de cuatro años que vivía con su padre en el pueblo, del cual ya se había separado después de estar casada durante seis años.  La niña también compartía su infancia con los propios padres de Isabel, y yo la verdad que pensé “que rollo más raro”. La tal Isabel trabajaba como camarera suplente en pubs, restaurantes, discotecas y todo tipo de locales de comida o bebida. 

Bueno, Isabel me pidió todos mis datos, a los cuales ella me respondío que era mucho más jovencita que yo.  La idea de yacer con una jovencita, obviamente me excitó. Isabel tenía 26 años, medía 1,60 centímetros y estaba diez kilos por encima de su presupuesto de volumen calorífico.  Ya decía yo que había gato encerrado. Lo justificaba diciendo que el problema era que había dejado de correr, actividad deportiva que, según ella, le apasionaba, pero que si el verano, las cervecitas, la vida sedentaria.  

La tal Isabel vivía sola  y escribía poemas de amor en el Retiro porque andaba buscando su príncipe azul, según sus propias palabras. Tengo el pelo negro, en melenita por la oreja, ya me crecerá y tengo los ojos verdes. 

--Que bonitos--.

Bueno, a mi todo eso me daba igual aunque no dejaba de asombrarme lo en serio que se toma la gente sus gilipolleces. 

Bueno, fuera como fuese, quedé con Isabel a las seis y media de la tarde en La Gran Vía, en la puerta central del edificio de Telefónica. 

--¿Y cómo nos conoceremos?--, me preguntó ella. 

--Bueno, yo iré con unos vaqueros y una camiseta. 

--Tu vistes muy diferente a mí. 

--¡Ah!, ¿sí?

--Sí, yo llevaré una pantalón ajustado, ya sabes una malla negra y zapatos de tacón. 

Viva la horterada, pensé yo, con los muslazos que debes tener hija y te plantas con tus mallas y tus zapatos de tacón.  Me reí cuando pensaba esto y ella me oyó. 

--¿De qué te ríes?-- preguntó. 

--No, no, estaba pensando que debe ser muy incómodo lo de los zapatos de tacón y con este calor. 

--Bueno pero no son tacones de esos feos, mira estoy mirando ahora mismo los zapatos y tienen unos tacones preciosos. No son de esos que se llevan ahora tan feos.  Bueno hay tacones de esos altos de fiesta, muy finos.  No, los míos no son de esos......................

Me fui andando desde mi buhardilla, bajo un sol terrorífico de mediados de agosto, aunque amenazaba tormenta. Llegué al lugar de la cita y me situé en la acera de enfrente, entre los chulos y las putas de la Red de San Luis, paseando, haciendo como que iba a alguna parte y espiando la boca del metro. 

Por fin apareció Isabel, tal como me imaginaba.  Gorda, enorme, con un blusón azul que caía sobre su barriga y su culo que imaginé voluminosos. De los faldones del blusón emergían dos muslazos enormes que acababan en unos piececitos pequeños embutidos en unos zapatos de tacón, a modo de pezuñas de un cerdo ibérico bien alimentado. La observé desde enfrente. En mi se mezclaba el deseo de desaparecer de allí y la putada que podía significar para Isabel. No dejaba de observarla mientras me repetía a mi mismo: vete y sé educado, invítala a una café con hielo y vete. No habían pasado cinco minutos desde su aparición cuando la vi dirigirse a una cabina telefónica. Obviamente estaba llamándome e imaginé mi móvil sonando en casa y el buzón de voz de la operadora. Aquel gesto de impaciencia de ella, sin siquiera darme unos minutos para llegar hasta ella acabó por decidirme a  salir de allí corriendo. 

 

Pensé en ir al cine, las sesiones empezaban a las siete y media, imposible, no me daba tiempo. A las diez había quedado en una localidad, a 100 kilómetros de la ciudad......

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