Colono 10

por Fausto Lipomedes  -  24 Noviembre 2013, 21:11  -  #Colono

 

Casalonga 0052

Los perros llevan aquí ya diez días, y parecen haberse aclimatado bastante bien a su nuevo hogar. 

Los perros los adopté. Bueno, en realidad sólo a uno de ellos. Mi hijo se empeñó en tener un perro y su madre, mi ex-mujer, apoyaba su iniciativa. Desde que nació el chaval su vida la ha dedicado en exclusiva a él, sacrificando muchos aspectos de ella misma a favor del crío. Siempre he dicho que el chico despertó en ella una responsabilidad hasta cotas irracionales. Yo admití la idea de adoptar un perro, pero estaba lejos de mi intención llegar a hacerlo. Sea como sea, algunos sábados nos acercábamos a un centro de acogida de animales maltratados y abandonados y pasábamos un par de horas jugando con los animales, después nos íbamos los tres a comer a un restaurante cercano. Desde que nos divorciamos habíamos decidido mantener algunas actividades conjuntas con el crío, y con la finalidad de que nos viese juntos con él.

Bueno, poco a poco, y una vez que te mezclas con perros, los vínculos que logran crear estos animales son inigualables a los que es capaz de crear cualquier ser humano, al menos esa es mi experiencia. Ello, unido a la ilusión de mi hijo, me hizo decidir la adopción. El problema era decidir cuál de ellos. La solución fue muy fácil. Ya puestos a adoptar decidí que quería quedarme con aquel que nadie quisiera por sus características. La respuesta fue Nanuk, un mastín enorme, cabezón, de orejas hacía fuera y con el rabo partido, lo que le daba un aspecto de perro cachondo, despreocupado y feliz. Pero Nanuk era un macho celoso y no dejaba que ningún otro macho se acercara a Nadia, una preciosa perra loba que vivía feliz con él. Formaban una extraña pareja, una especie de la bella y la bestia en versión perruna. Él, desgarbado y despreocupado, ella toda femenina, elegante, ambos cariñosos. Saltaban sobre sus cuatro patas cuando nos veían llegar los sábados y, poco a poco, se hicieron nuestros. 

Los perros dormitan durante el día y ladran a todo aquello que les parece amenazador durante la noche. Les doy de comer a las cuatro, más o menos, en sus dos platillos de plástico, el de Nadia rojo, el de Nanuk marrón. Les doy pienso seco y S. les hizo un día arroz blanco con carne y se lo zamparon de maravilla. También los hemos bañado, y ese día Nadia cagó suelto, muy suelto, yo creo que por el susto. También ha habido otro percance con ella, y es que debía de tener una pequeña herida en el rabo y acabó arrancándoselo de un mordisco.  S. y yo improvisamos una cura consistente en Betadine. Después llamó a su prima, que es veterinaria, y nos dijo que agua oxigenada y Betadine, y que si tenía fiebre habría que darle antibióticos. Por lo visto, se nota si tienen fiebre porque se ponen tristes y apagados, o eso dijo la prima de S. 

Nadia es una perra extraordinaria, es de esos animales de película que acaban siendo tu sombra y que parecen inteligentes.  Tengo la sensación de que tanto ella como Nanuk están muy agradecidos. Son educados, respetuosos, obedientes. Se dejaron bañar sin rechistar, como dos animalitos que no saben cual va a ser su destino. Los atamos a la verja de la ventana de la entrada y allí, quietos, con las orejas gachas y los rabos entre las patas traseras, los mojamos con la manguera, los enjabonamos y los secamos. Todo va bien. Ayer pintamos el cuarto grande, el que va a ser de trabajo, de color verde. Ha quedado bien. Y ayer también hablé con Gemma, la persona que va a limpiar un poco la casa, y a cuidar un poco también a los perros mientras yo estoy fuera, una tipa muy maja. Bajita, carita redonda, pantaloncillos cortos, y deportivas números treinta y cinco o treinta y seis, calculo. 

A Gemma la he conseguido a través de Andrés (el fontanero), ya que efectivamente la mujer del bar debe de estar loca, pues nadie me llamó en su nombre. 

S. 

