El desapego a veces se ansía

por Fausto Lipomedes  -  14 Septiembre 2009, 09:30  -  #Las razones del diablo

Juan se fue de casa en cuanto fue posible. La  vida le ofreció una serie de circunstancias que le permitieron huir del hogar poco después de ser mayor de edad. Juan esperó esas circunstancias como el agua en mayo, o al menos eso dice el refrán.

 

No podía hacer nada, salvo esperar, pero eran tantas sus ganas que sabía que, tarde o temprano, las circunstancias llegarían, y llegaron.

 

Nunca sintió apego por su hogar, salvo por su abuela, que en aquellos años remotos, era costumbre que viviera junto a su hija y, consecuentemente, también con el marido de su hija, es decir, el padre de Juan. Su padre, la  figura masculina del hogar, se supone que la fuente de sabiduría, la fuente de inspiración de lo masculino para Juan. Sin embargo, ese hombre era un desconocido para él, un padre trabajador con el que apenas compartió nada, salvo la sensación de una presencia extraña en casa cuando estaba, y Juan sospechaba que esa sensación de extrañeza invadía también a su padre cuando ambos coincidían en el hogar. Hombre santo, pensó luego Juan, por convivir con su madre. Hombre santo por cumplir únicamente una misión, la de trabajar y traer el dinero a casa. Hombre sin aficiones, hombre sin gustos, hombre aséptico, más que un marido y un padre, podría decirse que parecía un contratado para tal papel. Resignado, básicamente eso, resignado. Un hombre con mala suerte, tanta que aún la tuvo cuando él y su hijo, Juan, comenzaron a entenderse, a estar orgullosos el uno del otro y, consecuentemente felices de ser padre e hijo. Aquel idilio duró sólo un año, quizás año y medio, pues el padre falleció de manera imprevista, lo que desgarró a Juan, pero con una particularidad, la escasa relación no había creado la materia suficiente para llorarlo y ansiarlo, más bien fue un desgarro por un destino, un futuro frustrado. Pero habrá tiempo para volver sobre todo esto.

 

Se dieron las circunstancias para irse y Juan se marchó. Cuando lo hizo no se planteó que por fin iba a ser la persona que quería ser. La verdad es que él tampoco tenía muy claro quien era o quien quería ser. Nunca había renegado de la educación recibida ni de las normas y los valores morales que había recibido en el hogar. Nunca analizó este punto, pues se había limitado a obedecer, a aceptar las normas que imponía el hecho de ser miembro de aquel hogar. No había otra salida, ni tampoco espacios donde desarrollar su imaginario propio. Sin embargo, él estaba convencido de que la normativa y la moralidad de casa no serían capaces de llevarle a él, ni a nadie, a ningún sitio, al menos a ningún sitio donde el quería llegar y que ahora, desde la cama, seguía buscando.

Las razones del diablo 2 (el punto en que se pierde o se recupera la memoria)  

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