Conversaciones con mi madre

por Fausto Lipomedes  -  21 Julio 2009, 11:07  -  #Cosas de todos los días

Hoy son siete los días sin ti. Una semana. Es relativo el tiempo, cada día más relativo. Hoy, viniendo en el coche al trabajo me he preguntado: ¿cuándo seré viejo?, ¿Cuando seré una persona mayor? Estoy en esa edad indefinida entre la juventud y un terreno incierto de deterioro progresivo que empiezo, levemente, a vislumbrar. Recuerdo que cuando murio mi padre, tardé días en sentir dolor, muchos días. Apenas tuve relación con él, un par de conversaciones a lo sumo, y empezaba a acaercarme a él,  quizás un año antes de su muerte. El destino quiso que nunca pudiéramos ahondar el uno con el otro, a pesar de las similitudes que intuía teníamos los dos. Cuando llegó el dolor por su pérdida, también llegó una sensación de vacio, ya que ya no existía una generación anterior a mi para morir, yo, era el siguiente. También sirvió su muerte para dscubrir a mi madre en todo su esplendor. Personaje que había acaparado todo mi vida sin yo darme cuenta. Murió mi padre, y con él también mi madre. Quede huérfano de padres, uno por causa natural, al otro creo que lo maté yo. 

Mi madre aún vive, aunque la relación con ella es una especie de hilo quebrado que sustenta un peso imposible para mantenerlo mucho tiempo sobre el suelo. Optaría por romper definitivamente ese hilo que aún nos mantiene en relación. Un hilo que lo conforman mis apellidos y el hecho biológico de haberme formado dentro de ella, idea que ahora mismo rechazo frontalmente. No es que sea un mal hijo, ni tampoco un monstruo, quizás sea un razonamiento de las cosas que han ocurrido, de las cosas que ya no puedes enmendar y modificar. No consigo encauzar indiferencia ni tampoco piedad en mi relación con ella. Desde su avanzada edad intenta mantener el cetro que ostentó toda su vida y con las únicas armas de su posición formal dentro del clan. La llamo todos los lunes, fijaos si consigue controlar y dominar que he acabado optando por llamarla todos los lunes, y con la finalidad de no oír sus lamentos, sus monsergas de que la tengo abandonada, si opto por llamarla cada mes y medio. Me dan ganas de decirla, mamá, no me apetece llamarte, no quiero llamarte, fuera de mi vida. Pero no, adopto mi papel formal de hijo y la llamo todos los lunes. Son diez minutos de conversación vacía, de diálogos de besugos sobre el tiempo, sobre a alimentación y sobre pocas cosas más. Son diez minutos tensos, llenos de rabia contenida, de ganas de gritar, de colgar, de decir: ¡calla la boca! Son diez minutos que me pesan como una losa, pero lo hago, cada lunes levanto la losa y miro el cadáver.   
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