Conocí a S. una tarde tormentosa de invierno. Ese es el tiempo que hacía fuera de la oficina. Yo buscaba a una persona para hacerse cargo de todo el tema administrativo de la empresa, de todos aquellos aspectos en lo que nadie caemos en cuenta hasta que los necesitamos. Me la presentó un amigo, y allí estaba ella, extremadamente delgada, alta, enfundada en una gabardina, creo recordar que marrón o verde, anudada con fuerza a su cintura, con el pelo rubio mojado y con aspecto de estar asustada y nerviosa. Hablé un rato con ella y me sorprendió su discreción. Le di el trabajo.

Aquella mujer me llamaba la atención, básicamente porque me resultaba enigmática. Vivía con sus padres e ignoraba si tenía pareja o no. Resultó ser una persona tremendamente responsable, seria en su trabajo y callada. Parecía observarlo todo, sacar sus conclusiones y guardárselas para ella. Apenas hacía ruido y en un cierto momento agarraba su abrigo, su bolso y decía hasta mañana, siendo para mi un misterio su vida fuera de la oficina. Yo la observaba, la extrema delgadez de su cuerpo me resultaba fascinante, quizás porque fui un niño gordito gracias a los criterios alimenticios de mi madre y nunca tuve acceso a las chicas esbeltas de mi niñez, salvo cómo el amigo estupendo y encantador, argucia que desarrollé para poder estar cerca de ellas. La miraba intentando adquirir información sobre ella a través de sus movimientos, de cómo se sentaba, de si mantenía la espalda erguida o si cruzaba las piernas o su forma de coger el teléfono y responder a una llamada. Pero no había resquicio posible en su conducta, ninguna fisura que dejara entrever su vida, su forma de pensar o qué opinaba en realidad sobre su entorno. Intenté obtener alguna información a través de mi amigo sobre ella, pero sin ser excesivamente explícito en mis preguntas, ya que no quería mostrar mi interés. Todo lo que obtuve de él fueron ideas vagas sobre una chica marcada por la mala suerte, ciertos momentos jodidos por exceso de drogas, problemas de soledad y una desastrosa vida sentimental. No sé si mi amigo deseaba mostrarme un panorama desalentador o levantar mi piedad hacia aquella mujer, pero consiguió que mi interés aumentase. Yo y mi particular cruzada por proteger a los débiles. 

Yo por aquel entonces salía de relación gastada. Había estado viéndome, durante no recuerdo cuanto tiempo con una mujer que vivía, igual que yo de ella, a más de 300 kilómetros de distancia.  Había sido apasionante y divertido. Ella vivía en un pueblo de unos pocos de miles de habitantes y yo en la gran ciudad. Me escapaba del trabajo para ir a verla, estuve vadeando ríos con zapatos negros y trajes grises y la corbata metida en el bolsillo de la chaqueta, me volvía en madrugadas con espesas nieblas que me obligaban a detenerme en gasolineras en medio de páramos o alargaba fines de semana inventando excusas ante mis propios empleados porque no quería dar a entender que había perdido la cabeza por una mujer. Pero aquello es otra historia. El caso es que por aquel entonces, aquello había pasado. Llegó un momento en que, o bien ella se acercaba o lo hacía yo, y ninguno de los dos veíamos claro renunciar a nuestra vida por la del otro, así que la historia fue enfriándose a pesar de que los rescoldos de la pasión que vivimos eran capaces, de vez en cuando, de crear una llama. 

 

Los días, las semanas y los meses pasaron. S. continuaba con sus rutinas y yo con las mías, pero el día a día del trabajo provocó que nuestra relación, aun circunscribiéndose a las exigencias profesionales, se enriqueciera con algunos comentarios de carácter más personal, con ciertos guiños de complicidad antes situaciones de terceros y ciertas sonrisas cómplices. Me di por satisfecho. Había conseguido abrir una brecha en la empalizada que S. había construido en torno a ella, e ir más allá me resultaba incierto y hasta un poco peligroso. En verdad no sabría decir porque razones, pero se me antojaba que el mundo del que provenía S., las experiencias e intereses que habían construido su actual personalidad distaban mucho de los míos y que, en realidad, era imposible que un tipo como yo pudiera resultar atractivo para una tipa como ella. Sin embargo, sentía una gran atracción hacia ella e imaginarla desnuda a mi lado era un pensamiento que no sé si ella era capaz de percibir o no.  

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