Charlas

por Fausto Lipomedes  -  5 Octubre 2010, 20:57  -  #Cosas de todos los días

IMG00170-20101004-0902Extraña mañana. Me he despertado en la oscuridad. Miro el reloj digital de grandes números rojos. Las siete menos diez. He de levantarme a las siete. Pienso y estoya punto de ponerme en píe, pero he decidido quedarme en la cama y disfrutar de la tibieza del lecho esos diez minutos. De pronto estaba contigo, a tu  lado, escogiendo unas medias de tiras de colores horizontales sobre fondo negro. Estábamos decidiendo cual de las medias eran las más apropiadas para llevarlas con unos zapatos negros, con un ancho tacón. En ello estábamos y ha sonado el despertador. Las siete. 

IMG00173-20101005-0900En casa se retiraban las nubes, y en Madrid ya no había ninguna. Hoy he madrugado, lo que me ha permitido disfrutar de esa frescura que se respira en la ciudad por la mañana. Ha sido un paseo maravilloso con los Rolling Stones a todo volumen dentro del coche. Creo que he llegado a mil al despacho. Tras tan fantásticos minutos, de nuevo a una reunión social de altura. 

Copia de IMG00180-20101005-1226Lo mejor de ella, su altura. Me refiero a la reunión. Una reunión de altura con hombres de altura. A muchos los conozco, los veo a menudo. La verdad que siempre están igual, parecen no acostarse nunca, parecen vivir constantemente, sin pausas, sin interrupción. Los mismos trajes con las mismas arrugas, la misma corbata, la misma expresión y las mismas palabras. Incansables. sólo les veo moverse cuando llegan y cuando se van. No se cómo se desplazan. Sólo conozco sus pasos escasos moviéndose de un grupo a todo, volviendo a soltar las mismas palabras, una vez tras otra. Les sonrío, les sigo la corriente, lo que más hago es asentir con la cabeza. Otras veces abro los ojos como platos. Simulo un inusitado interés en su discurso. Mis ojos como platos, debo parecer hasta inteligente. En realidad no los miro, desenfoco la vista y dejo descansar a mi cerebro. Vuelvo a ellos, siguen hablando. Otras veces no puedo aguantar más, y desvío la mirada, de reojo, a otro punto de la sala. Les da igual, siguen lanzándote sus palabras ajenos a tus expresiones, ajenos a tu tiempo, a tus ganas de ser libre, o simplemente a tus ganas de no escucharlos más. Paran. Esperan un comentario tuyo que les permita volver a precipitarse por otra catarata de un nuevo monólogo. No les doy ese placer. Me quedo mirándolos fijamente con una sonrisita socarrona. Sus circuitos parecen fundirse y balbucean algo ininteligible, una especie de disculpa precipitada, y como parásitos buscan una nueva víctima sobre la que saltar. Se alejan, con sus pantalones bajos, su culo aplastado, sus andares de muñeco de cuerda, llevando sus pesados estómagos de un lugar a otro, con su móvil que no paran de mirar deseosos de una llamada, de un mensaje, de un correo electrónico. Parecen cabrearse si nada llega a sus terminales. 

 

Copia de IMG00177-20101005-1209Soy tan poco sociable que me quedo solo. me encanta quedarme solo en lugares hechos para estar siempre en grupos. Descubres otros puntos de vista de ellos. Pido un café y veo a alguien, como un torpedo de la segunda guerra mundial,  dirigiéndose a mi línea de flotación. Levemente me incorporo, le estrecho la mano y vuelvo a sentarme. El lo hace a su vez. Empieza su catarata de palabras. Dejo de escuchar con la misma táctica de ojos de plato. Él sigue y sigue, no para. Éste es de los que al hablar no para de mirar a su alrededor, por si encuentra una pieza más rentable que tu. Mi café se enfría y el sigue. No aguanto más,  aprovecho una fisura de apenas milímetros en el muro de su discurso y me incorporo, como un muelle, diciendo: voy al servicio. Al principio pensaba que era maleducado. Con el tiempo he aprendido que esta gente no se inmuta, aceptan, como los pulpos, que algunas presas escapan de sus tentáculos. Me voy al cuarto de baño. Empujo la puerta, al fondo, un tío está meando. Me encomiendo al destino para que sea alguien a quien no conozca. No hay cosa más ridícula que mantener una conversación con un tío meadero junto a meadero. El habla, sin mirarte, pues no para de mirar su artilugio como si fuera la primera vez que lo viera y haciendo gestos y emitiendo sonidos extraños. Hay tíos a los que mear parece dolérles.  No conozco al tío que mea. Le saludo. Acabo, el también. Nos lavamos las manos. Un objeto metálico suena al impactar contra el suelo. No cabe duda, es un anillo. "Vaya, se me cae el anillo de casado", dice el tipo, "¿por qué será?"Me río.

IMG00176-20101005-1007-copia-1.jpgAl salir del cuarto de baño oteo el horizonte. Ya hay más gente en el salón, por lo que unos están con otros. Me encanta andar, solo, entre ellos. La mayoría me conoce, breves saludos, alguna palmadita en el hombro, sonrisas, un estrechón de manos. Giro a la derecha y veo a al entrada al más charlatán de todos. Miro a mi alrededor buscando una solución. Agarro un informe que encuentro sobre una mesa. Lo abro, me muestro interesado en su lectura y con él en mis manos me encamino a la terraza de nuevo. 

IMG00178-20101005-1225Faltan pocos minutos para que empiece el acto. Cuento las cabezas, quorum suficiente. El personaje que falta, el que llama la atención de todos, se retrasa. Los asistentes están nerviosos, todos hablan entre sí. Abrazos, expresiones exageradas de alegría al verse, aunque se odien, todos sonríen y miran inquietos y suspicaces hacia la entrada, a ver si aparece el gran hombre. Llega un emisario. un emisario sudando, con cara de preocupación. Le reconozco, jajaja, claro que le reconozco, en sus arrugas veo la cara grande y gorda de aquel becario. Tiene un cabezón impresionante. Le llamábamos el llorón. Aquel chico es ahora un hombre con la misma expresión de ser humano cargado de preocupaciones, de responsabilidades, y sigue con su inmenso cabezón y aquel culo estrecho, apretado, como si contuviera constantemente una diarrea. Aquel hombre con la cabeza más grande que el culo, busca inquieto, abatido, nervioso al anfitrión.  Breve conversación. Está claro que el gran elefante blanco no va a venir. Decepción. El gran elefante blanco siempre elige ir o no ir. La Corte se entristece, los cortesanos se lamentan y cabizbajos avanzan hacia el salón. Es el momento perfecto para tomar una bocanada de aire, para salir de allí, de sentirse libre y único. 


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