Apartamento 1

por Fausto Lipomedes  -  16 Noviembre 2014, 22:43  -  #Apartamento

Una vez, debía de tener yo cuarenta y cinco o cuarenta y seis años, conocí a una mujer que nunca debí conocer. Yo estaba en mi etapa de escarceos amorosos, aquella época en que andaba metido en todo tipo de encuentros y búsqueda de sensaciones nuevas. Sinceramente, no recuerdo muy bien donde conocí a esta mujer, pudo ser en un coctel, en una de esas fiestecitas o reuniones a las que tenía que asistir después del horario laboral. 

Sea donde fuere, aquella mujer estaba sentada frente a mi en la cafetería de un hotel en el centro de la ciudad, días después. Yo, que sólo quería tirármela, estaba frente a ella, con las piernas abiertas, mostrando mis atributos y tocándolos de vez en cuando, como ella mismo me hizo notar tiempo después. 

¿Qué cómo era esta mujer? La verdad que viene poco al caso, pues es sólo el arranque de la historia, pero no la historia en sí misma, que trato de narrar. Pero si insistís, os diré que era una mujer joven que aparentaba, o quería aparentar, más edad de la que tenía que, por aquel entonces, debían de ser los treinta y cinco o treinta y seis.  Quizás fuera su forma de vestir o su manera de actuar, pero el caso es que su edad aparente no era la real. 

Era una mujer que había copiado formas de andar, movimientos, tonos de risa, aspavientos, maneras de dejar caer su cabeza, de sentarse, levantarse, decir, escuchar, comer, pedir, despedirse o saludar por las mañanas, de toda una galería de personajes de películas, series y novelas románticas. Podía ser una profesional despiadada y recelosa, una hija abandonada por sus padres, o una hija que había abandonado su hogar en el pueblo para triunfar en la gran ciudad, una hermana menor picarona, una mujer fatal, una mujer desamparada, una buena amiga comprometida y solidaria, una mujer interesada en la cultura y en las obras benéficas, una mujer nocturna amante de los locales de la noche, de las fiestas alocadas y desmadradas, un ama de casa, una amante esposa, una mujer herida por las infidelidades de su marido o una madre acogedora y llena de bondad. En definitiva, a mi, cada vez que pensaba en todo esto, me venía a la cabeza Cruella de Vil, el personaje desequilibrado de 101 Dálmatas, no sé porque. 

Pero todo esto lo descubrí después. Lo que yo veía en aquella cafetería era a una mujer ardiente, conocedora de los secretos del sexo y capaz de dar a un hombre placer de maneras que intuía desconocidas, aunque esto último me desanimaba un poco, pues he de reconocer que en el sexo me gusta ser básico, un poco irracional, a veces un poco violento y, consecuentemente, sentirme dominador. Pero bueno, toda aquella complicidad de movimientos, sonrisas picaronas y formas de mirarnos en aquella cafetería me hacía augurar una noche, o tarde, loca de amor desenfrenado. 

La mujer no era guapa, tenía ojos pequeños que eran más pequeños cuando se deshacía de sus lentes, pelo rubio, que era bonito, ondulado y cayendo revuelto alrededor de su cabeza que era grande. Cara redonda, blanca ,de fina barbilla y piel muy fina, y una frente desmesurada para el conjunto de su rostro. Su boca era de labios finos que posteriormente vi muchas veces corvados de manera convexa. 

Aquella mujer de edad indefinida, ni jovencita ni madura, vivía con una señora mayor, una especie de abuela ye-ye, la tía Ramona que hay en todas las casas, la hermana, normalmente de tu madre, que ha quedado solterona, amante del arte, que vive acomodada, que es nerviosa y que trata de cumplir con todas las normas de la educación del siglo XIX, una especie de pionera femenina de aspecto inmaculado y que es cortejada por señores mayores de pañuelos en la solapa de su chaqueta que la invitan a tomar té, a los toros o a dar pases por jardines con rosas. Una mujer que se ruboriza con las frases de sus galanteadores un poco subidas de tono, que se estremece y sonríe respondiendo siempre: ¿pero qué me está diciendo usted? Una mujer en un continuo proyecto de romance, pero que bebe a escondidas, con cierto puntito de locura, de ida de olla, de pérdida de todo ese equilibrio en el  que vive, que trata siempre de controlar o disimular. Aquella mujer, de libros de arte en la mesita baja de su salón y de oleos originales de firmas desconocidos, grabados con dedicatorias, revistas de decoración, alfombras, aparador de bisabuela lleno de cristalería y loza china y jarrones con flores, era una especie de tutora de esta otra mujer. que ocupaba un dormitorio en su casa, en el que tuvimos unos cuantos revolcones. 

Entre ellas había esa complicidad femenina que tanto me ha llamado siempre la atención y que desprecia la diferencia de edad, como si lo femenino fuera, en si mismo, algo ajeno a la edad, un viejo arte aprendido desde la adolescencia y que no caduca hasta la muerte y que todas las mujeres llevan dentro y que les hacen saber telepáticamente, que sienten, desean y temen unas y otras. 

Me voy del relato. Aquellas dos mujeres vivían juntas, y la más joven creo que habíase convertido en objeto de deseo de los viejos amigos de su casera. Antiguos poetas, músicos, catedráticos y catedráticas, compositores de zarzuela, críticos taurinos, viejos columnistas de periódicos de provincias, algún político de tercer nivel y algún aspirante a ministro. 

Aquella mujer tenia las tetas realmente pequeñas. Bueno, prácticamente no tenía y desde el principio decía con soltura que quería reunir dinero para operárselas. La verdad que me sorprendió la capacidad de ocultar aquella deficiencia bajo un sujetador lleno de postizo, y sobre todo la capacidad para mostrarme su realidad después de haberme dado a entender otra. 

Aquella mujer y yo empezamos a vernos. Le gustaba follar conmigo y llegué a la conclusión de que sus relaciones sexuales habían sido escasas y de que disfrutaba con las maneras en que hacíamos el amor. Aquella mujer , que como es natural empezó a hablarme de su vida, parece que mayoritariamente se relacionaba con personas  mayores y, obviamente, con hombres mayores.  Creo que le motivaba bastante sentir que atraía a hombres maduros que no dudaban en agasajarla, convirtiendo la relación con ellos en una especie de cortejo permanente, con guiños a la vida matrimonial aburrida de ellos o a la especulación sobre una posible relación. Cuando conocí a esta mujer trabajaba como una especie de pasante o de ayudante o de mano derecha de un notario de vida alegre y desenfadada. 

Empezamos a vernos con cierta asiduidad. El sexo fue perdiendo prioridad en nuestros encuentros, como ocurre siempre y poco a poco, como quien no quiere la cosa, nos hicimos pareja. 

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