Colono 35

por Fausto Lipomedes  -  29 Marzo 2014, 21:31  -  #Colono

2014 0119Se ha hecho de noche en Madrid. Deben de ser cerca de las nueve. En un local en la misma Puerta de Alcalá, lleno de luz, hay gente trabajando. 

El local es una parodia de cafetería ecológica y natural. Es espacioso y ágil, está decorado con maderas blancas, hornos ligeros, mostradores de cristal llenos de panes, pastelitos de colores, empanadillas de diversos rellenos, tartitas, bollitos y bocadillos jugosos. Las mesas son de hierro, las sillas también, con respaldos y asientos de madera, también blanca. Hay poca gente, básicamente personas tomando una café o un té con algún amigo o amiga, algún grupo de chicas y algún joven ejecutivo con la corbata desanudada frente a su chica joven y guapa, seguramente contándole lo duro que es ser broker o ejecutivo de algo. En el fondo del local hay tres personas. 

Voy al cuarto de baño y al salir me topo con ellas tres. Hay un tipo sentado contra la pared y frente a él otro tipo, acompañado de una tipa. Conozco a estos dos últimos, sé que los conozco y no acierto a recordar de qué, aunque sé que es del trabajo. 

No puedo dejar de  prestarles atención. Tienen mi edad, o quizás un poco menos, pero se les ve cansados y viejos. Frente a ellos, el hombre apoyado contra la pared, es un bufón que no llega a los cuarenta o por ahí andará. Lleva un traje azul que le está pequeño y su cara es mofletuda. Su barba empieza a aparecer, negra, en su cara redonda e inflada. Le imagino desnudo, peludo y blanco, con una polla pequeña escondida entre pelo púbico rizado y negro. Sonríe y no para de sonreír, muestra unos dientes mal cuidados. La camisa es blanca, le aprieta en el cuello y parece ahogarle, pero la lleva abrochada hasta el último botón para poder anudar su corbata azul oscura que muestra orgulloso, con nudo gordo, como lo llevan los horteras no acostumbrados a la horca de los negocios. Moreno, de pelo grasiento peinado hacía atrás que intuyo debilitado por la implacable ansia de los beneficios a los accionistas.  Zapatos negros sin limpiar, con el lustre que aun queda del día que los estrenó, manitas gordas y sonriente, muy sonriente, como si no conociera problemas o conociéndolos tuviera las claves para solventarlos todos. En definitiva, un ejecutivillo de nivel tres, un minero de empresa. 

Frente a él los dos tipos a los que conozco, y solamente sé de ellos que me inspiran lo mismo que me inspiraron cuando les debí de conocer, de hecho ese es el mecanismo que me asegura que he tratado con ellos. Ambos tienen en común sus enromes narices. Dos estupendas napias rapaces, parecen partidas. Avanzan desde su nacimiento, entre los ojos, y en un momento determinado se descuelgan hacia abajo en una pendiente larga. Él es negro, un hombre negro de ojos menudos negros excesivamente cercanos, de pelo negro, también peinado hacia atrás y que se tiñe, piel cetrina negra, cejas pobladas negras y muy juntas y labios oscuros. Va vestido como un gánster, con camisa, no sé si negra o azul casi negro, corbata anudada a su cuello de color morado oscuro con un nudo muy pequeño. Su traje es negro y todo en él es así, oscuro. Intuyo un cerebro pequeño y también ennegrecido, remoto, dentro de aquella cabeza y aquella cara de pajarraco. Habla con voz grave y no dice nada interesante. Parece cansado y aburrido de aguantar el rollito del rollizo que tiene frente a él. Le han vendido algo y ya ha acabado la exposición e intuyo que no ha debido de ir muy bien, o por el contrario ya le han vendido lo que querían venderle y ahora toca aguantar el último tramo de la conversación comercial, pero por su abatimiento y su aburrimiento, apostaría a que el rollizo no les ha comprado nada aunque, obviamente, no se lo habrá dicho así de claro. 

