Colono 23

por Fausto Lipomedes  -  13 Febrero 2014, 01:35  -  #Colono

Que mala suerte tuvo mi padre. Le recuerdo poco, pero con los años he comprendido que era un buen hombre. Un hombre de esos de las posguerras. Con camisa blanca de mangas largas arremangadas, desabotonada hasta la parte alta del pecho y pantalones grises, quizás marrones, de cintura alta, atados con un fino cinturón. No, no vestía así, pero así lo recuerdo yo, o así me gusta imaginarlo. Un hombre mirando al horizonte, con el pelo peinado hacia atrás, silencioso, dispuesto a todo por cualquier digno ideal, hasta soportar a mi madre durante toda su vida adulta. Un trabajador nato, honesto, serio, sufrido. Mi padre tuvo mala suerte. Tuvo una vida contenida en la que creo nunca fue lo que quiso ser, y poco tiempo después de jubilarse le mató un absurdo infarto. Mientras tanto veo a fanfarrones cumplir años y acumulando tontería con cada nuevo aniversario. Que mala suerte tuvo mi padre, y yo también. Después de treinta años de silencio entre él y yo, justo empezamos a romper el hielo un año antes de su fallecimiento, a raíz del nacimiento del mi hijo. De pronto, sentí que se había liberado de mi madre y comenzaba a verme con otros ojos, con los suyos. y a mi me ocurrió lo mismo. En un instante determinado empezamos a mirarnos de frente y a reconocernos, y va y se muere. 

Yo, casi nunca hablé con mi padre, apenas si recuerdo conversaciones con él, sólo recuerdo una cuando yo era un muchachito.  Debía de tener trece o catorce años, quizás doce. Carezco de la memoria “temporal”. Inesperadamente, mi padre me llamó por mi nombre de forma severa, no le salía de otra forma aunque quisiera. Mi persona, que le tenía no sé si respeto o miedo, se levantó como un resorte de donde quiera que estuviera y fui tras él. Acabé apoyado en la barandilla del balcón de casa, a su izquierda.  

Mientras duró toda la conversación, en la que sólo articulé un monosílabo --Sí--, nunca le miré a la cara. Durante todo el tiempo que duró me limite a observar la calle. 

Mi padre, que se jugaba mucho conmigo en aquella conversación, utilizó una táctica envolvente, de rodeo, circundante, en torno al objetivo de la misma, y comenzó su discurso con un enunciado/pregunta al que yo nunca respondí, mi silencio fue una afirmación.  

"¿Sabes que tu hermana ya puede quedarse embarazada?", a este enunciado/pregunta es al que yo asentí con un silencio mientras observaba la calle y jugaba a introducir mis muslos por entre los barrotes del balcón mientras pensaba, aterrado, que mi padre quería mantener conmigo la típica conversación sobre sexo, que todos los padres siempre dudan si deben tener o no con sus hijos.  

Con mi padre siempre tuve la sensación de que yo sabía muchas más cosas que él, pero que debía de dejar que él creyera que no era así, siempre tuve la sensación de que nada de lo que pudiera decirme o contarme podría servirme para algo.  

Días antes de que falleciera de aquel infarto yo le agarraba su mano, apoyada al borde de la cama alta de hospital, y sentía como le quería, tan tarde ya, el amor requiere tanto tiempo para demostrarse. Yo tenía treinta y pocos años y seguía sintiéndome ante él como el niño que nunca se había comunicado con él, pero a diferencia de cuando era niño, ahora le quería, y supe que él a mí también. Ahora que ha muerto le echo de menos.

Cuando terminó de hacerme aquel enunciado/pregunta, lo primero que pensé es que mi hermana se había quedado embarazada, y que se había metido en un buen follón, ¡menudo problema!, incluso me resultaba divertido. 

Pero no, mi hermana no se había quedado embarazada, era sólo una posibilidad que surgía a partir de aquel momento porque mi hermana había tenido su primera menstruación. Yo seguía asintiendo, sin saber muy bien que asquerosa cosa podía definir aquella cálida, pero también asquerosa palabra "menstruación".  Debía de ser alguna cosa de las mujeres de las que yo sabía muy poco, básicamente porque me importaban un ápice, me parecían demasiado inaccesibles y, la mayoría, aburridas, sentadas siempre, con aquellos horribles colores rosas pálidos y sus enorme culos, esperando que las dijeras cosas, que nunca sabías cuales eran, para hacerlas reír. Eran como pequeñas diosas a las que había que agradar, no se sabía porque oculta regla, norma o ley. 

Bueno, el caso es que como yo no me ocupaba de ellas, ellas tampoco lo hacían de mí, pero como el resto de chicos de mi edad si se ocupaban de ellas porque aquel juego sí les gustaba, nadie se ocupaba de mí, así que me encontraba bastante solo, y supongo que por esta razón es por la que yo me construía mis propios espacios de tiempo a mi medida, con mis cosas. 

Un verano descubrí los libros. 

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