Colono 37

por Fausto Lipomedes  -  7 Abril 2014, 19:29  -  #Colono

the-field.jpgDice que de pequeña era rubia, quizás castaña clara, pero yo no lo creo o no lo quiero creer. La he conocido con el pelo del color de las zanahorias y así la imagino desde niña.

Y si el mundo fuera como quisiéramos que fuera, si pudiéramos escribirlo como quien escribe un guión, viviríamos en un remoto pueblo, da igual en qué rincón del planeta. Un pueblo cuyas casas y personas nunca veríamos, sólo los parajes a su alrededor porque aquí, en este guión, no hay nadie más que ella (la niña) y yo. 

Viviríamos entre montañas altas cargadas de abetos en sus laderas, viviríamos en el valle por el que serpentea un río de agua limpia y abundante. En aquel valle entra el Sol que ilumina campos cultivados que ahora veo amarillos, es el verano.  

Y yo sería un muchacho brutote, de pantalones hasta la rodilla con tirantes, camisa blanca arremangada, calcetines y botas a pesar del estío. Y andaría todo el día entre los riscos o brincando por el bosque, no sé si con otros muchachos o solo, imaginando aventuras. Son las vacaciones y no siento frío, sólo los densos olores mezclados de la naturaleza, animalillos correteando, graznidos, imagino que de cuervos y grajos. No tengo reloj y sólo calculo el tiempo por la luz que se filtra entre los árboles, también por el calor y el fresco. 

Por la ladera de una de las montañas transcurre una vía férrea. No tiene mucho tráfico, sólo un par de convoyes de mercancías al día. Todas las tardes del verano va hasta allá en similar momento. No sé la hora, tampoco ella, por eso estoy seguro de nuestra sintonía. Yo me escondo tras los matorrales al borde de aquel camino que brilla. Espero agazapado para que no note mi presencia, hasta respiro pausado. Acabo siendo una cigarra, un topo, un ratoncillo y espero, espero a qué ocurra. 

Y ocurre que aparece la niña. 

Lo primero que veo es su pelo cobrizo lleno de bucles y rizos. 

Y siempre que emerge, al fondo, tras la curva, se levanta una leve brisa, apenas si es viento, pero refresca, al igual que su sonrisa. Y la niña avanza, haciendo equilibrios, con sus bracitos desnudos en cruz, un pie tras otro, como una trapecista, sobre la vía. Su brisa trae una cancioncilla que siempre tararea. Y avanza alegre, poco a poco, con cuidado, ajena a mí y a mi vergüenza. Tan delicada, tan pequeña, avanza la niña, y la brisa se convierte ahora en ligero viento que subiendo desde el río se rompe contra ella, aplastando su vestido blanco contra su frágil cuerpo y remueve su pelo, como queriendo que de él se desprendan sus tonos rojizos. Y la niña, siente el viento y mira al cielo, con aquella sonrisa, ojos cerrados, ahora riendo. 

Por la vía avanza la niña, envuelta en viento, por la vía, libre, haciendo equilibrios, con sus piernas flacas, los calcetines de encaje caídos sobre sus tobillos. Y yo la observo, enamorado, con ganas de abrazarla y quererla, deseando seguir escribiendo el guión que no me separe de ella. 

 

 

 

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