Apartamento 7

por Fausto Lipomedes  -  21 Diciembre 2014, 19:54  -  #Apartamento

DSCN2888.JPGSiguieron pasando las semanas, no sé en qué orden, pero siguieron pasando. Supongo que durante los días laborables nos veíamos algún día que otro. Tomaríamos tés o iríamos a casa de su protectora cuando no estuviese ella.

Yo vivía en el campo y debía de irme después de estar con ella, lo que suponía, más o menos, cuarenta y cinco minutos de carretera. No recuerdo donde íbamos durante la semana, pero imagino que a locales y lugares con aura de cultura o de vieja cultura. Círculos, Ateneos, Academias. A veces aparecían personajes extraños con pañuelos de seda y trajes viejos. Siempre estaba rodeada de gente mayor, Yo me abstenía de opinar sobre qué pensaba de ellos y sobre qué pensaba de lo que se hablaba en aquellas reuniones, que ahora no recuerdo, pero imagino que sería todo en torno al pasado. Me fascinaba la soltura con que I. se movía en estos ambientes, más aún teniendo en cuenta su escasa cultura, entendida ésta como degustación y enriquecimiento de las nobles artes, tales como la literatura o la pintura. Siempre andaba con libros prestados que llevaba o devolvía, libros que nunca la vi leer, poemarios, obras escogidas, poesía, alguna novela que otra, ensayos, hasta algún libreto de opera . Ignoro como salía del atolladero, como se arriesgaba simplemente diciendo “me ha encantado” cuando devolvía el ejemplar, porque yo sabía que aquello no lo había leído, ni siquiera abierto.  Tampoco entendía cual era el objetivo de aquella farsa, que ganaba aguantando a aquel plantel de personajes en salones de luces amarillentas y camareros reumáticos de chaquetilla blanca almidonada, y aún así, arrugada. 

El amor, ese jodido amor con esa condición ineludible de compartir, incluso lo que no te apetece. Yo esperaba paciente a que acabaran aquellas sesiones de nada y en numerosas ocasiones, además, me tocaba pagar las consumiciones. Luego cada uno iba por su lado, y ella y yo dábamos un paseo hasta el coche, la llevaba a casa, besos de despedida y camino en soledad (por fin), hacia mi casona desolada, fría en invierno. Aquello era, a todas luces, insoportable, tanto por sus consecuencias psicológicas, como por las físicas. 

Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase: