Colono 28

por Fausto Lipomedes  -  26 Febrero 2014, 00:51  -  #Colono

Llegaba a una ciudad costera desde otra ciudad costera recorriendo una larga carretera que unía a las dos y que discurría por la costa.  

Estaba en la costa, harto de conducir, harto de ir con los ojos entrecerrados.  Me había quitado la camiseta, el sol daba en mi parabrisas, sudaba, oía música pero no producía ningún efecto en mí.  Estaba cansado de conducir, el zumbido del aire acondicionado del coche me mareaba y era tanto el calor pegajoso del exterior que me parecía que se colaba dentro a través de las rejillas a del climatizador.  

Pensaba en algo excitante, algo distinto que me sacara de aquella rutina de conducir y comencé a pensar en los pecados de la carne.  

La carne es pecado siempre y cuando peques con carne nueva.  A una de mis mejores a amigas, durante un largo tiempo, la conocí en la Universidad.  La razón, una discusión sobre la prostitución.  Ella defendía un trabajo que había hecho, no me acuerdo para que asignatura, sobre este particular. Su tesis se basaba en que la prostitución quedaba definida siempre y cuando existiera relación sexual a cambio de dinero.  Yo, por el contrario, defendía y argumentaba que podía existir la prostitución sin mediar dinero a cambio. Para ello, y según mi razonamiento, sólo había que observar la promiscuidad sexual existente o la facilidad con que se podía llegar a un intercambio sexual sin un conocimiento mutuo intenso.  No me explico como yo por aquel entonces era tan gilipollas, más aún teniendo en cuenta que tardé mucho en yacer con hembra, creo que por culpa de un incidente de mi infancia, y en mis fantasías eróticas era un auténtico cerdo.  

Bueno, yo estaba harto de conducir y lo que quería era promiscuidad.  

Eran las nueve de la noche y estaba a unos doce kilómetros de la ciudad a la que me dirigía.  Más adelante, a lo mejor, contaré porque me dirigía a ella. El sol era una bola naranja cansada y ardiente a punto de apoyarse en un mar de plata vieja. Paré en una gasolinera a repostar y entré a la tienda a echar un vistazo.  No sé, unos caramelos, unas bolitas de chocolate, algo.  Vagaba por los estantes y vi un periódico de anuncios.  Hasta entonces había observado estas publicaciones sin aprecio alguno y lejanas a mi, pero no sé porque se me antojó que quería echar un vistazo a aquel panfleto. Un cosquilleo en mi vientre me atrajo hacia ella.  

Pagué el carburante y eché el coche a un rincón del área de servicio.  Amparado en la claridad del anochecer, con el último esfuerzo del sol por iluminar el día comencé a leer anuncios de la sección de contactos, amistades y ocio.

Había muchos, pero todos de matrimonio, de clubes de amigos para hacer camping, senderismo, ir al cine, etcétera. Además, casi todos daban como contacto una referencia.  Yo buscaba algo rápido, no podía invertir semanas en el campo o paseando por la ciudad y yendo a ver películas románticas para conseguir acostarme con una mujer. Necesitaba un teléfono, el de una fémina ardiente y caliente, estupenda, joven, atractivísima y que sólo quisiera follar conmigo. 

No aparecía nada, nada de nada.  Se me desvanecía la fantasía cuando mis ojos vieron el título del anuncio: Universitaria.  Una palabra mágica, una chica liberal, educada, de veinticinco, veintiséis o veintisiete años, descuidada, de cuerpo seductor y de belleza escondida tras unas gafas de concha redondas que ya imaginaba retirar de su rostro para besar una cara pálida de labios finos y dientes grandes blancos, no quiero ni hablar de su lengua. 

"Universitaria, desearía contactar con hombres entre 30-40 años atractivos, joviales, divertidos para salir fines de semana con fines de amistad". 

Desde luego no eran mis fines, pero estaba tan desesperado que agarré el portátil y marqué el número. Una voz dulce pero selectiva me contestó. 

--Hola, llamo por el anuncio.

--¿Y qué?

--Bueno, pues que tengo treinta años, soy jovial y divertido y no tengo nada que hacer. 

--¿Cómo eres físicamente?

--Mido uno setenta y cinco, peso setenta y dos kilos, rubio,, no sé, normal. 

--¿Estás casado?

—No.

--Y que,  ¿Quieres, salir hoy?

--Bueno, yo estoy de paso en la ciudad y..

--¡Ah, ¿estás de paso?

 

A medida que transcurría el interrogatorio iba suplicando que mis respuestas convencieran a aquella universitaria de ventipocos años y me ofreciera la oportunidad de fornicar con ella. 

 

--Sí, estoy de paso y no quisiera aburrirme esta noche. 

 

La chica, al otro lado del teléfono, pareció procesar toda la información que le había proporcionado y al final decidió. 

 

--Bueno, ¿y quieres que salgamos esta noche?

--Pues sí. 

--Bueno vale, pero he quedado con un grupo de amigos, vendrá una amiga más y dos o tres chicos más. 

--Muy bien, 

--Pues quedamos a las diez en la terraza de la cafetería Bahía.

--¿Dónde está eso?

--En la mitad de la calle...... --no la entendía el nombre--.

--¿Y dónde queda eso?

--En la antigua avenida de José Antonio, a la mitad de la avenida, es un paseo de palmeras y ya lo verás, no tiene pérdida. --¿Cómo vas vestido?

--Con unos vaqueros y una camiseta blanca y zapatillas de deporte--, la mentí, ya que todo era cierto excepto lo de los pantalones, llevaba unos cortos. 

--Bueno, creo que te reconoceré. 

Apagué el portátil y arranqué el coche. No estaba nervioso, pero antes tenía que buscar un hotel y ponerme los pantalones vaqueros largos para que mi universitaria me reconociera.  Mientras conducía iba imaginando el momento del encuentro y las primeras impresiones. 

Luego pensé en la posibilidad de no buscar hotel, ya que así mi deseada desconocida podría tener la oportunidad de ofrecerme pasar la noche en su casa y bueno, entre esta es tu cama o aquí tienes el cuarto de baño, ¡zas!, el morreo y a la cama. 

Lo cierto es que tuve que dar muchas vueltas y preguntar a más de cinco personas como llegar a la antigua avenida de José Antonio. tardé tanto en localizar el lugar que cuando llegué eran ya las diez menos veinte, así que no tenía tiempo de buscar un hotel aunque quisiera 

Salí del coche, abrí el maletero y saqué el pantalón vaquero de la bolsa.  Sudando y asegurándome por los espejos retrovisores de que nadie pasaba, me quité el pantalón corto y me puse el vaquero.  

 

Luego fui hasta un bareto, pedí un cortado y me metí al cuarto de baño a lavarme la cara. La noche estaba calurosa y húmeda, así que a pesar del chapuzón seguía chorreando sudor que me quitaba de la cara con las manos, que se me empapaban. Di unos cuantas vueltas por el lugar de la cita. No había nadie.  Me fumé más de dos pitillos, ahora sentado en un banco del paseo, ahora dentro del coche.  Llegaron dos hombres que por sus gestos adiviné que, al igual que yo, habían sido citados por las universitarias.  Como no estaba dispuesto a tríos ni historias de esas raras, por lo menos con un hombre, medí mis posibilidades con ellos.  No había problemas, de los tres hombres que allí había, incluyéndome, yo era el más atractivo y misterioso, o si no, ya me encargaría yo de que así fuera. 

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