Colono 26

por Fausto Lipomedes  -  16 Febrero 2014, 22:35  -  #Colono

Casalonga 0674Días después de cumplir treinta y seis años, me fui un puente a ver a unos amigos que, muy cuerdos, han aprovechado la venta de un chalet en la capital para reformar una casa de pueblo a la que se han ido a vivir. Además, se han comprado una furgoneta para viajar y creo que son más felices que yo.  

Cuando llegué allí quedaron boquiabiertos de las chorradas que les contaba sobre mi trabajo y las tontunas que me ocurrían en la capital.  Me emborraché, quería emborracharme para ser más sincero con ellos.  Incluso, a veces, yo me quedaba sorprendido de mis ataques de sinceridad con ellos.  Ellos, que parece que me quieren mucho, me daban la razón en mis acciones, y yo sólo pensaba en si lo que les contaba estaba bien contado, si eran así las cosas, tal como las contaba y no estaba, una vez más, deformando la realidad para conseguir su apoyo. Afortunadamente, se hicieron las seis de la mañana antes de que pudiera decidir si era sincero con ellos, sí realmente lo que les había narrado no era sólo una deformación con la finalidad de que me otorgaran su beneplácito y poder irme tranquilo de aquel lugar.  Nos fuimos a dormir, con unos cuantos grados de más en el cerebro y esa sonrisa estúpidamente placentera del borracho, al menos yo la sentía en mis labios así, al igual que en mi cerebro. 

Al día siguiente venía también a pasar unos días a la casa una amiga de mi amiga.  Nos levantamos a las doce, nos desayunamos, me afeite, me duché y me puse unos vaqueros.  Treinta minutos después nos metíamos los tres en la furgoneta y partíamos a buscar, a la parada del autobús, a la amiga de mi amiga y a un amigo de la amiga de mi amiga.  

La amiga de mi amiga es escritora y vive de las rentas.  Los vimos en la gasolinera, ella tiene una voz cálida y es muy inteligente.  La cara la tiene ya vieja pero su cuerpo aún conserva cierta lozanía que lo convierte en deseable.  Con ella estaba un chico joven y moderno de patillas largas y afiladas.  Un chico muy guapo de ojos profundos y cara de niña.  El chico quería ser fotógrafo del mundo del cine, del teatro y de cosas de esas.  Mantuvimos una conversación intrascendente en la gasolinera, en el bar de la gasolinera, y luego nos fuimos a comer.  Durante la comida el chico guapo de grandes patillas dijo que había tenido que ir muchas veces a los toros obligado por su trabajo, y que de ir tantas veces se había comenzado a interesar por los toros.  Tanto que había comenzado a leer libros sobre el "arte" del toreo y que había descubierto la fiesta nacional. 

Mientras esto contaba él, mi amiga, que odia la fiesta nacional por parecerle parece salvaje y cruel, se iba cargando poco a poco.  Yo observaba a la amiga de mi amiga, y no dejaba de preguntarme como estaba con un tipo como aquel.  Mientras esto pensaba y mientras la observaba a escondidas, me pareció que mentalmente me respondía: "bueno, es tonto pero no sabes como folla el condenado, además su cuerpo es terso y joven, ¿qué más me da lo que piense sobre cualquier cosa, yo lo único que quiero es un poco de calor humano por las noches y sentir ese salto al vacío del vientre". 

El amigo de la amiga de mi amiga continuaba hablando de toros y mi amiga terminó por tomarse la conversación en serio y desparramó sobre la mesa toda una historia antropológica de las formas de manifestación humana de su instinto criminal. Para más "inri" al amigo de la amiga de mi amiga también le medio gustaba la caza, y la cosa ya se puso al rojo vivo. Al final, este chico reculó un poco ante las tesis, más que contundentes, cargadas de convicción de mi amiga. Yo asistía a aquella absurda conversación sin saber muy bien qué partido tomar, digamos que sobre los toros sólo pienso que me aburren. 

Tras el almuerzo nos separamos dando una vuelta por el pueblo, yo buscando un cajero automático, la pareja de amantes comprando cosas baratas de barro y el pintor, el otro amigo del pueblo, se marchó a buscar la furgoneta que la había aparcado en la plaza de la iglesia, arriba. 

Me encontré con el pintor, nos metimos a un garito tomar un café.  Luego llegó mi amiga y entre los tres pusimos un poco a parir al amigo de su amiga fundamentándonos por la simpleza de su argumentación.  En esto estábamos cundo entraron ellos, abrazados, medio excitados.  Se situaron a mis espaldas y dijeron algunas cosas mientras pedíamos más cafés.  Observábamos el grupo una película de la tele de aquel garito. Había momentos de silencio.  En uno de esos momentos, --yo estaba atento a todo--, oí a la amiga de mi amiga que le decía a su amigo. 

--Uum, hoy tocan los azules celeste--

--Ya ves--, respondió él

--Ya los conozco por el tacto, ¿te das cuenta?

Entonces me di cuenta de que la explicación que mentalmente me había dado en el restaurante la escritora-rentista mientras comíamos, era la verdaderamente sincera. No me puse a pensar si mi amiga se había tomado en serio la tesis de él sobre los toros, pero quería pensar que no, aunque él si había sido sincero, después de todo aún era muy joven y ni siquiera había pensado mucho en ello.

Bueno, yo, tras escuchar aquel comentario, me sentí un poco apenado, con cierta envidia de nadie en particular, de pensar que aquellos dos tenían una noche de pasión por delante mientras que yo no disponía de nadie con la que vivir esa pasión. Así las cosas, agarré a mi amiga por el cuello y la di un abrazo lleno de cariño, quizás más para consolarme que para demostrarla mi cariño. "Todo está bien así", me repetía en la cabeza, "Todo está bien así", sólo somos animalitos de la naturaleza.  Todo hubiera estado bien, si no hubiera pasado nada más.

Ante aquella situación yo opté por situarme en otro plano.  Bueno, más que otro plano lo que hice fue enroscarme en el mío, doblarme, constreñirme dentro de él, sin saber muy bien donde situarme con respecto al de los demás. La situación era como muy rara para mí. Pero he aquí que nos subimos en la furgoneta para volver a la casa de mis amigos, e íbamos, mis amigos delante, y los amigos de mis amigos, y ahora los nuevos míos, detrás, conmigo, los tres juntos, un tanto apretujados. 

Yo había aceptado que me esperaba un fin de semana extraño, donde iba a tener que integrarme en un grupo de gente heterogéneo, y con mi poca capacidad de sociabilidad, solidaridad, dadivosidad.  Todas esas cosas.  En eso estaba cuando la amiga de mi amiga, que viajaba separada de mi por su amigo, el de las patillas largas, por dos veces me tocó el culo de forma alegre, con su deditos largos y graciosos.  Aquello me desconcertó y esperé que no me lo volviera a tocar, ya que se esperaría que yo dijera algo gracioso, diera alguna señal de mensaje recibido o algo por el estilo.  

Opté por bajarme de la furgoneta dos kilómetros antes del destino, en el pueblo anterior al de mis amigos, y hacer el camino andando, dando un paseo. Y cuando en ello estaba me di cuenta de lo poco que había pensado en el abandono de mi último amor, y me pregunté sobre las causas, y agarré un palo por si aparecía un perro, y anduve, ya anocheciendo, tratando de encontrar la razón del porque de haber dejado de pensar en mi último amor, pero no se me ocurrió que a lo mejor no la quería tanto como yo creía, eso no lo pensé, eso lo estoy pensando ahora. 

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