Apartamento 6

por Fausto Lipomedes  -  9 Diciembre 2014, 23:21  -  #Apartamento

el-beso.jpgLo cierto es que gracias a aquella visita dulcifiqué la intranquilidad que me causaba I. Sin embargo, yo llevaba en la cabeza aquel núcleo familiar, y las sensaciones que había causado en mí, mientras que  ella parecía haberlo dejado muy lejos. Casi diría que no quería acordarse de él y que también quería que ellos la olvidasen a ella. Pero tampoco soy yo quien para juzgar las relaciones entre los miembros de una familia, más aún teniendo en cuenta la baja calidad de las mías. 

Ahora que me acuerdo de este hecho, me refiero a la visita, vienen a mi cabeza algunos retazos sueltos, divertidos o mágicos, durante el tiempo que duró nuestra relación, que sinceramente no os oculto, es que no recuerdo. 

El más peliculero fue sin duda un mediodía en la Gran Vía de Madrid. Me imagino que nos despedíamos y nos besábamos con gran pasión en una esquina, a esa hora sin mucho tráfico ni muchos viandantes, por lo tanto deduzco que habíamos estado comiendo juntos.

Bien, pues allí estábamos, besándonos con las bocas bien abiertas y supongo que uno medio metido dentro del otro. Suelo cerrar los ojos cuando beso, no sé si ella lo hacía también en aquel momento. Sea como fuere, de pronto, empezamos a oír silbidos y gritos que, sin duda, iban dirigidos a nosotros. Eran frases dichas a voz en grito por chavales muy jóvenes, lo supuse por sus tonos, y así era. Por la calle bajaba uno de esos autobuses rojos de turistas con el segundo piso al descubierto, y aquel autobús iba cargado con lo que parecía un colegio entero y había parado en un semáforo, justo frente a nosotros.  I. , una vez se percató de la jarana adolescente que había causado nuestro beso, comenzó a reír como una marquesa italiana en un anuncio de Martini,  retorcía su cuerpo como lo hacía Marylin dentro de sus vestidos ajustados desde las carátulas de sus películas. I. montaba su espectáculo hiperbólico, reía a grandes carcajadas como una diva excéntrica de opereta,  echaba su cabeza hacia atrás dejando al vuelo su melena, fingía una especie de sofoco barroco con su antebrazo apoyado en su frente y obligándome a que yo la sujetase en una especie de escenificación de un inesperado y molesto vahído. Yo me moría de vergüenza, mientras trataba de mantener erguido aquel cuerpo femenino espasmódico. No estoy acostumbrado a este tipo de episodios, y me limité a esperar que el autobús reanudase su marcha, una vez se hubo puesto el semáforo en verde. 

Supongo que a ella aquel hecho le debió de parecer una constatación irrefutable de nuestro amor, capaz de mostrarse a los demás, mientras que a mí me ruborizó e incluso llegó a asustarme. 

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