La compañera del hombre negro, sin embargo, no se da por vencida y está poniendo sobre la mesa todos sus atributos para convencer al rollizo de que les contrate, "porque así podrás tenerme cerca". La tipa esta en los cuarenta y muchos, pero conserva un aspecto aparentemente joven. Es alta y debe de pesar bastante. Intuyo un cuerpo robusto, definitivo, tiene las espaldas anchas y unos hombros robustos. Viste totalmente de negro, la falda, sus botas, medias, su chaquetilla larga de lana, no puedo verla de frente, por lo que no se que lleva bajo esta última prenda, pero cuando volvía del cuarto de baño creo recordar que vi una camisa blanca.  Melenita planchada rubia oscura que no para de agarrar, coger, ahuecar. Cabeza pequeña y su gran nariz, también en gancho, bajo ella una boca con unos labios finos dibujados con exageración, sobre todo el inferior que es como el borde del cuello de una vasija, finamente corvado hacía abajo para que derrame bien el agua, sin romperla. Ahora es ella quien lleva la conversación, vende y vende. Esta sentada apoyando un gran culo en el borde la silla, con su espalda bien recta.  Sus piernas están inquietas, son grandes, dos grandes columnas que pliega como puede bajo la mesa. Por el movimiento de uno de sus grandes pies sé que está nerviosa. Mueve sus manos largas sobre la mesa, coge una hoja y que hay allí posada, es una Power Point con cuatro o cinco frases, me las conozco muy bien. Frases huecas y grandilocuentes. Otra vez su pelo, lo agarra con su manaza y lleva su melena a un lateral, mostrando al gordito un cuello largo y terso. El gordito lo mira de reojo. Ha dejado de prestar atención al gorrión viejo negro y ahora se centra en ella. Ella lo sabe y luce todo su poderío, irgue más su espalda, supongo que para hacer saltar sus tetas hacia su interlocutor (necesitan ese cliente). El gordito sonríe sobre su gran papada y la mira con sus ojos negros y apagados. Dice algo de un tercero, debe de ser el jefe, el que tiene que soltar la pasta para contratar a esos dos, Habla de ese como ÉL, debe de ser un dios, un ser superior al que loar y alabar. Ella se viene arriba, ha salido Él en la conversación que es con quien ella y el gorrión negro deberían de estar, "no con este mequetrefe de tres al cuarto", el parapeto, el hombre de paja para ser educado, y son las nueve de la noche. 

Parece que llegan al tramo final. El rollizo parece que quiere dar aquello por finalizado. Ella trata de cerrar el trato: vale, entonces te mandamos un presupuesto previo (uf, mal si aún no han mostrado la carta de la pasta) y empezamos cuando queráis. El rollizo dice algo que no atino a entender, pero si oigo al gorrión negro decir: claro, tenemos que conocernos mucho para que yo sepa en qué puedo ayudarte. Uff!, la jodió el gorrión negro porque el rollizo con quien quiere intimar es con la esfinge de dos metros y no contigo. Además, si aún no sabes en qué puedes ayudar al gordito, malo. 

Se levantan y parece que la mujer poste se ha dado cuenta de la metedura de pata de aquel gorrión viejo y cansado. Es alta, ahora la veo en píe, deben de ser casi ciento ochenta centímetros de mujer. El gorrión es bajito, con su barriguita rebosando sobre su cinturón. Todos se ponen abrigos y gabardinas negras. 

Bueno, y perdón por estas horas, dice el ejecutivillo. Nada, nada, responden al unísono los oferentes. "Danos el puto contrato y déjate de cortesías tío, los tres sabemos porque estamos aquí, deja de joder".  

Ey!!, el móvil, dice el gordito señalando el dispositivo sobre la mesa. Es de ella, que le sonríe, uff, menos mal. El gordito la sonríe, ella a él también y lo recoge, le acaricia suave y sensualmente el brazo al gordito, que ha debido de estremecerse. 

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