Colono 30

por Fausto Lipomedes  -  28 Febrero 2014, 20:26  -  #Colono

bacon9.jpgApenas si tengo notas de aquella noche. Sólo me quedan los recuerdos. Y no deberían de ser tales, pues nada especial hay de aquella velada, salvo que era la ver primera que me encontraba con alguien de aquella manera, a ciegas, dejándome llevar exclusivamente por un irracional deseo, esculpiendo con él al otro ser desconocido, algo así como me dijeron que nos hizo Dios, a su imagen y semejanza. Así actuaba yo, como un dios de los sentidos. 

La zona de copas de aquella ciudad salada y húmeda estaba llena de ruido, de brillos y reflejos, amén de coches y decenas de neones de los locales que se sucedían uno detrás de otro. Garitos que servían copas, pequeños restaurantes, pubs, bares, discotecas, en fila, con todos los clientes en la calle, mezclándose unos con otros, con copas en la mano, fumando, gritando, riendo. Un autocar para en doble fila, bajan gritando chicas con ropas llamativas y provocativas, llevan una diadema en el pelo que sujeta, en la parte más alta de su arco, erecta, una polla rosada con el capullo rojo. Sin duda una despedida de soltera. Rién, están excitadas, se empujan, gritan, atropellan. Miro sus pollas de plástico enloquecidas con los movimientos de sus cabezas, y mi mirada se cruza con la pijita venida a menos. Hay cierta complicidad. La amiga se da cuenta y lo almacena en su hipotético cerebro. 

Comimos algo en una especie de taberna. No recuerdo la conversación. La pijita parecía triste, no se sienta a mi lado, sino lejos, quizás enfrente. Igual se ha dado cuenta de mi interés y decide empezar la danza del cortejo. No recuerdo a los hombres, me imagino que su docilidad los ha borrado de la memoria. Recuerdo ruido, manteles de cuadros rojos, algo de vino, ir al cuarto de baño, luz amarillenta, espejo picado, ruido fuera, respirar hondo, mirarme, sonreírme, mear, sacudírmela, sudar, lavar mi cara, secarme con papel higiénico, volver a mirarme, alisar mi pelo, volver a mirarme, volver a sonreírme, volver a respirar hondo y a afrontar a aquel extraño grupo. Mientras cruzo el local acercándome a él pienso que ya debería de estar en casa, a más de trescientos kilómetros de distancia. Pienso en todo el mundo que supone que allí estoy, y sin embargo, sólo yo sé que estoy aquí, y me pregunto qué hago aquí. El deseo entre mis piernas me da la respuesta y le sigo, instintivamente. 

La pijita está callada. Ahora, además de triste parece estar aburrida, no sé de qué hablan. ¿qué ha sido del chico afeminado de pelo débil? parece haber desaparecido. No, aun no, sigue allí. Terminamos. El ser humano horrible decide que nos vayamos. Todos nos levantamos. Deciden que cambiemos de zona. Ahora estamos cerca del mar, en uno de esos garitos tipo Chill out  con luces tenues. Grandes sillones en los que te hundes. La playa al fondo, se oye el mar, que está calmo y oscuro; es posible ver a grupos de chicos en la arena lejana desde donde me encuentro, fogatas. En el local, que es como una gran carpa, velas, hay ruido de conversaciones, pero son relajadas o se las lleva la brisa que entra por lo laterales del local, abiertos al cielo. Esta vez sí, la mujer triste está a mi lado, siento el calor de su cuerpo estampándose contra mi aura, la huelo. Hablamos, los demás se han quedado lejos aunque están a menos de dos metros, hablan entre ellos, quizás flirteen. No sé que es de la mujer ancha y gorda, algo estará dirigiendo, pero sé que nos observa. Parece que los grupos están ya hechos y yo he conseguido acercarme a quien deseaba. 

La pijita venida a menos comienza a contarme su melancolía. Yo me abro entero y la dejo entrar dentro y acomodarse. No recuerdo bien la historia, pero algo recuerdo. Fue novia del comisario de la policía de aquella ciudad. Lo imagino a él trajeado, con bigote engominado y una insignia dorada en la solapa de su chaqueta gris, quizás con imperceptibles rayas marrones. Todo indica que aquella mujer, que me atrae, fue dejada al píe del altar por aquel insigne comisario de policía. Sigue hablando, lo hace lento, dejando caer sus párpados, haciendo notables esfuerzos para conseguir una sonrisa. La escucho y aunque lo intento, no logro engarzar con su historia. Simplemente la escucho y simulo atención para atraerla hacia mí, para que se sienta a gusto y cree vínculos. Parece que mi simulación da sus frutos, pues sigue indagando en aquella tristeza que, a pesar de haber ocurrido hace ya años, aun la tiene anclada a aquel puerto. No sé que hace aquí. Pienso en el cosmos, en los caprichos de la vida, en mi cuando era ella la novia de aquel comisario, en mí en aquellos años, y ahora, aquí estamos los dos, sintiendo el calor de nuestro cuerpo. Oleadas de su perfume mezclado con el olor íntimo de su cuerpo se estampan contra mi rostro. 

