Oasis en medio del desierto

por Fausto Lipomedes  -  22 Julio 2009, 08:58  -  #Cosas de todos los días

Hoy hace ocho días, el octavo día. Siete, dice la tradición cristiana que le llevo al creador montar el tingaldo en el que nos vemos envueltos. Hizo mal los cáculos, no cabe duda, vaya mundito de mierda que se montó el colega, tendría que haber contado con la evolución de aquella costilla. Para mi que se equivocó con dos especies: el hombre y las putas palomas, después de todo, se reproducen como la espuma, y sólo dan por culo. 

Ayer hizo un día de desierto, aquí, en la capi. Soplaba un viento del sureste cargado de polvo recogido de las obritas de Zapatero, dentro de su plan E. Un aire caliente cargado de partículas de tierra. Calor sofocante, el Sol martilleando la cabeza, y esa sensación de agobio cosmopolita de verano. Las gargantas secas, en el exterior, por la calima, en los interiores, por la aspereza de los aires acondicionados, sudor y lagrimas del verano, de este puto verano monótono y de cielo blanquecino con una microgota de añil.

Ayer comi con alguien que me llevó a la Casa de Campo a ello. Hay un bar allí, un merendero, llamado el Urogayo, famoso, según me dijo él, porque es el lugar donde iban las parejas de amantes, sobre todo, los jefes y sus secretarias. Me hizo gracia, más aun cuando me dijo, que venir aquí era signo de que la relación, además de fogosa, iba en serio, vamos que el tipo se planteaba la separación de su familia por la tipa a la que llevaba a comer.

Mi amigo, homosexual, o loca como el mismo se denomina, es representante de artistas, está casado con otro tipo al que conozco poco, sólo de una caminata a una ermita en rampa contínua, el día después de su boda. Este tipo, frívolo, cargado de amigos y amiguetes, promiscuo y conocedor de los ambientes más "in" del mundo de la noche, se emocionó contándome una historía, que no os puedo contar, puesto que me rogó que no saliera de nuestra mesa. De todas formas, no es importante en sí mismo el asunto, sino el hecho de que lo hiciera conmigo.  Se emocionaba, sus ojos se volvían cristalinos y su voz, al igual que su labio inferior temblaba. 

La verdad, no sabía que hacer con aquella tromba de confianza, ni tampoco como asimilar la información que me estaba trnsmitiendo; tampoco sabía que esperaba él a cambio de aquello, quizás sólo desahogarse. Como dijo en un momento de la conversación, "tipo, no tengo a nadie a quien contar esto excepto a ti, la verdad que con nadie puedo hablar así, como hablo contigo". No me sentí halagado, a lo mejor algo comprometido. No se porque, en vez de relajarme y disfrutar de ese momento de intimidad con alguien, me dió por tensarme, incluso noté cierto grado de apariencia en mi estar.

Sea como sea, y después de aclimatarme a la nueva sensación, yo también me sinceré. Es verdad que tampoco estoy acostumbrado a ello. Sea como sea, siempre se abre una puerta en los días más asquerosos del año, como lo fue ayer, sea como sea, a veces te encuentras con gente que siente un poco similar a ti y que, como tu, cree que esto va abocado a un precipicio al que falta poco para llegar.

Ayer séptimo, hoy octavo. Ayer hablamos de tí, también de mí, ayer era un día, al menos lo fueron cuatro horas en los torridos momentos centrales del día, en los que acomodarse placenteramente en los sentimientos, en los que olvidarse del peso de lo diario y, aunque levemente, flotar con lo que nos hace eternos y no meros pesos muertos.  Día de desierto en Madrid, y yo descanse un rato en un pequeño oasis. 
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