Colono 21

por Fausto Lipomedes  -  10 Febrero 2014, 00:38  -  #Colono

Casalonga-0772.JPGRequerimos un pequeño intermedio. Hablo en plural porque creo que lo necesitamos todos: ustedes y yo. Llevo unos días dando vueltas a mi cabeza y ello es debido a que es paradójico lo poco que aprendo, lo poco que tomo nota o, pensando en sentido inverso, lo seguro que estoy de mí mismo, tanto, que diez años después de estas historias que narro, me sigo enfrentando a historias similares y con la misma o parecida actitud.  Sigo sabiendo que está bien y que está mal, pero lo prohibido, o dicho de manera mucho sutil o quizás más cierta, lo menos previsible, es lo que más llama mi atención, haciéndome adentrarme por terrenos y zonas poco habitadas. Páramos fríos y de árboles viejos poblados con pequeñas cabañas confortables y sólo accesibles a los viajeros que osan, como yo, viajar por estas solitarias tierras. 

Dicho así parece el arranque de un cuento de brujas e inocentes y tiernos niños de caras mofletudas. Pero no, aquí, en estas tierras no hay niños, solo adultos solitarios y, a veces, sólo a veces, un poco perdidos. Lo cierto es que somos pocos, muy pocos. Es difícil encontrar a alguien cuando salgo a pasear por estas áridas y frías llanuras. Los veo de lejos, normalmente en grupo, y se alejan poco de la senda que discurre por la linde de esta tierra,  siendo su interés por la exploración nulo. Digamos que van de un lugar a otro en línea recta y lo mismo hacen con el camino de vuelta.  

Me voy, me voy del asunto. El asunto, y vuelvo a él, es que recordando el pasado me encuentro con el presente, pues nada he aprendido de mi propia historia, si acaso reafirmare en una especie de búsqueda continua de algo que no sé definir o que sea indefinible. Esta actitud estaría bien si no fuera porque el tiempo pasa y los años nos vuelven más pesados y hacen disminuir nuestros reflejos. Por eso, lejos de sentirme pleno con la madurez, envidio la juventud malgastada y que todas mis fuerzas se hayan desperdiciado en no llevarme a ninguna parte. En realidad, he estado dando vueltas sobre mí mismo sin interés por meta alguna y con el interés hacia lo que es nuevo y misterioso cada vez más acentuado. Digamos que es como si hubiera perdido la cronología de mi vida, como si hubiera llegado a este mundo sin un módulo de la lógica del aprendizaje, sin el módulo del arraigo.  

En realidad siempre he vivido solo. Jodida manía la de socializarnos. Cuando eres pequeño la familia, después el colegio, después las relaciones sociales, los amigos, la pareja, los hijos, los nietos, siempre acompañados para, al final de la vida, encontrarnos solos ante la muerte, quizás por ello nos cueste tanto entenderla o aceptarla, después de todo, casi toda la vida, por no decir toda, la pasamos amparados y en compañía y a este último trámite nos enfrentamos tan solos. 

Pero como decía, en realidad siempre he estado solo y, además, tan a gusto. Siempre buscando casas grandes y solitarias para sentirme aún más solo si cabe. Ahora estoy en otra, feliz, solo en un risco batido por el viento, la lluvia y el Sol. Laberíntica para poder perderme en ella y si es necesario, no encontrarme. Es difícil enfrentarse a uno mismo, ponerse frente al espejo y verse, y no sólo reconocer tu reflejo, el que ve todo el mundo, sino el otro, el oculto, el que hay bajo la cáscara, el que nadie, excepto tu, sabe que también existe. Pero a veces te miras y a ti mismo reflejado le preguntas quién eres en realidad. Y todo esto, digo yo, es mejor hacerlo solo, para no asustar a nadie, para no obligar a entender, que exige pensar y una gran dosis de tolerancia, que exige además soltar esa bolsa repleta de normas y moralidad que arrastramos como fruto de nuestra cultura, de nuestro pasado, la jodida tradición construida sobre la mezquindad, que es lo que reina en lo colectivo. 

Pero me vuelvo a ir del tema. Estoy en el cuarto de baño, mirándome, igual que tú, o que tú, mirándonos y validándonos, repasando mentalmente a todo aquello a lo que acabamos de enfrentarnos, si nos miramos ya a última hora de la tarde, o a todo lo que nos hemos de enfrentar, si es por la mañana.  Repasamos nuestros argumentos, repasamos la historia, la cronología de la historia en la que estamos inmersos, repasamos lo que dijimos o la actitud que adoptamos en aquel momento y podemos reafirmarnos en ella o arrepentirnos. Y nunca se está satisfecho, porque el mundo es tremendamente imperfecto y repleto de falsedades. Estamos todo el día pactando, con nosotros mismos, con nuestro destino, pensando y decidiendo, sintiéndonos angustiados y pequeños, en cómo lo deberíamos haber hecho, en cómo no lo hicimos, en cómo lo debemos de hacer, en si seremos capaces de hacerlo. Todo son retos, una especie de cuesta pedregosa que hacen resbalar, y los golpes son duros y hacen daño. 

Pero me voy del tema de nuevo, ¿de qué tema? solo quería decir que he estado pensando. 

 

 

Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase: