Colono 3

por Fausto Lipomedes  -  31 Julio 2013, 01:02  -  #Colono

Ayer jueves, por la tarde, me armé de valor, cogí a S y en el viejo automóvil me (nos) encaminé (encaminamos) a la nueva casa. Llegué nervioso, con mis doscientas llaves, y heme aquí que lo que creí que iba a ser un galimatías de llaves, no fue así. Es fundamental, cuando te están explicando que abre cada llave, memorizar bien las dos o tres llaves fundamentales. Yo usé esa táctica y funcionó. Es decir, visualicé tres llaves clave (la de la entrada de la verja, la de la puerta de entrada a la casa y la de la terraza de la planta superior. El resto las vas verificando según las necesidades. También es bueno ir agrupándolas en distintos juegos. 

Bueno, entramos. Era tarde ya aunque había mucha luz. Abrí la verja para que S metiera el coche e imaginé que aquel gesto lo repetiría innumerables veces cuando llegara. Me gustó. No sabía por donde empezar. Me encaminé a la caseta donde están los interruptores centrales de luz y las grandes palancas de paso del agua. Es una especie de casita de enanitos donde vivieron los anteriores dueños mientras construían la casa grande. Levanté los interruptores de luz y metí el brazo dentro del pozo negro dentro de esta casita, donde están las llaves del agua. Mis brazos deshicieron telas de araña, pero a diferencia de lo que ocurre en las telas de araña urbanas, en estás había unas arañas negras, gordas, llenas de patas, que corrieron raudas a esconderse. 

Salí. Madre mía que trabajo hay en el jardín, crece las malezas por doquier, han ocultado el caminito que corre paralelo a la verja por dentro. Sonreí mirando aquella maleza, crecida, amarilla, seca. A pesar de todo me sentía feliz. Por fin tenía una casa que quería y en la que estaba dispuesto a gastar tiempo y dinero, iba a ser mi casa. La miré bien por fuera antes de entrar.  Me metí en el huerto para ver sus perspectivas, su torre blanca, dentro de que la que caracolea la escalera que lleva al segundo piso. S estaba nerviosa. Abrí la puerta, un olor a cerrado salió hacia fuera y se encontró conmigo. Fuimos dando luces, abriendo ventanas y dejando entrar los aromas del jardín, entre ellos el de las cerezas ya picoteadas por los pájaros. S quedó prendada por la casa. Se iluminó su cara viendo las posibilidades, supongo que sería eso. Yo le enseñaba las habitaciones y estancias y cada alegría suya servía para certificar que lo de hacerme con esa casa había sido una buena idea. 

La recorrimos , subimos y bajamos, pensamos en que poner aquí y allí, y yo estaba como retenido, con una sensación de querer pensarme bien las cosas.  Esta vez quiero hacer las cosas, aunque se trate de sólo decoración, a conciencia. Al final decidimos pintar de blanco la parte superior, con puertas y contraventanas interiores de color verde. 

Yo llevaba en el maletero del coche un par de hamacas de las que usaba con M (la mujer que me mostró el campo) para sentarnos en el campo. Las subimos y las instalamos en la terraza del segundo piso. Nos aposentamos allí. Antes se había acercado S a comprar un par de refrescos al único bareto de la zona. Nos apostamos con ellos y con la obsesión, de ver las  estrellas, una de las razones fundamentales para la elección de la casa. S  fumaba porros y yo fumaba y mientras esperábamos a que se oscureciera el cielo hablábamos y hablábamos. De todo un poco, pero en definitiva, de lo entusiasmados que estábamos de estar allí. Miré un enorme árbol que hay en el jardín, Aún no he identificado la especie, y me lo han dicho un par de veces. Aquel árbol era mío, lo había comprado y era de mi propiedad, aquella sensación me hacía feliz. Hasta la hamaca de S llego de un brinco enorme un grillo . Tras otro desconcertante salto se posó sobre el suelo de la terraza para perderse después. Se iba haciendo de noche y las primeras estrellas aparecieron relucientes. S me comentó que su cabeza era capaz de razonar como era posible que sólo viéramos, en muchos casos, el resplandor de una estrella que ya no existía. En aquel momento cualquier tema de conversación me parecía interesante, y cualquier teoría lograba a traer mi atención. 

Un perro gemía y lloraba en el anochecer, le hablamos y silbamos y el animal parecía calmarse. Menudo eco tenía la casa o el lugar. Dimos la luz de la terraza para que Susana acertara a liarse un porro. Cuando la apagamos:  la tan dicha frase:  un manto de estrellas colgaba sobre nosotros. Habito debajo del carrito. ¡Madre mía que cantidad de estrellas!, Se te podrían ir horas simplemente mirando al cielo y descubriendo más y más puntitos, es posible ver hasta la vía láctea. Hacía fresco, he subido a S un jersey que llevaba en el coche. Un poquito más y nos vamos. Apetecía quedarse allí viendo las estrellas, oyendo el aire enredándose en los árboles y los grillos cantando. ¡Que bien se estaba!. 

 

Vuelta a Madrid. He de reconocer que he pasado un poco de cangis cuando he vuelto a tener que entrar en la casita y meter la mano de nuevo en el pozo negro, más arañas. S dice sentirse alucinada por las arañas, que además son buenas porque se comen otros bichitos. ¡Ah!, También tengo mis propias hormigas y hormigueros. Hemos llegado a las dos y a dormir, aunque S no ha dormido nada, le han dolido las muelas. 

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