Ya no estamos en aquel lugar. Nos hemos vuelto a mover. Ahora estoy en la barra de una discoteca ruidosa. Me apoyo contra la barra. Es un espacio metálico, de plásticos y superfícies plateadas y azules. Hay humo blanco en la pista. La música está alta. Creo ver al afeminado que venía en el grupo en medio de la humareda entre la que se adivinan personas hablando con otro chico joven. La que fuera a ser la mujer del comisario de aquella ciudad está al lado mío. No sé de qué hablamos, o si seguimos hablando de lo mismo. Estamos uno al lado del otro. Pasa el tiempo, es ya madrugada. Estoy cansado y pienso que si quiere acostarse conmigo ya va siendo hora de retirarse. Me mira y parece sonreírme. Busco en el local a los otros dos hombres, se han perdido. Tampoco localizo a la mujer gorda de anchas caderas. de pronto aparece a mis espaldas, me rodea, me ahueca de la barra y me hace retroceder unos centímetros, ahora está apoyada ella. Mira a su amiga, la sonríe. ¿y éste qué? le pregunta mirándome a mí de arriba a abajo? Apoya su codo izquierdo en la barra y lleva su mano derecha, abierta, hasta mis pelotas. Las palpa, las sopesa, analiza mi polla, la sigue con los dedos. Mientras lo hace me mira fijamente. me suelta, y luego dirigiéndose a su amiga dice: Follátelo.  

No me ha dado tiempo a reaccionar. Me he sentido mal. Sonrío. Ciertos momentos de desconcierto mezclados con el deseo. No me atrevo a mirar a la pijita venida a menos. Quizás sienta vergüenza. Minutos después estamos los tres en el coche. Sólo quedamos los tres, y me comprometo a acercar a casa a la mujer gorda de caderas anchas. Bosteza en el asiento trasero del coche. Es madrugada muy avanzada. No va a dar tiempo. He conseguido traspasar la muralla que ellas dos habían construido en torno a su complicidad y ya formo parte de ella. Desde atrás, la mujer gorda, que ya nada tiene que ver con la que conocí horas antes, está cansada. Sus escasos pelos están lacios y todas las sustancias químicas encargadas de mantenerlos con cierta vitalidad parecen haber huido de aquel cabello. Habla desde atrás de los otros dos. Los pone a parir, dice de ellos que vaya par de gilipollas, que vaya dos panolis, se ríe con desgana. la pijita, que viaja al lado mío, gira su cuello para atender a su interlocutora. La miro sus tetas, que adivino pequeñas, ahuecando su vestido azul de seda. Es de piel blanca. 

La gorda ha debido bajarse del coche. Ahora acerco a Cristina, que así se llama, hasta su casa. Aparco en su portal, No me va a decir que suba. Está cansada. Nos besamos, me dice que sé besar. Le gusta. Me agarra del cuello y hunde mi lengua dentro de su boca. Aprovecho para palpar sus senos, para palpar sus muslos, intuyo el calor de su entrepierna. Oleadas de su olor me inundan, ese olor íntimo de una mujer excitada. Pero C no acaba de decidirse. Me separa de ella, me dice que vuelva, que vuelva con doce rosas, que se desnudará para mí, que dejará que acaricie con los pétalos todo su cuerpo y que disfrutará con ello. No me imagino la escena.No me imagino volviendo con un ramos de rosas rojas. Nos estamos despidiendo, ella lo sabe y yo también. Un nuevo beso. Desciende. 

De pronto estoy solo en una ciudad que despierta. Los ojos están cansados. Los siento irritados. No hay tráfico, sólo camiones pequeños que intuyo de panificadoras. Es sábado. Amanece. Enfilo la carretera, en silencio, sin decirme nada a mi mismo. A la media hora paro en un bar. Está oscuro. Un hombre grueso me mira preguntándose de dónde vengo. Yo le miro pensando que él siempre estará ahí, con su camisa sucia pegada a su cuerpo. Pido un café y algo de comer. Siento mi estómago revuelto, pero sigo sintiendo el deseo. Acabo yendo al cuarto de baño, sucio, maloliente, y no me importa la incomodidad. 

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