Colono 25

por Fausto Lipomedes  -  14 Febrero 2014, 21:12  -  #Colono

El primer recuerdo de mi abuela lo asocio al calor. Yo me aburría en el sopor del verano, sopor que parecía tomar vida en las horas de la siesta.  Cuando yo era niño la televisión se moría a eso de las cuatro de la la tarde, después de emitir un especie de novela. La caja que había comprado mi abuelo, una Sylvania de madera con una enorme pantalla entre gris y verde abombada, se quedaba en silencio hasta las siete o quizás las ocho. Mi abuelo la había colgado un curioso artilugio que se adhería a la parte superior del aparato. Era una especie de película de plástico con tres bandas de colores horizontales. La superior azul, la de el medio marrón y la más baja de color verde. De esta forma, imaginábamos que nuestra televisión, que era en blanco y negro, emitía en colores. 

Creo que estaba solo con mi abuela en su casa.  Mis padres y mi hermana debían de estar fuera, quizás es que yo estaba recuperando mis suspensos.  Era muy mal estudiante y las asignaturas suspendidas se me amontonaban en el verano gritándome todas ¡que borrico eres! Curiosamente, jamás repetí un curso, y podía llegar al verano, como me ocurrió una vez, con cinco asignaturas de ese curso cateadas y dos que arrastraba del anterior. Aquel verano, el de las siete asignaturas, logré aprobarlas todas en septiembre. Nunca sabré cómo lo hice, ni porque era capaz de estudiar en verano y no en invierno. 

Mi abuela, la mujer más liberal de mi familia, era viuda. Mi abuelo murió de cáncer cuando yo tenía ocho años. Yo estaba sólo y en la oscuridad sofocante de la sobremesa paseaba por la casa restregando mi cuerpo contra las paredes y contra los muebles. Siempre agradeceré a mi abuela que tuviera en el comedor uno de esos aparadores que se llevaban antes para colocar copas y vajillas, figuras de porcelana y libros. Y sí, ella tenía allí libros. Recuerdo una colección de muchos tomos de lomo azul y letras doradas. Eran las obras completas de Alejandro Dumas. Siempre he odiado esa época francesa de tantos encajes y tantos maquillajes, a los cardenales Richelieu, a los reyes amariconados, los mosqueteros y a aquellas mujeres de corpiños "explotatetas", que parecían querer que todo el mundo se las tocase pero nadie lo hacía.  Así pensaba yo por entonces y curiosamente, así sigo pensando, y ese momento histórico me parece aburrido, tremendamente aburrido. 

En las estanterías de mi abuela había también tres tomos gordos, pesados y serios de un tal José María Gironella, "Los Cipreses creen en Dios", ¡joder!, que bonito título.  Dos más: "Un millón de muertos" y "Ha estallado la Paz".  Mi aburrimiento era tal que agarré el primero de ellos, una silla de madera y mimbre pequeña, y comencé a leer.  

Aquello me entusiasmó, hasta tal punto que comencé a desear que llegará la hora de la siesta para meterme dentro del libro y saber que le ocurría a sus personajes. Nada me importaba más que la historia de aquellas personas que nunca se hicieron mis amigos, eran demasiado serios para mí.  Siempre me sentí como un espía dentro de sus vidas, y ellos nunca supieron lo que disfruté espiándolos, y sobre todo, como lograron hacerme olvidar el calor.  

 

Leía en el corredor de la escalera, bajo una ventana que daba al patio interior de la casa, con el aroma de los geranios y sintiendo cierta brisa fresca. Ese es mi primer recuerdo de mi abuela, y el inicio de mi afición a la lectura. Ella, lentamente, sin prisas, se leyó toda la colección de Dumas, quejándose de que cada vez veía menos, y disfrutando con los mosqueteros y los collares de la reina. Agarraba otra silla, se sentaba frente a mí y con aquella eterna sonrisa leía. De vez en cuando ambos levantábamos la vista y nos hacíamos una señal cómplice. Ella sacaba un pañuelo que siempre llevaba en un bolsillo de su delantal y con una puntita secaba uno de sus ojos, que por alguna razón le lloraba. 

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