Caballo plegable

por Fausto Lipomedes  -  8 Mayo 2012, 13:12  -  #Sueños

Noche inquieta, como el sueño. Un sueño que no quería soñar pero del que no podía salir. Voy en un coche todoterreno. Avanzo por carreteras estrechas, grises. Es de noche o está anocheciendo. Llego a aldeas de dos o tres casas nada más, quizás cuatro. Surgen de pronto, se amontonan en una curva del camino o en bifurcaciones. Hay barro, barro gris húmedo y que salpica. Mi hijo viene detrás mía, en otro cuatro por cuatro. Yo llevo prisa, tu me esperas en casa. Pero no, es peor aún, no se si me vas a esperar o te vas a ir al no verme, así que he de darme prisa. Parece que ya hemos hablado y estás de mal humor porque no estoy allí. Mi hijo para a recoger leña. Son troncos gordos, marrones. Me cabreo. Se que esos troncos son difíciles de coger, ruedan, hay que agruparlos, tardaremos mucho. Me pongo nervioso. Visualizo el recorrido, veo las curvas que he de sortear, veo el horizonte violeta, veo lo negro, arbolitos raquíticos y también negros. No llegaré. No se qué pasa después, veo una especie de niños con los miembros atrofiados, veo dolor en ellos. Se retuercen el barro. No quiero seguir viendo, trato por todos los medios de salir de aquel sueño. Rechazo la visión, salgo de él, me revuelvo inquieto e n la cama. Creo que no me voy a dormir ya, pero quiero saber como acaba aquello. Trato de volver a entrar pero ya es imposible. Me concentro en aquel paisaje, pero ya es imposible, no puedo.

 

Lapsus de tiempo. Miro el reloj, veo las manecillas iluminadas en la noche de mi habitación. No acierto a ver la hora, pero calculo que deben de ser las cuatro de la madrugada, quizás las cinco.  Sopeso levantarme , pero pienso, con la capacidad de razonar de la madrugada, que he de descansar un poco.  Me debo de quedar dormido  porque de pronto estoy en una gran urbe.  Estoy sólo con un caballo que se me antoja de color claro, muy alto. Me veo en medio de una plaza llena de tráfico con aquel caballo a mis espaldas, los dos quietos.  Voy hacia una especie de cafetería que tiene pubs blancos. Allí está tu hermano, tomando una cerveza, se que más tarde aparecerá Santiago. Me cuesta pero se que  tarde o temprano he de encontrarme con él.

 

Voy a la cafetería, allí está tu hermano. Me mira como si me conociera de toda la vida. Yo estoy nervioso porque mi caballo está fuera. Lo puede atropellar un coche. De pronto me doy cuenta que el caballo es plegable. Son tiras de madera plegables a modo de acordeón. Puedo plegarlo y subirlo a casa. Eso me deja satisfecho. Salgo, y lo veo plegado, y lo debo de haber subido a cierta casa en la que debo de vivir. Ya he vuelto, y allí está Santiago, que me escruta. Veo un tipo joven, tremendamente esbelto, vestido con un pantalón amarillento, acampanado, de esos ochenteros de cintura baja y una camisa marrón. Es amable conmigo. Le miro y me comparo a él, y me veo viejo, achaparrado, torpe. No se qué postura adoptar, al menos tengo el caballo en casa. Me duermo dentro del sueño, quizás me oculte y tiempo después, despierto. 

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