Apartamento 2

por Fausto Lipomedes  -  18 Noviembre 2014, 01:01  -  #Apartamento

No recuerdo que fuéramos nunca a bailar. Trato ahora de hacer memoria sobre aquellos años y no, no hubo sala de fiestas ni discoteca a la que acudiéramos juntos. Si hubo un par de exposiciones y creo que a lo mejor también alguna obra de teatro. Me gusta la pintura y aunque las recorro con demasiada velocidad, quizás por la ruidosa gente que he de soportar alrededor, me agrada acudir a alguna exposición, por lo que deduzco que me dejé acompañar por aquella mujer. Sin embargo, la susodicha no mostró excesivo interés en el arte y, una vez más, más que contemplar los lienzos, interpretaba su observación, quizás tomando como referencia esa magnífica escena de Kim Novak en la película “Vértigo” de Alfred Hitchcock. 

Tampoco recuerdo ahora haberla visto leyendo un libro. de hecho, carecía de ellos y, ahora que lo pienso, recelo de la gente que no lee y más aún de la que no vive con unos cuantos, sean cual sean su número. A ella, lo que le gustaba no sé muy bien que era, aunque ahora que lo pienso, había algo que si se le daba de maravilla, y eran los conflictos. No he conocido jamás un ser humano que tuviera tantos recelos y desconfianzas hacia otro ser humano. Si bien en nuestra relación personal parecía calmarse, fuera de ella, en cualquier otro tipo de interacción, el conflicto nacido del recelo, siempre afloraba, bien fuera con un taxista, con el portero de un edificio o en cualquier reunión de trabajo.

Aquella abogada de vida errante, que no se sabía muy bien de qué vivía y para qué, acabo colaborando conmigo en distintos proyectos. Se entusiasmaba con ellos y suplía su falta de imaginación con largos, extensos y prolijos informes que, lejos de dar músculo y gracilidad a las ideas, las enfangaba y complicaba.

Durante el tiempo que colaboré con ella, no sé que cantidad de burofaxes envió. Ella sola, era capaz de enredarse en sí misma y creaba tramas de engaños y traiciones alrededor de su trabajo. Lejos de ser abierta y receptiva, cada vez que alguien exponía un punto de vista, analizaba dónde estaba la trampa. No quedaba satisfecha si no salía de cualquier encuentro profesional con una trama conspiradora construida y sus precauciones acababan espantando a los interlocutores. Aquella mujer, que quería triunfar en los profesional, se destruía a sí misma, y después de una entrada triunfal, repleta de guiños de complicidad y cercanía hacia los extraños, sentía la insana necesidad de hacerles saber que nadie, sobre esta Tierra, tenía capacidad para engañarla. Yo creo que todo aquello nacía de su propia inseguridad.

Aquella mujer iba y venía acelerada de sitios recónditos, siempre andaba con un estrés que también ahora creo simulado. Yo trataba de ayudarla, de enseñarla a ser confiada, a no vivir a la defensiva, a ofrecerse abiertamente a los demás sin recelo alguno. Teníamos largas conversaciones en las que iba llevándola, poco a poco, a un escenario de tranquilidad, de confianza hacia los demás, pero en lo más íntimo de mí era consciente de que eran remansos temporales y, efectivamente, en el siguiente hito, su motorcito de, creo frustración, volvía a dejar escapar aquellos gases venenosos. Así transcurrían los meses. 

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