La ignorancia y su conocimiento

por Fausto Lipomedes  -  25 Agosto 2009, 09:04  -  #Cosas de todos los días

La ignorancia ha de ser voluntaria, igual que el conocimiento. Que nos lleva a desear uno u otro no tiene cabida en la ecuación. Puede ser de sabios buscar la ignorancia, puede ser ignorante un sabio,  debe de haber sabios bastante ignorantes e ignorantes que son sabios.

Existen dos tipos de conocimientos. El conocimiento empírico de las cosas y un conocimiento, entre nosotros, llamémoslo cognoscitivo. Si esto fuera un manual de pedagogia, psicología o matemáticas, supongo que habría dos folios de tipos de conocimientos, con lo que nos pasaríamos todo el día acaparando o despreciando conocimiento. 

Núnca me ha parecido negativo lo de la ignorancia. Muy por el contrario la ignorancia me parece un don.  En realidad, el conocimiento empírico está basado en la artificialidad, en todo aquello creado a partir de los elementos naturales para servirse de ellos, o bien en la observación de nuestro alrededor para explicarlo, intentar modificarlo o predecirlo. Consecuentemente, en el primero de los casos, acumular conocimientos sobre lo artificioso puede, como mucho, ser útil. En el segundo de los casos, ¿Qué más da explicar nuestro entorno, o predecirlo? Siempre será el que tenga que ser e intentar modificarlo resulta imposible, y más los cambios irreversibles, tales como el climático, creado a partir de nuestro artificio. 

Presumimos de disponer de millones de volúmenes repletos de conocimiento, el mismo conocimiento con el que sabemos fabricar chips en los que cabe todo nuestro conocimiento, y eso en sí mismo, se convierte en un nuevo conocimiento sobre la capacidad que tenemos de construir chips capaces de almacenar todo nuestro conocimiento. En realidad, el conocimiento es una especie de espiral que se autoalimenta con nuevo conocimiento sobre el conocimiento básico, es una especie de artificio intelectual sobre lo básico, que hemos ido complicando, afilando y puliendo hasta convertirlo en una especie de arma mortal.

No es más importante quien más siente, sino quien más sabe, y ¿De qué te sirve sentir mucho si no tienes conocimiento suficiente para usar las palabras adecuadas que expresen lo que sientes? En definitiva, el artificio del conocimiento se ha comido a la ignorancia en un alarde de sofisticación. Una especie de castillo de naipes que se interpone entre las personas y las incomunica. Y cada día disponemos de más herramientas para acceder al conocimiento. 

La ignorancia lleva pareja la inocencia, y la inocencia va intimamente ligada a la buena voluntad. La ignorancia nos permite aclimatarnos y adaptarnos al entorno, saber vivir dentro de él, sirviéndonos de él, pero sin molestarlo. La ignorancia, su acumulación y su practica crea el cnocimiento cognoscitivo, basado en las esencias y en la simpleza. El conocimiento empírico lleva imbuida la información, la información siempre está influida y cargada de intención, y según que objetivos tengamos tenemos todo un abanico de opciones a nuestra disposición, desde no informar hasta hacerlo mal o maliciosamente. 

Lo más paradójico de todo es que a veces acudimos a la ignorancia desde el conocimiento, y cuando algo no nos agrada o se nos escapa de las manos apelamos al "mejor ignorar esto". La ignorancia es el mayor remanso de tranquilidad del hombre. La ignorancia no crea problemas ya que su metodología está basada en el sentido común, y es una bahia grande y profunda cuyo fondo es lodo de conocimiento muerto.

Vivo del conocimiento empírico, me alimento del conocimiento empírico, baso mis esfuerzos y mis desvelos en el artificio de los datos que nacen se desarrollan y mueren en el mismo instante. Fetos malparidos de información hueca que sirve para alimentar egos y crear reacciones. Millones de datos, cifras, nombres y denominaciones absurdas que no aportan nada al espíritu, salvo más artificiosidad empírica. Hablo y me relaciono con personas de igual metalurgía linguística. Mido mis palabras, escribo mail que son verdaderas obras de ingeniería de la intención,, consigo reacciones y en un nuevo giro de rosca, creo respuestas contundentes o me envían misivas que me hunden y me clavan contra una pared con sables afilados atravesando mi cerebro, no mi corazón que, en esos momentos, escapa de mi cuerpo en busca de la ansiada bahía.




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