Apartamento 4

por Fausto Lipomedes  -  30 Noviembre 2014, 21:12  -  #Apartamento

2014-0955.jpgY siguieron pasando semanas, y pasaban como sin querer. No sé de qué manera, tampoco con qué finalidad. 

Como quien no quiere la cosa, he aquí, que me vi en casa de su familia en lo que no cabe duda de que era una presentación oficial. No sabía que hacía allí, en aquella población a seis horas de viaje en automóvil, pero allí estaba, sonriendo, siendo educado y haciendo el papel de enamorado y hombre definitivo para la hija y la hermana de aquella unidad familiar. Unos padres encantadores, buenas personas. El, un hombre grande, alto, cara de bonachón y ella, una mujer dulce, esa era la definición: dulce. Más pequeña que el, redondita, una sonrisa preciosa, pendiente de mí. La hermana, que era la mayor pero parecía tener menos edad que su hermana, me llamó la atención por su delicadeza. De hecho, nunca nadie me ha acariciado el brazo de la manera que lo hizo aquella mujer.  Fue enternecedor, fue sensible, fue una carga de humanidad inyectada a través de aquellos cinco dedos recorriendo ligeramente mi antebrazo. Caí perdidamente intrigado hacia la sensibilidad de aquella mujer,, su origen y su destino, y lo que lamentaba es que me iría de allí unas horas después y no la volvería a ver. 

Comimos muy cómodamente. Nadie forzó nada. Charlamos de manera natural y no me sentí escudriñado ni analizado, sino simplemente aceptado, lo que me resultó reconfortante y me hizo sentir cómodo y a gusto. 

Después de la comida mi pareja, a quien reconoceremos por I, me enseñó su dormitorio de niña, de adolescente y de jovencita. Ella tenía que recoger ropa y yo mientras, observaba el lugar en el que había crecido y no dejaba de preguntarme como alguien criado en aquel entorno podía ser como era.

De hecho, mientras la veía afanosa, sacando prendas y seleccionándolas, pensé en lo que me contó, llorando, sobre lo que le había costado decir entre sus amigos y amigas de la gran ciudad que su padre era guardia civil. Lo cierto es que aquel relato me causó asombro porque nunca he entendido como alguien puede dudar o avergonzarse de sus orígenes. Y entre sus lloriqueos y lagrimas, mientras me narraba aquello, que no sé si eran provocados por el malestar que podía causarle tener algún tipo de vergüenza de sus padres, o bien porque le daba rabia su anclaje a esa certeza, por las limitaciones que pudiera causarle en su proyección futura, yo hacia el papel de maestro de la vida y la hacía ver, con dulces palabras, que no debía de sentir vergüenza nunca por sus orígenes y que, muy por el contrario, siempre debía sentirse orgullosa de ellos. 

Su hermana, la mujer de la caricia, estaba silenciosa en los alrededores de la habitación. Asomaba por el quicio de la puerta de manera suave. Yo la sonreí y volví mi vista hacia toda una colección de fotos que había colgadas en una de las paredes de aquella habitación, sobre la cama. Eran fotos de I, cuando era una niña, y bien es cierto que en sus ojos ya se adivinaba un deseo de llegar a ser alguien grande (otra cosa es que tengas cualidades o no para ello). Me llamó particularmente la atención una foto de ella con una mancha en un jersey que su hermana, atenta a mis miradas, me explicó, con palabras aterciopeladas, que se trataba de una mancha de tomate. Me hizo gracia y sentí una ternura especial. 

Fue tanta la ternura que sentí en aquel momento mágico, que no pude borrarlo de mi cabeza, porque en todas las personas, sean quienes sean, siempre descubres, tarde o temprano, esa intimidad recóndita, humana y frágil que explica flaquezas, miedos y terrores, que explican formas de actuar, aunque esas formas signifiquen un ataque hacia ti, porque les da miedo pensar que eres tan frágil como ellas.  

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